El uso de la cultura, una disputa viva en la humanidad

Las sociedades de todos los tiempos, han encontrado reflejos de su época en las manifestaciones culturales, en algunas ocasiones, muestran sus momentos más brillantes y legendarios y en otras, manifiestan los matices y detalles de los días más oscuros y vergonzosos. Ejemplos notorios se cuentan en ambos extremos, desde la Roma antigua, donde luego del término de la devastadora guerra civil que derrumbó la república romana y tras la asunción del emperador Augusto, se logró una estabilidad sin precedentes que permitió un florecimiento cultural magnífico, impulsado por su lugarteniente Mecenas, quien desde el poder del naciente imperio, impulsó el desarrollo de las artes, desde las letras hasta la arquitectura de la que aún quedan vestigios, materializando el sueño del heredero de César, de llevar a la Roma de los ladrillos al mármol, sobrepasando las edificaciones como tales para entrar en el terreno creativo, razón por la cual su nombre ha trascendido de tal forma que hoy nos significa el sobrenombre que damos a quien ejerce la función altruista de apoyar a la cultura, ya sea desde facilitar la labor de los creadores o bien desde la promoción o financiamiento de iniciativas artísticas y culturales. 

 

Del Mecenas de carne y hueso romano, a los mecenas posteriores, las diferencias son notorias, ya que por buena parte de los siglos subsecuentes en occidente, la iglesia católica utilizó su amplia influencia para incentivar desde sus posiciones y deseos el desarrollo de manifestaciones culturales, muchas de la cuales son auténticos legados, cuyo valor es a la fecha inconmensurable, su trascendencia va desde la imponente arquitectura de las catedrales, las esculturas, frescos o retratos que albergan, hasta las obras de música clásica y los detalles artísticos exquisitos de la ilustración y la literatura,  que en su momento sirvieron también para fines de adoctrinamiento espiritual, con lo que se logró constituir un legado de expresiones universales que superan los dogmas que le dieron origen. 

 

No obstante los intereses y deseos personales de gran parte de los patrocinadores, el arte y el talento se abrieron camino hasta la materialización de obras cumbres de nuestra cultura, lo mismo que sufrieron el atentado contra ellas según el capricho o desinterés de quien ejercía el poder en turno. 

 

Así, los Medici de la Florencia italiana, apostaron su prestigio y fortuna para impulsar la obra de grandes artistas del renacimiento, con el objeto de ensalzar su gloria familiar a través del pincel o el dintel que les inmortalizara, para lograr que su legado no fuera únicamente en hazañas militares o políticas, sino que sobrepasara su experiencia temporal por medio del arte. Del mismo modo, pontífices o reyes patrocinaron ambiciosas tareas artísticas, tal es el caso de la encomienda que recibió Miguel Ángel en esculturas únicas o en la célebre bóveda de la Capilla Sixtina, o el soberano francés que llevo a sus reinos a Leonardo Da Vinci, para ostentar su presencia, razón por cual el cuadro de la Mona Lisa, reside en la Francia donde murió el autor.

 

Pero a la vez que conocemos estos casos excepcionales, otros tantos sufrieron la censura de su tiempo, al negar el completo desarrollo del talento de sus autores, como lo fue el recubrimiento de la desnudez en los frescos de Miguel Ángel sobre el Juicio Final, o la limitación de expresar sus ideas libremente, negando el desarrollo de la ciencia o el arte por temor al libre pensamiento, corruptor de mentes de aquel momento, ejemplo magistralmente retratado en la novela el Nombre de la Rosa de Umberto Eco.

 

Esta tensión entre el arte y los intereses del mundo, no cedió ni en el siglo de las luces, ni en la modernidad industrial, donde la cultura con más frecuencia, comenzó a mezclarse con las posiciones políticas del momento, fue así como las matronas francesas, las Maries, que formaban barricadas contra los déspotas o tiranos, fueron retratadas y vueltas símbolo de la nacionalidad de la Francia revolucionaria; los retratos de la familia de los reyes españoles, sobrepasaron la coyuntura de su momento, para volverse a la vez obra maestra y ejemplo de desigualdad y distancia con sus gobernados, como claramente lo muestran Las Meninas de Velázquez, o las batallas y fusilamientos retratados con total fuerza en los lienzos de Goya.

 

No es extraño entonces, que aún con el avance industrial y la llegada de nuevas corrientes políticas y filosóficas, el arte y la cultura asumieran un rol cada vez más activo para tomar partido y evidenciar lo que estas posturas deseaban transmitir hacia el colectivo. El tiempo de los ismos, con la pugna entre capitalismo, socialismos, comunismo y fascismo, trajo nuevas tensiones para hacer del arte un instrumento de batalla, de manifestación y expresividad que difundiera sus postulados por medio de la pluma y el pincel, para lograr obras de arte con contenido y carga ideológica, que sumaran adeptos o detractores en este nuevo campo de ballata que la humanidad vivió desde finales del siglo XIX e inicios del convulso siglo XX. 

 

De nueva cuenta, la lucha de las ideas impactó al mundo del arte, y exigió en algunos casos extrema obediencia, que reuniera los patrones que las ideologías en lucha querían manifestar. Así, el nuevo paradigma socialista apostó por la cultura de masas, que a la par de impulsar expresiones artísticas afines al régimen, reprimía a los contrarios exiliándolos en las frías estepas de Siberia, volviéndolos por el contrario, más famosos fuera aunque desconocidos dentro de sus fronteras. En otro ejemplo, el nazismo, en una de las mayores contradicciones que la humanidad ha visto, desarrolló, en medio del terror, la salvaguarda de obras de arte de gran valor y trascendencia, a la vez que promovió la ópera wagneriana y la conservación de orquestas, en medio del exterminio sin pudor de millones de personas, muchas de ellas con cualidades artísticas destacadas.

 

A nivel nacional, México no se ha visto exento de este contraste político-cultural, tales son las creaciones del virreinato que con fuerza expresiva mostraban su esplendor por medio del barroco, sincretizando los mundos que se unían en los hermosos edificios, que bajo sus basamentos y altares, escondían piezas del mundo prehispánico perdido. Con el paso del tiempo, conformada la nación mexicana, el mismo arte sirvió para adular gobernantes o rechazar tiranos, la caricatura y la gráfica fueron excelente medio creativo para expresar las inconformidades de nuestro pueblo, que con esplendor durante la reforma, el segundo imperio y la república restaurada, hicieron gala de ingenio y fuerza para criticar las coyunturas del momento. 

 

Con el advenimiento del régimen del General Díaz, nuevas expresiones e influencias surgieron, mostraron el espíritu de orden y progreso del régimen, que aspiraba a la transformación y construía un imaginario que puede verse reflejado en los maravillosos paisajes de José Ma. Velasco, los retratos de Felipe Santiago Gutiérrez o las obras emblemáticas del arquitecto Antonio Rivas Mercado, ejemplos claros de un tiempo contradictorio, que encubría la opresión y la desigualdad tras fachadas de la modernidad y el desarrollo, el arte se dejó como la vía de expresión por excelencia, cuyo legado puede verse por ejemplo en las célebres catrinas de Posada, que ganaron un lugar en la identidad del mexicano y que en su momento, retrataron con suma inteligencia, belleza, ironía y sarcasmo las vicisitudes y realidades de su tiempo.

 

Cuando la patria entera se sumó a la explosión sangrienta y purificadora de la revolución mexicana, de nuevo se abrió un canal para que la cultura ejerciera un rol activo en medio del estallido social, a través de las letras, se mostraron las contradicciones del movimiento armado, fielmente relatado en las novelas revolucionarias de Mariano Azuela o Martín Luis Guzmán, asi como la expresión de identidad que aportaron las composiciones de José Pablo Moncayo, Silvestre Revueltas y Carlos Chávez, el impulso identitario encabezado por José Vasconcelos a través del muralismo reproducido en libros y revistas que transmitían la esperanza de la nueva patria que renacía, plasmada por los pinceles de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.

 

Este breve repaso entre la creatividad y su ambiente de desarrollo, intenta reflexionar sobre el peso de estos factores para el florecimiento de las expresiones artísticas, ya que inevitablemente, las facilidades o dificultades que rodeen el proceso de creación, impactarán en la forma y fuerza con que la cultura y el arte se vuelven tangibles, y que puedan transmitir un mensaje que modifique conciencias o establezca nuevos criterios para entender a la humanidad.

 

Por ello, es tiempo oportuno, para preguntarnos cuánto se ha avanzado, con qué libertad, circulación y fomento cuenta la cultura, y de qué forma nuestros creadores aún están sujetos por alguna limitación ya sea económica, social o política; dónde han quedado los mecenazgos que aportaban verdaderos incentivos a la creación sin límite, que hacían de su afinidad por la cultura una misión personal, como lo hecho en la época posrevolucionaria por la célebre promotora cultural Antonieta Rivas Mercado, que fundó orquestas, impulsó el teatro contemporáneo, promovió pintores y artistas de vanguardia, editó las primeras obras de los llamados contemporáneos, e incluso incursionó en la política y entendió la labor cultural como un arma para despertar la conciencia social de aquel momento. 

 

Esta lucha, aunque pareciera distante, tiene total vigencia al día de hoy, donde la globalización y los retos del presente siglo han abierto nuevos horizontes que aportan sustento y una variedad insospechada de posibilidades que, gracias al auge de la tecnología digital superan limitaciones temporales y espaciales, a la par que impone a la cultura nuevos objetivos para abrirse camino en la era del consumo extremo, a través de la capacidad creativa con la calidad como bandera que legitima y respalda. 

 

Prueba de la difícil tarea que tiene el área creativa y cultural es sin duda la nación cubana, que incluso antes de la muerte del caudillo Fidel Castro, y el arribo de su línea sucesoria familiar, concentra artistas e intelectuales bajo su sombra y apuesta por una cultura con “causa”, muy lejos de incentivar la libertad creativa, la expresividad y el valor del arte que disiente, porque las limitantes en las que se desenvuelve responden al interés de un gobierno que desea conservar viva la llama de una revolución perdida. Algo parecido se quiso implementar en la Venezuela chavista, aunque con resultados muy distantes, ya que se intentó apropiar del extraordinario proceso de construcción de orquestas infantiles, que por varias décadas se puso en marcha con el objeto de que fuesen voceros puntuales del nuevo régimen bolivariano, encontró en sus exponentes ejemplos de destreza y nuevos alcances, con el director Gustavo Dudamel a la cabeza, aún con los retos de un país que tras la ilusión de la bonanza, se despedaza lastimosamente. 

 

De vuelta al caso mexicano, parece que logramos trascender la vieja regla de la cultura rígida, que respondía a intereses o coyunturas, sin olvidar episodios del siglo XX, donde voces alineadas a los gobiernos en turno fueron tratados como clientela, tal es el caso del grupo de artistas y escritores que en cada gira internacional del presidente Luis Echeverría lo acompañaba para legitimar sus deseos; o las peculiares peripecias de otros emprendedores, que sufrieron censura o bloqueos, como el golpe al diario Excélsior, donde se ubicaba la revista pionera Plural de Octavio Paz, grupo también censurado por describir desde sus páginas los horrores del fallido socialismo previo a la caída del muro de Berlín.

 

En la actualidad, debemos preguntarnos, si las manifestaciones culturales siguen sujetas al capricho de algunos, o si han quedado libres de ataduras de modo que promotores, creadores, funcionarios y organizaciones pueden desde su trinchera hacer frente a los obstáculos que no han permitido que la cultura fluya con impacto desde lo local hasta lo internacional, y si ha sido posible que la dependencia institucional se aligere para pasar a ser una suma de esfuerzos de facilite el fortalecimiento de la industria cultural mediante soportes institucionales, políticos y sociales para beneficio de la diversidad creativa, y de la sociedad en consecuencia. 

 

Por lo tanto, con mecenas o sin ellos, el horizonte debe ampliar la mirada en pro de la cultura libre, que sea respaldada por la apertura, colaboración y libertad de los demás actores, donde se fomenten las expresiones culturales sin consigna ni condición, donde prime la calidad y el fin último de la cultura que es enriquecer a la sociedad, que transmita aquello que sólo el arte puede infundir a los pueblos; el valioso espíritu que toca las fibras más sensibles del alma en la ejecución o en la contemplación, que con un solo acto puede transformar un momento de oscuridad en luminosidad, que logra sociedades armónicas, progresistas y solidarias.  

 

Ojalá las condiciones idóneas para estos esfuerzos germinen pronto y se logre el aprovechamiento del potencial cultural de nuestra nación que es a todas luces, único en el mundo, y que puede ser un auténtico motor en el sitial adecuado, aquel donde se exploren las infinitas posibilidades de identidad y talento, y que puede, sin duda, aminorar los miedos, inseguridades, frustraciones e insatisfacciones que una sociedad como la nuestra afronta cada día. Para ello, el elevado ideal de dignificar la grandeza de nuestro pueblo es una tarea de todos, ya que patrimonio, tradición y talento son factores intrínsecamente ligados a las personas y sólo ellas pueden legitimar a la cultura en el digno espacio que creemos, merece.

    

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