COVID-19: ¿positivo para el medio ambiente?

Si nos preguntamos el origen de la actual pandemia de COVID-19 (generada por el virus SARS-COV2), sin duda se nos vendrá a la mente la sopa de murciélago que supuestamente, consumió el primer infectado en el mercado de Wuhan (en donde se comercializan animales silvestres para consumo humano), o la teoría científica de que su origen proviene de la ingesta de pangolín (mamífero comercializado ilegalmente en China, con fines medicinales y alimentarios). 

 

A pesar de que la Organización Mundial de la Salud no ha confirmado dichas teorías, es bien sabido que existe una cantidad innumerable de enfermedades transmitidas de animales al ser humano (denominado zoonosis), entre las que se encuentran la gripe aviar (SARS) y la influenza H1N1, entre otras.

 

 

La falta de higiene, así como las lamentables condiciones en que se encuentran los animales capturados de la vida silvestre que son comercializados ilegalmente en el mercado asiático para su venta como alimento, ha sido extensamente documentada. 

 

Se estima que tan sólo en China se trafican 100 millones de animales silvestres al año, de los que se tiene en conocimiento como “autorizados”. Por otro lado, en ese país asiático, en plena pandemia en junio de este año, se llevó a cabo el festival anual de la carne de perro, que atrae a miles de turistas para adquirir con fines de ingesta a animales domésticos (perros y gatos). Estas transgresiones a los animales de la vida silvestre y domésticos no se quedan ahí: en nuestro país, la mayor parte de la extracción ilegal de ejemplares de totoaba (situación que tiene a punto de extinción a la vaquita marina en el Alto Golfo de California), así como de pepino, estrella y caballito de mar, es llevada a China, en donde son considerados como afrodisíacos y un manjar, dejando un desastre ecositémico en nuestro país.

 

Bajo este contexto, una discusión que debiera ser punto focal de la pandemia es la relación del ser humano con la naturaleza, pues desde la Revolución Industrial se ha generado un daño ambiental sin precedentes. Desde entonces, han aumentado los niveles de consumo desde la postura de que “el planeta nos pertenece”, actuando bajo una visión antropocentrista, es decir, en la que el hombre se coloca como centro del universo y a la naturaleza como una creación para satisfacer sus necesidades. 

 

Sin embargo, la problemática del COVID-19 pone de manifiesto la interrelación que tenemos todos los seres vivos y la vulnerabilidad del ser humano; pues tanto el pangolín como el murciélago viven cotidianamente como reservorios de varios tipos de coronavirus sin que les generen enfermedad y, por lo tanto, no sean un factor de decremento en sus poblaciones, mientras que para los humanos este virus está siendo  mortal.

 

Otro de los grandes problemas ambientales provocados por la actividad humana es la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera, generando el incremento en la temperatura del planeta (calentamiento global) y variaciones aceleradas en el clima (cambio climático). Lo anterior, con implicaciones tanto en la salud humana como en la reducción, e incluso, extinción de varias especies de flora y fauna.

 

Estas son algunas manifestaciones de que el medio ambiente está directamente relacionado con la salud humana: los problemas de salud vinculados con la contaminación atmosférica y ahora la pandemia por el virus SARS-CoV-2, presuntamente ocasionada por el consumo humano de animales silvestres.

 

Lo anterior, nos brinda una importante lección sobre el papel del ser humano como una de las tantas especies que cohabitan en el planeta, evidenciando la urgente necesidad de pasar de la visión antropocentrista, que hasta hoy ha imperado, a una biocentrista, en la cual los seres humanos nos veamos como lo que somos: apenas una parte del todo, una más de las especies que habitan la Tierra, y así encontremos nuevas formas de relacionarnos con la naturaleza para otorgar el valor y respeto que merece todo ser vivo.

 

La pandemia ¿positiva para el Cambio Climático?

 

Es cierto que el confinamiento que ha provocado el coronavirus ha tenido como consecuencia una reducción en la movilidad humana, por vía aérea, marítima y terrestre, generando una disminución en la emisión del CO2 (principal GEI) y de otros contaminantes. Como efecto de lo anterior y, gracias a las imágenes satelitales, atestiguamos la recuperación de la capa de ozono en los polos; hemos visto como la fauna silvestre transita libremente en calles o dentro de centros comerciales, así como la difusión en televisión y redes sociales de imágenes de delfines en los canales de Venecia y algunas otras especies en sitios emblemáticos de todo el mundo. Todo esto, resultado de la desocupación de los espacios antes llenos de humanos, y que ahora están vacíos por la cuarentena cuasi planetaria. 

 

En términos generales, es difícil plantear una perspectiva (exclusivamente) positiva cuando por otro lado hay una serie de efectos adversos asociados.  Al respecto, Inger Andersen, Directora Ejecutiva del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) declaró:

 

“... el COVID-19 de ninguna manera tiene un lado positivo para el medio ambiente… los impactos positivos visibles, ya sea la mejora de la calidad del aire o la reducción de emisiones de GEI, no son más que temporales, ya que se deben a la trágica desaceleración económica y al sufrimiento humano”. 

 

Es momento de preguntarnos si nuestra forma de relacionarnos con las especies diferentes a la nuestra es la causante de este sufrimiento. Estamos ensimismados en la pandemia sin pensar que estamos viviendo la sexta extinción masiva de especies. Los reconocidos Dres. Rodolfo Dirzo y Gerardo Ceballos, con un equipo de la Universidad de Stanford, han estudiado el declive mundial de vertebrados, cartografiando la distribución de más de 27,600 especies (la mitad de las conocidas en la actualidad) y evidencian que al menos el 30% de todos los vertebrados están reduciendo sus poblaciones. Por otro lado, todas las especies de mamíferos han perdido al menos el 30% de su hábitat e incluso el 40%  de las mismas han perdido hasta un 80%. Los especialistas llaman a este suceso la “Defaunación del Antropoceno”.

 

Las causas de ello se asocian completamente a la actividad humana: pérdida de hábitat, caza, comercio ilegal, sobreexplotación del territorio e introducción de especies invasoras.

 

La extinción de una especie tiene un efecto mariposa y genera un declive gradual, en cascada, debido a la interconexión entre las especies, lo que traerá consecuencias irreversibles como la pérdida de los servicios ecosistémicos, entre los que destacan: la preservación de la biodiversidad, infiltración de agua, captura de carbono, control natural de plagas y enfermedades, continuidad en el ciclo de los nutrientes, polinización, entre muchos otros. 

 

Es decir, hoy más que nunca, la capacidad de la naturaleza para proveernos de lo que necesitamos para vivir se encuentra en inminente riesgo.

 

Si bien no es la primera vez que en el planeta se presentan disminuciones drásticas de contaminantes a la atmósfera, pues ya sucedió en la Gran Depresión y en la Segunda Guerra Mundial, e incluso en la epidemia de la gripe española, lo cierto es que continuamos con los mismos patrones de explotación, desarrollo y consumo.

 

El prestigiado Dr. José Sarukhan calificó a la pandemia como “otro de los muchos balazos en el pie que la especie humana se ha dado”, generada por el tipo de desarrollo que hemos decidido adoptar, con el que los patrones de consumo ya no resultan sostenibles.

 

Somos los ciudadanos de a pie, quienes con nuestros actos diarios podremos cambiar las cosas, actos individuales que apunten a generar soluciones globales. Nuestro momento es decisivo para el planeta: es urgente basar nuestros actos en la ética ambiental, buscar nuevas formas de desarrollo, ser creativos para encontrar formas alternas de relacionarnos con la biodiversidad y definir cómo nos seguiremos comportando con las otras especies y con la propia.

 

La respuesta a la pregunta ¿y ahora qué hacemos? la encontraremos en las acciones cotidianas, en los hábitos que apuesten por mejores resultados: reciclar y reutilizar materiales, reducir los residuos que generamos. 

 

Al respecto, podemos compartir la experiencia sobre los centros de acopio de material reciclable con los que cuenta el municipio de Toluca, como puntos de recepción de residuos previamente clasificados y limpios por los ciudadanos. Los materiales que reciben son papel, PET, cartón, plásticos de diferentes densidades, periódico, tetrapack, vidrio, desechos electrónicos, pilas y llantas; estos residuos son pesados y, de acuerdo a la cantidad y tipo de residuo en relación a la tabla de equivalencias, se entrega un recibo con puntos acumulables para ser canjeados por artículos de la canasta básica; actualmente existen 13 centros de acopio distribuidos en el municipio de Toluca.

 

Sugerimos poner en práctica la economía circular para que los productos mantengan su utilidad máxima el mayor tiempo posible, reducir el consumo de agua, uso de energías alternativas, recurrir a formas alternas de movilidad, no formar parte de la cadena del tráfico ilegal de especies (adquiriéndolas) y denunciar su venta ante la PROFEPA, entre otras acciones que, realizadas de manera constante y puestas en práctica por grupos cada vez mayores, pueden tener efectos positivos y más duraderos a nivel macro.

 

En este punto nos enfrentamos a la importancia de revalorar lo que podemos perder, teniendo de frente las alternativas de solución desde la bioética, en nuestro trato hacia las otras especies, así como la responsabilidad y obligación que debemos asumir en la crisis ambiental y de salud que estamos viviendo.

 

Este es el momento de decidir sobre el futuro que queremos dar al planeta y actuar en consecuencia. 

 

Ana Margarita Romo Ortega

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