Sembrando vida o sembrando votos

16/03/2020

México es un país montañoso. De ahí su gran diversidad en climas, animales y plantas. Somos uno de los cuatro países más biodiversos del mundo, ya que tenemos quizá, con excepción de la tundra y las nieves eternas, todos los ecosistemas del planeta. La Sierra Madre Occidental y la Sierra Madre Oriental recorren todo nuestro territorio desde la frontera con Estados Unidos para unirse ya en el Istmo de Tehuantepec. 

 

Con excepción del altiplano, algunas partes de la península de Baja California, las planicies, pastizales y desiertos del norte, así como los valles que forman los deltas de los ríos en las costas, y la península de Yucatán, que es selva baja tropical principalmente; el resto del país es básicamente de carácter volcánico y de vocación forestal. 

 

 

Sin embargo, por alguna razón que nunca he logrado entender cabalmente, tal vez por el periodo de conquista y la historia posterior, tenemos la idea de empujar la agricultura en desprecio de nuestros bosques y selvas. Es más, en diversas épocas, con los programas gubernamentales se cometieron verdaderos crímenes ambientales, se han destruido nuestra riqueza forestal y nuestra biodiversidad. 

 

Desde la Revolución Mexicana, que propició la repartición de tierras y la Reforma Agraria, se perpetraron grandes atrocidades al trasladar comunidades de un lado a otro y al deforestar zonas enteras para cambiar su uso de suelo arbitrariamente, sin estudios previos de afectaciones ambientales o vocación productiva. Posteriormente, ya en la época del presidente, Luis Echeverría, existieron programas cuyos impactos ocasionaron la pérdida de cobertura vegetal y de índole productivista agrícola; si bien recuerdo su lema era, “que sólo los caminos del campo no produzcan” y la práctica fue avanzar en ese ámbito a costa de la destrucción de zonas vírgenes con dos tractores y una cadena para ampliar la frontera agrícola o ganadera agresivamente, se repartieron tierras en detrimento del bosque y la selva. 

 

Más recientemente, al inicio del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el programa PROCAMPO también tuvo un impacto sumamente negativo en el cambio de uso de suelo, ya que al anunciarse el establecimiento del padrón de tierras susceptibles a obtener subsidio en 1994, muchos propietarios deforestaron tierras comunales y privadas para obtener esos recursos, aunque luego ni cosecharan lo que cultivaron. Lo único que esperaban era el dinero. El impacto fue tremendo. 

 

Ya en los últimos años, los bosques se han enfrentado a los cultivos frutales de exportación, sobre todo de aguacate, llamado el oro verde, cuya producción ha diezmado la masa forestal de Michoacán y más recientemente en Jalisco, el Estado de México, Veracruz, Nayarit y Colima. Nuevamente este fenómeno viene acompañado de subsidios; sobre todo para invertir en ollas de agua que se instalan en las partes altas para el riego por gravedad, para fertilizantes y otros componentes productivos. 

 

Muchos creen intuitivamente que esta sustitución de bosque por huertas no es importante porque los frutales son árboles también, nada tan alejado de la realidad. El frutal consume agua a diferencia de los árboles nativos forestales como el pino o el encino y otras especies que fijan el agua o, como dicen algunos, la producen. En el caso de la comparación del aguacate frente al pino, la diferencia es de 7 a 1 en cuanto al consumo de agua, eso de acuerdo a los estudios del Doctor, Alberto Gómez Tagle. 

 

El uso de los agroquímicos para el control de plagas impacta fuertemente en la diversidad biológica, incluso en la salud de las comunidades adyacentes; además, las cercas de los sembradíos impiden la movilidad de las especies y cortan los importantes corredores biológicos. 

 

Estos incentivos y programas gubernamentales mal diseñados, ocasionan más pérdida de masa forestal que la tala clandestina en los bosques de nuestro país, aunque esa práctica ilegal también ha impactado negativamente. Lo peor es que no sabemos con exactitud cuánto perdemos en bosques, pero se estima entre 400 y 600 mil hectáreas anuales durante las últimas dos décadas.

 

Sin entender ni considerar nada de esto, uno de los programas más importantes del gobierno del presidente, López Obrador es Sembrando Vida, que igual a otros programas llamados sociales, se concentra en la Secretaría del Bienestar, antes SEDESOL. 

 

Comenzó en 2019 con unos lineamientos publicados tardíamente en la Gaceta del Ejecutivo, que además son sumamente laxos y contienen diversos pronunciamientos de la Secretaria del ramo que no hacen mucho sentido, también hay varios ejemplos de mal uso de recursos a lo largo del territorio nacional. La idea de dar dinero a propietarios que “consigan” 2.5 hectáreas para plantar árboles frutales, sin tener reglas claras; parece un programa clientelar para generar votos en una campaña electoral, no una estrategia bien diseñada y con objetivos claros. 

 

No está claro todavía el impacto que posiblemente tenga, sin embargo, en este primer año que se estableció la creación de un padrón de tierras a las que se les dará el subsidio, pero que aún no está concluido pues ni siquiera existen los criterios para hacerlo; seguramente estas propiedades fueron nuevas adiciones a la frontera agrícola, y quizá muchas de ellas se obtuvieron tras deforestar zonas arboladas. 

 

¿Qué tan “valiosas”, desde el punto de vista ambiental, habrán sido esas tierras?, habrá que realizar los estudios específicos. Veremos en 2020 las reglas o lineamientos que conlleve este programa para entender mejor como serán sus impactos. 

 

La Secretaría ha manifestado que el objetivo es, o será, un programa agroforestal y que los árboles se deberán de entremezclar con otros cultivos como maíz o frijol. Pero en los lineamientos no lo dice y eso de combinar las siembras es una práctica común, con excepción del café en pocas zonas, y quizá algunas otras excepciones. Si este fuera el caso, con qué fin se piden las 2.5 hectáreas. El programa se debería implementar en hectáreas de otros cultivos. Persisten las diferencias entre las declaraciones, los lineamientos escritos y lo que se ha visto al aplicar los recursos. 

 

La verdad es que el programa suena, hasta ahora, como mucho en este gobierno, otra ocurrencia del señor presidente, inexplicable y difícil de operar para un equipo que no tiene claridad para ejecutarla pero no sabe cómo decir que no. Veremos como salen las reglas respectivas y como continúa este experimento. Ojalá sus impactos en el medio ambiente no sean tan destructivos. 

 

Lo peor del asunto es que el desmantelamiento de las instituciones del sector ambiental ha sido sistemático en el primer año de gestión, al interior del gobierno no existen contrapesos para contrarrestar las tendencias negativas del programa. La SEMARNAT está en la lona con muy poco personal después de haber despedido profesionales calificados, además se ha visto envuelta en discusiones internas. Al parecer su objetivo fundamental en los años que vienen será justificar los megaproyectos presidenciales.

 

Víctor Lichtinger W.

Licenciado en Economía por la Universidad Autónoma Metropolitana

Maestro en Economía Aplicada por la Universidad de Stanford. 

Presidente del Consejo Consultivo del Agua. 

 

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