La nueva ola nacionalista: ¿ganadores o perdedores?

06/03/2017

Durante el siglo XX, el nacionalismo fue concebido como una de las ideologías más poderosas del mundo, ya que constituía uno de los principales factores de cambios políticos, sociales y económicos que tuvieron lugar en dicho periodo. Pero eso era en el siglo XX, en el siglo XXI esa ideología había sido superada por la globalización económica y la transculturación y, digo había sido, porque eso se pensaba. 

 

El pasado 20 de enero de 2017, ocurrió un suceso sin precedentes, Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos. ¿Por qué es un hecho sin precedentes?, de acuerdo con diferentes medios de comunicación y académicos, Donald Trump es claramente la figura más autoritaria que asciende a la presidencia en más de un siglo. Pero el autoritarismo no es la única de sus características, alrededor de todo el mundo ha sido catalogado como misógino, xenófobo y racista. Todo ello, como resultado de la agresiva campaña que lo llevó a convertirse en el presidente número 45 de los Estados Unidos. Una campaña que, sin duda, habla no sólo del actual presidente, sino de la sociedad estadounidense.  Aunque tan sólo refiere a poco menos de la mitad de la población. El hecho es que 62,979,879 personas concuerdan con una visión proteccionista y de superioridad, lo que resulta sumamente alarmante.

 

En 2002, el ganador del Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, advertía sobre la influencia de los criterios ideológicos y políticos en la toma de decisiones, resultando en malas medidas que no solucionan problemas pero que se ajustan a los intereses o creencias de las personas que tienen el poder. Una afirmación que es advertida de manera escandalosa en Donald Trump, quien de manera deliberada ignora cifras concretas relativas a la importancia de la relación comercial México-Estados Unidos y toma decisiones en función de una ideología que no corresponde con los tiempos que vivimos, viola de paso derechos humanos y democráticos por los que se ha luchado con sangre durante siglos.

 

En pleno siglo XXI, nuevamente el nacionalismo levanta la cabeza, no con la idea de ordenar de manera racional al mundo, sino con el objetivo de vengarse de los agravios recibidos, reales o imaginarios, sobre todo imaginarios en el caso de Trump, para regir el nuevo destino de la humanidad. Siendo en la principal nación impulsora del libre comercio, dónde presenciamos el renacer de nacionalismos políticos, económicos y culturales. Un hecho que ha generado una reacción en cadena, principalmente en México, al impulsar campañas que incentivan el consumo nacional, con afectación a la relación bilateral México-Estados Unidos. 

 

En lo referente al tema de identidad nacional, considero que el principal problema radica en la ciudadanía nacional que se ve afectada por presiones locales y por las de la globalización. El nacionalismo es una reacción típica a sentimientos que aparecen ante una identidad amenazada, lo que define perfectamente lo que sucede en las mentes de Donald Trump y de la sociedad mexicana. Sin embargo, en esta nueva ola de nacionalismos, se deja de lado algo muy importante, ¿quiénes ganan y quiénes pierden?, en mi opinión, es una lucha destinada al fracaso para ambos, pues dejan de lado los efectos positivos y dominantes de la globalización. 

 

En efecto, la causa injustificada de esta nueva ola nacionalista radica en la globalización, pero también, constituye su principal obstáculo. La globalización se impulsó con la idea de que el comercio internacional influyera en el crecimiento económico, a través de diferentes medios y con diversos efectos, ya que permitía el aumento de la inversión extranjera directa en países en los cuáles resultara atractivo y rentable hacer negocios, lo que a su vez, impulsó la producción de bienes y servicios competitivos por parte de empresas multinacionales que contaban con redes auxiliares, se conectaron mercados permitiendo a los usuarios tener una mayor gama de productos y servicios que se ajustaran a sus necesidades, se formaron mercados globales de trabajadores de especial calificación, así como se facilitaron las condiciones para que existiera migración de personas hacia zonas con mayores oportunidades de empleo y bienestar. Aunque muchas pequeñas empresas no soportaron la transición hacia la globalización, muchas otras lo lograron y se volvieron competitivas, generando puestos de trabajos que pudieron compensar los perdidos.

 

Sin embargo, la globalización resultó no sólo con efectos económicos en sentido estricto, sino también impactó en el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la información. La comunicación se expandió a un ritmo exponencial, tanto en los medios de comunicación masiva y multimedia, así como en las nuevas formas de comunicación mediante internet a través de redes sociales. Además, impactó en un aspecto aún más trascendental, el bienestar de las personas. Las personas de comunidades muy marginadas, pudieron acceder a productos alimenticios básicos a un menor precio, ya que son más competitivos, por lo que muchas personas viven más tiempo y con un nivel de vida superior.

 

Sin embargo, también existieron muchos efectos adversos en torno a la globalización, que principalmente afectaron a los más necesitados. Pero gran parte de dichos efectos, estuvieron relacionados con la manera en que los países se introdujeron al mercado mundial, tomando como ejemplos polarizados las terapias de choque que marcaron el fracaso de Rusia al entrar de golpe al mercado mundial, en contraposición con las políticas graduales que China implementó durante dos décadas. 

 

En México, el proceso de inserción al mundo globalizado tuvo grandes saldos, pues se le forzó, a través de políticas condicionadas por el Fondo Monetario Internacional, a abrirse al mercado mundial sin tener la seguridad de que las empresas mexicanas contaban con la competitividad suficiente, lo que provocó la quiebra de pequeñas y medianas empresas sin experiencia en comercio internacional. El caso de Estados Unidos no fue el mismo, pues pese a que impulsaron la creación del GATT, en 1948 y de la OMC, 1995, no es el país más accesible. En realidad, han protegido a sus sectores agrícola e industrial de mil formas, incluso amparándose de preocupaciones ambientales o laborales. Además, pese a que han propiciado convenios bilaterales y multilaterales, no han dejado de limitar la entrada del acero, el azúcar y los textiles extranjeros. Respecto a la relación bilateral con México, en el Tratado de Libre Comercia de América del Norte (TLCAN) nuestro país ha tenido que salvar innumerables obstáculos para el ingreso del autotransporte y para la venta de tomate, aguacate, atún, pollo o carne de res. Así que aparentemente, los terribles efectos de la globalización, han afectado en su mayoría a los demás países del mundo y no a su principal impulsor. Confirmando que los agravios percibidos por Trump son en verdad imaginarios.

 

Sea cual fuere el camino que cada país tomó para adherirse al mercado mundial, la mayor parte del mundo se globalizó. Los intercambios de bienes, servicios, personas, dinero e información, traspasaron fronteras y crearon una nueva adopción de algo más notable que sólo mercancías, la adopción de estilos de vida.

Las campañas de volver al consumo nacional olvidan que no sólo se han abierto las fronteras para adquirir bienes y servicios, sino también para establecer relaciones, intercambiar tradiciones, pensamientos y estilos de vida. La campaña que busca dejar de lado el consumo de productos importados, no toma en cuenta que también no sólo existe un consumo de bienes tangibles, sino también, y tal vez en mayor medida, de intangibles. El consumo de ciertos productos importados se ha establecido como un estilo de vida entre los habitantes de México, de toda América Latina y del mundo. No obstante, la influencia del estilo de vida estadounidense en México es sobresaliente. 

 

Podemos dejar de consumir café en Starbucks, unos tenis Nike, un automóvil Ford, pero ¿podemos dejar de ver el Super Bowl?, ¿rechazaríamos la oportunidad de realizar un curso en línea de Harvard?, ¿dejaríamos de ver las series estadounidenses?, ¿optaríamos por no comprar un medicamento que necesitamos por ser estadounidense? Y si estas implicaciones son en un sentido Estados Unidos-México, también lo son en el otro, México-Estados Unidos. Mientras en México caemos en el terrible escape nacionalista al sentir amenazada nuestra identidad, en diferentes ciudades de Estados Unidos miles se levantan en protestas contra un gobierno autoritario y proteccionista, miles luchan por evitar que sus amigos extranjeros sean tratados injustamente y miles crean diferentes movimientos convocados a través de redes sociales.

 

¿Por qué refugiarnos en el nacionalismo para defender los intereses económicos de nuestros países?, ¿quiénes son los más afectados? Si partimos de la idea de que los intereses económicos son defendidos, nos damos cuenta de que se trata de un sin sentido, pues la principal fuerza de la globalización se centra en la competitividad y en la eficiencia, lo que no tendría lugar al limitar nuestras opciones al mercado nacional. Respecto a los que pierden, pues en realidad seríamos todos. Muchas empresas estadounidenses en nuestro país son fuente de empleos dignos, si todos decidimos dejar de consumir sus productos, los afectados serían todos los trabajadores mexicanos que perderían sus empleos. Al igual que si los estadounidenses dejan de consumir los productos mexicanos, cientos de sus empleos se perderían. Por ello, no hablemos de divisiones y fronteras, ni nacionalismos absurdos. Hablemos de una sola comunidad, la global, en la que todos podemos ganar.

Please reload

Artículo de la semana

Infancia

1/1
Please reload

Artículos recientes

30.03.2020

Please reload

Secciones
Archivo