Crónica de una pandemia anunciada: Historia del SARS y COVID-19.

Durante los primeros meses de 2020, el mundo ha presenciado con preocupación y cierto grado de miedo personal el surgimiento y rápida dispersión en cinco de los seis continentes de la enfermedad conocida como Coronavirus 2019 (COVID-19) que surgió a finales de 2019 en China. Sin reparo, hasta la fecha la enfermedad ha cruzado fronteras destruyendo la aparente barrera que separa al humano de la naturaleza, recordándole con desdén que es parte del resto de la armonía biológica del planeta. Es un hecho que nos enfrentamos a una pandemia sin precedentes y no precisamente por lo agresiva que es, sino porque ha doblegado la economía mundial como si fuera un trozo de papel. Ha colapsado los sistemas de salud en casi cada nación a la que ha llegado y es un hecho que cambiará al mundo como lo conocemos actualmente. Desde luego, cada nación ha buscado con desesperación y cierto enfado la forma de resistir la apabullante amenaza a la salud que representa considerando que es sólo la antesala de una tormenta económica. Parece inverosímil lo que el temor hacia un virus puede hacer.


Pero después de todo, es sólo un virus. Todas las cosas vienen de algún lado y aquellas enfermedades que surgen abruptamente entre humanos provienen en su mayoría de los animales. Cada una de ellas tiene una historia que contar y normalmente involucran el encuentro de una persona y un animal con un bicho ya sea virus, bacteria, protozoo, parásito, etc., que logra adaptarse lo suficiente como para abandonar su especie huésped o “reservorio natural” y migrar entre especies para causar enfermedad. Este fenómeno, llamado elegantemente como “zoonosis” describe específicamente una infección animal que se transmite entre humanos. La influenza, el Ébola, VIH, ZIKA y el COVID-19 son enfermedades zoonóticas y el origen de esta última no es tan reciente como comúnmente se piensa.


El 20 de febrero de 2003, el Ministerio de Salud de China comunicaba a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que la bacteria Chlamydia pneumoniae parecía el agente causal del misterioso brote de neumonía atípica grave que había contabilizado hasta entonces poco más de 300 casos y 5 muertes en la provincia de Guangdong, al sur de China, un par de meses antes. Los pacientes presentaban síntomas similares a influenza, especialmente fiebre y en los casos graves, daños en las vías respiratorias bajas, por lo que sólo era cuestión de tiempo detectar más casos en otras regiones del continente. Algunas semanas después, investigadores de tres hospitales gubernamentales de Hong Kong reportaron que los casos en sus instalaciones no mostraban la presencia de M. pneumoniae, C. pneumoniae y C. psittaci ni de virus de influenza A y B.


La semana siguiente, a casi a 800 km de distancia, el teléfono sonó en las oficinas de la OMS en Hanoi, Vietnam. El Hospital Francés de aquel país buscaba asesoría ante un posible brote de influenza aviar en la región ya que su caso índice había viajado por China, Hong Kong y Hanoi y también mostraba el mismo cuadro de neumonía. El Dr. Carlo Urbani, investigador y especialista en enfermedades parasitarias atendió la llamada y se dirigió ese mismo día al hospital. Al evaluar la situación, reportó de inmediato a Génova un caso inusual de una “enfermedad contagiosa desconocida”, posiblemente pandémica.


Al cabo de unos días, la OMS, el Centro de Detección de Enfermedades (CDC en inglés) de EE.UU. y China, así como Médicos sin Fronteras, formaban un equipo de respuesta inmediata junto con 13 laboratorios de 10 países para identificar y diagnosticar el agente que causaba el después llamado “Síndrome Respiratorio Agudo Grave” o SARS. Urbani por su parte, asumió el control de aislamiento del hospital cuando la cifra de contagios creció entre el personal médico hasta que él mismo manifestó síntomas a mediados de marzo. Por desgracia, no vería el éxito de su intervención al fallecer ese mismo mes. Dos semanas después, el 16 de abril, la OMS anunciaría al mundo la causa del SARS: un miembro nuevo de la familia de virus Coronaviridae nunca antes vista en humanos. La intervención temprana de Urbani logró limitar al SARS a poco más de 8 mil casos globales con 774 fallecidos en los 100 días que duró la epidemia. Luego de eso, el SARS se esfumó casi tan rápido como apareció.


Los patógenos zoonóticos pueden esconderse. No conscientemente desde luego, sino cuando su ecosistema está relativamente equilibrado y calmo. En cambio, el disturbio ecológico provoca que las enfermedades aparezcan. “Agita un árbol y cosas caen”. Desde su descubrimiento, se sabía que el SARS-CoV era diferente a otros coronavirus pero se comportaba de forma similar a otras enfermedades zoonóticas, por lo que era clave rastrear su procedencia.


Los primeros estudios hallaron rastros de la infección entre comerciantes de animales exóticos vivos en Guangdong, luego también tejones, castores, liebres y muntiacos. Ello significaba que el virus había tenido contacto cercano con estas especies, pero no tanto como para que fueran “amplificadoras” de la infección. La lista se ampliaría al encontrar al virus en pagumas (una especie de civetas) cuando los primeros pacientes coincidieron en haber consumido su carne. Takunis (mapaches japoneses), monos, gatos domésticos, jabalíes y hurones también albergaban al virus, lo que causó una prohibición temporal de su venta en la región. No obstante, en ocasiones, la tasa de evolución viral en un huésped permite inferir si se trata del reservorio natural de un virus o de un huésped temporal. En términos generales, una tasa rápida indica transición, mientras que una lenta, asentamiento. El análisis genético de la cepa de pagumas reveló que el virus también era nuevo para esta especie y se trataba realmente de una especie transitoria del SARS-CoV, no de su reservorio natural.


La investigación encontró un punto muerto por dos años hasta que se consideró investigar a los murciélagos. En los últimos años, su presencia en la comida y medicina tradicional en el sur de China había incrementado y se tenía registro de ser el reservorio natural de los virus zoonóticos Hendra y Nipah. Además, su enorme diversidad y presencia en muchos nichos ecológicos hacían de ellos un potencial reservorio natural del virus. Un año después, en 2005, científicos hallaron en murciélagos de herradura una cepa de SARS-CoV genéticamente ligada al brote de Guangdong, por lo que era posible que el virus llegara al mercado de Guangdong en un murciélago infectado y lograra esparcirse poco a poco a otros animales hasta lograr infectar gente cuando ésta se los comió. Los eventos que provocaron la epidemia de SARS en 2002 fueron inusuales, pero era posible que ocurrieran nuevamente, sólo faltaba responder cuándo y dónde. Virólogos, veterinarios, epidemiólogos y ecólogos buscaron respuestas en los murciélagos, pues su relación con eventos zoonóticos podría sugerir el origen de la siguiente epidemia. Por diez años el destino del virus fue incierto, hasta noviembre de 2015, cuando un grupo de científicos estadounidenses detectó cepas circulantes de virus similares a SARS-CoV en murciélagos de herradura provenientes de China. Publicaron su trabajo advirtiendo un riesgo potencial de resurgimiento, mismo que llegaría cinco años después.


En la víspera de Año Nuevo de 2019, la Comisión de Salud Municipal de Wuhan reportó a la OMS un creciente número de pacientes con fiebre, dolor de cabeza y dificultades para respirar que obedecían un cuadro de neumonía de causa viral. Según la evidencia, 41 de ellas habían visitado el mercado mojado de mariscos en Wuhan, provincia de Hubei, China. El lugar ya había sido cerrado y no se habían encontrado casos ni evidencia de transmisión humano-humano o “spillover”, la cual era necesaria para iniciar una epidemia o potencial pandemia. Tres días después, el 3 de enero de 2020, científicos chinos identificarían un nuevo tipo de coronavirus llamado inicialmente “2019-nCoV” como el causante de la “neumonía infectada por nuevo coronavirus” o NCIP, por sus siglas en inglés. Genéticamente, el virus compartía parte de su genoma con el SARS-CoV y con virus similares a SARS hallados en murciélagos, por lo que poco después se rebautizó como SARS-CoV-2 y la enfermedad como COVID-19. Pero a diferencia del SARS de 2003, el COVID-19 se extendió como el fuego. Al día de hoy, se registran casi 2 millones de casos en todo el mundo y más de 100 mil muertes contabilizadas. Y mientras epidemiólogos, personal de la salud y expertos en salud pública luchan por controlar la pandemia, otros científicos se dedican a rastrear su origen.


Resulta curioso que el SARS-CoV-2 sea el séptimo coronavirus en infectar humanos y el tercero en emerger en dos décadas, pero similarmente al SARS-CoV se piensa que un evento zoonótico ocurrió cerca del mercado de Wuhan. Hasta el momento, se han detectado virus similares en pangolines, hurones y gatos, aunque los datos aún no son concluyentes para determinar un reservorio natural. Los datos sugieren dos posibles escenarios, el primero apunta a un evento zoonótico como el del SARS y el segundo a múltiples eventos zoonóticos no detectados que finalmente detonaron spillover en humanos, como fue caso del MERS (surgido entre 2012-2013). Es decir, quizá hubo varias infecciones recíprocas entre humanos y animales que adaptaron al virus a esparcirse entre la población humana. Sea cual sea el caso, los datos evidencian un disturbio ecológico muy agresivo causado por el humano en estos mercados que albergan especies que jamás han estado en contacto.


En una era globalizada como en la que vivimos, lentamente nos colocamos a merced de nuevas pandemias, cada vez más cercanas y agresivas. Porque como el COVID-19 nos ha mostrado, la naturaleza responde con fuerza, y pronto el cuándo y dónde no será lo único por lo que tengamos que preocuparnos.


Germán Gómez Casiano

Biólogo Molecular por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa.

Maestro en Genética y Diagnóstico Molecular por la Universidad de Nottingham, UK.

german.gomez.casiano@gmail.com

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