El miedo en tiempos de cuarentena

Durante la alerta sanitaria del 2009, la epidemia de influenza humana (AH1N1) afectó la salud emocional de los mexicanos. Las compras de pánico, la negación de los hechos, críticas y desobediencia a las recomendaciones que hicieron las secretarías de salud federal y capitalina, fueron sólo una forma de manifestar el temor de la gente ante la posibilidad de enfermar e incluso de morir (Méndez, 2010). El sentimiento predominante durante la contingencia sanitaria, según la encuesta aplicada a la población del Distrito Federal un mes y medio después, fue el miedo (39.5%); en segundo lugar, el enojo (27%); y en tercero (23.5%) la indiferencia (Fernández Poncela, 2012).


Actualmente, el brote de la enfermedad del coronavirus 2019 (COVID-19) resulta estresante para algunas personas. El tener a nuestro alcance demasiada información sobre el tema, errónea en algunas ocasiones, donde desafortunadamente las noticias falsas se extienden con más rapidez que la verdad, trae como consecuencia la percepción de falta de control. Puede existir miedo y preocupación por nuestra salud y la de nuestros seres queridos, cambios radicales en nuestras rutinas cotidianas, incertidumbre por cuánto tiempo durará la pandemia y cuáles serán sus secuelas, siendo el aislamiento social un agravante, no solo en cuestiones personales, sino también sociales y por supuesto económicas.


Hemos leído de manera creciente sobre las agresiones físicas y/o verbales que se han producido en distintos puntos del país, en el transporte público, en la calle o a la salida de los hospitales. A diferencia de otros países, donde se rinde homenaje a los que están en la primera línea para combatir la enfermedad, varios testimonios comienzan a surgir en redes sociales sobre agresiones en su contra por miedo al contagio. “Nos preocupa e indigna que el personal de salud reciba ataques… es verdaderamente indignante, insólito, es muy alarmante que haya personas que estén canalizando distintos sentimientos muy básicos como el temor y el enojo hacia el personal que los protege” dijo el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, el Dr. Hugo López-Gatell, en la conferencia vespertina del pasado 11 de abril.


La descarga de tensión emocional es reconocida por varios autores, a través de la relación y expresión verbal que en el momento produce cierto alivio, sin embargo, también puede verse, sentirse e interpretarse como lo contrario: reproducción e intensificación de la emoción, desviación de esta por la puerta falsa de la fantasía o el ocultamiento de una emoción por otra; por ejemplo, el enojo que encubre al miedo (Fernández Poncela, 2012).


El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. Un miedo colectivo es una emoción intensa compartida por un grupo o sociedad ante la percepción de un estímulo amenazante, situaciones de riesgo, tensión o cambio, debidas tanto a factores ambientales como a factores sociales, que desencadenan una serie de conductas y emociones colectivas, en varias ocasiones maladaptativas (Méndez, 2010).


La reacción consecuente de lucha, huida o parálisis, puede ser adaptativa, es decir, salvarnos cuando nos enfrentamos a un daño inminente. Ahmad Hariri, profesor de Psicología y Neurociencias en la Universidad de Duke que estudia la amígdala, una estructura con forma de almendra que se ha llamado el centro del miedo (hay una en cada hemisferio de nuestro cerebro, en el lóbulo temporal profundo), en un artículo de The New York Times en el 2017, en relación a los diversos estímulos amenazantes a los cuales se ha enfrentado el ser humano a lo largo de su vida, comenta “el cambio ha ocurrido tan rápidamente en nuestra especie que ahora estamos equipados con un cerebro sensible a las amenazas pero también capaz de planear, pensar, calcular y anticipar… básicamente enloquecemos preocupándonos por las cosas porque tenemos demasiado tiempo y pocas amenazas reales a nuestra supervivencia, por lo que el miedo se expresa de estas formas muy extrañas y mal adaptadas”.


Somos sensibles a cualquier novedad o a cualquier situación que se parezca a algo que nos dañó en el pasado. Es así como, en este periodo de cuarentena, -circunstancia inesperada, pero no desconocida-, se ha hecho hincapié en la implementación de estrategias para lidiar y minimizar la ansiedad y el miedo. Sin embargo, no resulta fácil, sobre todo cuando las redes sociales y las noticias nos mantienen informados de cualquier desastre real o potencial en cualquier parte del mundo. El resultado es a menudo una amígdala más apta para ponernos en modo lucha, huida o parálisis, para responder incluso a la inquietud más leve y, que nos mantenga ahí en lugar de regresarnos a un estado de calma en ausencia de un peligro inminente. Para frenar a una amígdala que reacciona excesivamente, primero hay que identificar y después reconocer que estamos inquietos y asustados. “Nuestra cultura valora la fortaleza y el poder, y mostrar miedo se considera una debilidad… pero en realidad eres más fuerte si puedes reconocer el miedo”, menciona Leon Hoffman, codirector del Centro de Investigación Pacella de la Sociedad e Instituto Psicoanalítico de Nueva York (Murphy, 2017).


El miedo dirige gran parte de nuestra conducta humana, condicionando que se presenten reacciones o conductas contraproducentes, incluso al enfrentarse a eventos preocupantes pero que no amenazan la vida. Por supuesto, no se justifica de ninguna medida dichas conductas, como las agresiones que se han suscitado y que lamentablemente están en aumento.


Sin embargo, lo mismo que sobre activa a la amígdala y hace que el miedo permanezca y se desencadene la ansiedad, es lo mismo que nos puede ayudar a controlarlo, esto es, el hecho de pensar, planear y razonar. Una vez que aceptamos el miedo, podemos regularlo de manera más efectiva. Hay que recordar que el valor no es la ausencia del miedo, sino actuar a pesar de su presencia, pero para que esto ocurra, primero hay que reconocerlo y saber que es normal sentirlo.


Para regular el miedo es importante hacer uso de las herramientas cognitivas que nos hacen humanos. Poder frenarnos y reflexionar, mantenernos informados de fuentes confiables y no difundir falsas noticias. Razonar y darnos la oportunidad de expresar nuestro miedo y luego actuar, planificando nuestras actividades. Enfocar nuestra atención a cosas que sean productivas, que aumenten nuestro sentido de comunidad, que nos permitan compenetrar más con los que amamos, que nos permitan ayudar al prójimo, en la medida que podamos. A pesar de que no tengamos la energía o la motivación, forzarnos a seguir cierta agenda, para así combatir la desesperación y la ansiedad causada por el miedo que genera esta pandemia.


“Las personas que agreden o sus familiares, podrían padecer COVID-19 y necesitarán de los miembros del sector salud, que serán los protagonistas en el siguiente escenario. Llamamos a respetarlos” comentó el Dr. López-Gatell.


Maricarmen Jiménez Colín

Médico Especialista en Psiquiatría. Facultad de Medicina, UNAM.

Maestra en Ciencias (Neurobiología), INB, UNAM.

psiquiatra.jimenez@gmail.com

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