Infancia, Género y Sexualidad. El caso de David Reimer

16/03/2020

La sexualidad es un tema que debe discutirse con delicadeza porque es más psicosocial que biológico, más aún cuando hablamos de la infancia; según dijo Alejandra Cárdenas, pedagoga por la Universidad Panamericana de Guadalajara y amistad personal; quien ha estudiado el desarrollo neurológico y psicosexual del infante. 

 

Cuando le consulté cómo se debe abordar el tema desde el punto de vista científico, refirió que la evidencia biológica era limitada y que la mayoría de la bibliografía tenía un enfoque psicosocial. Tuvo razón, pues la bibliografía que había encontrado hasta entonces abordaba el asunto desde una perspectiva psicológica o anecdótica, no tanto biológica. Me explicó por qué se han hecho más estudios sobre el desarrollo psicosocial y psicosexual que de género; pero al ver mi insatisfacción dio un último trago a su cerveza y dijo, “David Reimer es tu punto de partida”. 

 

 

Supe a lo que se refería en cuanto tecleé su nombre en el buscador. Resulta que Reimer fue el primer caso documentado de reasignación de género durante la infancia, a causa de una circuncisión mal practicada. Su historia se convertiría en el precedente de muchos estudios de género posteriores, ya que después de dar a conocer su experiencia se suicidó a los 38 años.

 

Bruce Peter Reimer y su hermano gemelo Brian nacieron perfectamente saludables el 22 de agosto de 1965 en un hospital de Winnipeg, una pequeña cuidad canadiense de casi un millón de habitantes. Luego de seis meses, sus padres Janet y Ron Reimer notaron que ambos tenían dificultades para orinar y cuando Bruce no pudo más, los llevaron al médico para una evaluación. En el hospital diagnosticaron que ambos  padecían fimosis, una condición relativamente normal en hombres, que impide al prepucio retraerse, lo que dificulta orinar con regularidad. A menudo no representa mayor problema, sanan naturalmente después de un tiempo como ocurrió con Brian; pero en casos severos como el de Bruce, se requiere circuncisión. 

 

Lo que no representaba un problema mayor se convirtió en un martirio para Bruce y su familia. Sus padres recibieron una llamada para decirles que la operación había fallado y que el pene de su hijo fue severamente dañado en el proceso. Pasaron meses para que los padres de Reimer contactaran a John Money, prestigioso psicólogo y sexólogo del Hospital Johns Hopkins, de Maryland; después de verlo en televisión. Por aquel entonces resonaba entre la comunidad científica un estudio de Charles Phoenix de 1959; demostró que algunas cerdas de Guinea que fueron expuestas a andrógenos antes de su nacimiento, masculinizaron su comportamiento sexual y de apareamiento. Desde años atrás ya se sabía que sin andrógenos el desarrollo embrionario de los mamíferos sigue un camino típicamente femenino, lo novedoso fue que aparentemente también modelaba el comportamiento. 

 

Money fue uno de los primeros en investigar si esto también pasaba en humanos, sus sujetos de estudio fueron personas con exposiciones prenatales atípicas a andrógenos, como la hiperplasia suprarrenal congénita (HSC, congenital adrenal hyperplasia, CAH en inglés). Si estaba en lo correcto, entonces el género se podría moldear desde una etapa temprana. Cuando los padres de Reimer lo contactaron, el caso se presentaba como una oportunidad de oro, pues al tener un gemelo, Reimer representaba el sujeto de estudio perfecto. Money sugirió una cirugía de reasignación de sexo y terapia hormonal para criar a Bruce como una niña. 

 

La cirugía no era nueva, ya se había practicado a personas con genitales anormales o intersexuales, lo inédito fue el resultado. Bruce se convirtió en Brenda y siguió monitoreos anuales junto con su hermano. Años después declaró que los ejercicios de Money y los médicos fueron abusivos, traumáticos y éticamente reprobables, pues incluso fotografiaban cada encuentro; los estudios se extendieron por más de una década.

 

Aunque Money consideró “exitosa” la conversión, más adelante Reimer rechazó esta afirmación al revelar una fuerte disforia de género durante su pubertad. Dos años después y sin advertir progreso en su identidad de género, sus padres le confesaron el procedimiento al que fue sometido, a partir de entonces asumió su identidad masculina y tomó el nombre de David. A los 21 años, se sometió a una segunda cirugía reconstructiva e intentó llevar una vida normal, incluso llegó a casarse a finales de 1990.

 

No obstante, las secuelas del proceso que llevó con Money le pasaron factura, enfrentó problemas maritales y laborales que lo hicieron buscar ayuda con Milton Diamond, rival académico de Money. En julio de 2002 su hermano murió por sobredosis de antidepresivos debido a la esquizofrenia, casi dos años después su esposa le pidió el divorcio. El 4 de mayo de 2004 Reimer se quitó la vida con una escopeta. Su historia se conoció como el Caso John/Joan y sus declaraciones fueron la base de medidas éticas generales para cirugías de reasignación de sexo en infantes.

 

El caso de Reimer también fue un parteaguas para los estudios de género, pues la literatura dio más importancia al aspecto social y ético que al biológico, que parecía un poco determinista. En 2011, Sheri Berenbaum y Adriene Beltz publicaron un artículo en Sex Roles, en el que criticaron este enfoque; recopilaron más de 4 mil artículos de esta revista con los que argumentaron que desde 1983 se daba un enfoque biosocial y no sólo psicosocial a los estudios de género. Desmentían la idea de una biología determinista y rígida, que desde finales de 1880 se dedicó a justificar las diferencias entre hombre y mujer con una perspectiva social, aunque los procesos biológicos realmente se moldean por el ambiente físico y social en el que se desarrollan los individuos. Esta idea respalda el famoso artículo de Stephanie Shields de 1975, en el que criticó que esas asignaciones se basaron en la percepción cultural que en ese entonces se tenía sobre la mujer.

 

 

Sin embargo, al día de hoy es difícil debatir el tema sin menospreciar el enfoque biológico. ¿Realmente es necesario el descontento porque en los estudios de comportamiento de género la biología tenga más importancia de la que ha tenido hasta ahora? Después de todo, la biología no determina, sino influye. 

 

Así como un estudio genético no implica causalidad, sino riesgo; la biología del sexo y género debería flexibilizarse, como las construcciones sociales que se renuevan con el tiempo. Y dado que el comportamiento se determina por el cerebro, es imprescindible estudiar los factores evolutivos, genes y hormonas, que establecen los procesos psicológicos que perfilan la forma en que nos desenvolvemos. La investigación biológica está en etapas tempranas pero ya nos dio una importante lección sobre el determinismo, pues como en muchos otros fenómenos, la vida es más compleja de lo que nos imaginamos y ha encontrado varias ramificaciones para llegar al mismo resultado. 

 

Desde el punto de vista genético, la determinación del sexo es sólo un tercio del camino. A inicios de marzo de 1991, la investigación biológica asombró al mundo al anunciar la conversión sexual de Randy, un ratón hembra que fue convertido exitosamente en macho. Con técnicas de Biología Molecular, los investigadores injertaron el gen Sry presente en el cromosoma sexual de los ratones machos y lo introdujeron a un embrión de ratón hembra. 

 

Después de algunos intentos, lo lograron. La noticia salió en todos los periódicos como un hito en la ciencia del desarrollo, los investigadores tuvieron la expectativa de que a partir de ello se iban a descubrir más genes involucrados en la determinación del sexo, ya que a pesar de haber nacido macho, Randy no era fértil. Sin embargo, no fue así. 

 

Hasta ahora no hay protocolos de experimentos que ayuden a elucidar los mecanismos de la biología en la determinación del sexo y el papel de las hormonas, aunque se conocen diversos ejemplos de anomalías en los cromosomas sexuales humanos, que muestran la complejidad en la que se basan. 

 

Uno de ellos es el síndrome congénito de Turner; de cuyos casos, 50 por ciento de los individuos posee solamente un cromosoma sexual X (45,X) y no presenta caracteres sexuales secundarios, son infértiles, de corta estatura y presentan anomalías renales.

 

Otro ejemplo es el Síndrome de Klinefelter, que se caracteriza por un cariotipo masculino (46, XY) con un cromosoma X extra (47, XXY). Presenta atrofia testicular, infertilidad, carencia de caracteres sexuales secundarios, constitución eunucoide y algunas deficiencias en el intelecto. 

 

Las mujeres con el síndrome de X triple tienen un cariotipo (47, XXX), son más altas que el promedio y pueden presentar tono muscular deficiente e infertilidad. La versión masculina del síndrome X triple es el varón XYY, también más alto que el promedio, y presenta una ligera reducción en el coeficiente intelectual, pero son fértiles. En el caso del Síndrome de Swyer, una mutación en el gen SYR inhibe la masculinización de las gónadas, algo parecido al CAIS.

 

El otro tercio es el papel de las hormonas, pues a pesar de que los cromosomas estén bien las anomalías en su secreción y señalización dictan otro camino. Tal es el caso de la insensibilidad completa a andrógenos (CAIS, Complete Androgen Insensibility Syndrome, en inglés), presente en individuos XY con características sexuales femeninas porque sencillamente no respondieron al estímulo de masculinización de sus genitales durante el desarrollo. 

 

No obstante, análisis de imagen por resonancia magnética mostraron que sus cerebros son prácticamente idénticos a los de las mujeres normales. Se sabe que durante el desarrollo temprano la testosterona juega un papel importante en la diferenciación sexual y que individuos expuestos a concentraciones atípicas, como en el caso de CAH, mostraban comportamiento juvenil, lo que podía potenciar un comportamiento físicamente agresivo, así como alteraciones en orientación sexual e identidad de género, aunque esto es únicamente consistente con las observaciones. El cómo y el por qué aún se desconocen. 

 

El último tercio es la influencia cultural. La presencia de genitales externos determina el sexo social y por ende, la identificación y desarrollo de la sexualidad. Sin embargo, como ya se mencionó, existe una extensa bibliografía dedicada a los aspectos psicológicos y sociales de la identidad de género, pero no debe relegarse pues también forman parte de la construcción sexual del individuo. 

 

Finalmente, este artículo no sostiene que sólo las anomalías genéticas y la exposición a andrógenos son determinantes en la identidad de género, pero sí supone un llamado a estudiar su papel, pues resulta fundamental para reconocer el desarrollo psicológico en general, ya que puede revelar el ambiente prenatal que moldeó la estructura y función del cerebro, y con ello unificar a la biología con las experiencias que motivan una determinada respuesta ante el entorno social.

 

Germán Gómez Casiano

MSc. Molecular Genetics & Diagnostics

german.gomez.casiano@gmail.com

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