La promesa de un México distinto

El proceso electoral del año 2018 y el triunfo del partido denominado, Movimiento de Regeneración Nacional, consolidó la transición democrática de nuestro país, iniciada en el año 2000 con la llegada de un partido diferente al de la presidencia de la República.


Los críticos del triunfo de Vicente Fox, candidato a la presidencia de la República, por el Partido Acción Nacional; argumentan que realmente no fue una transición democrática, sino el triunfo de los mismos con máscaras diferentes; de este pensamiento nació el concepto “PRIAN”, como la forma de echar abajo la idea de un cambio institucional en el país. El regreso del Partido Revolucionario Institucional, con la figura de Enrique Peña Nieto en el año 2012, así parecía confirmarlo.


Según esta idea, los integrantes de la llamada cuarta transformación, argumentan que su movimiento es el verdadero cambio de régimen, alcanzado por primera ocasión en la historia moderna del país, por la vía democrática y no por la lucha armada.


Sin embargo, justo en este sentido; el verdadero significado de las palabras toma un carácter fundamental en la concepción, construcción y consolidación de la nación a la que los mexicanos aspiramos.


Uno de los errores que han marcado el inicio de la administración, es conceptual. Hay quienes sostienen que estamos frente a un gobierno y una manera de ejercer el poder “diferente”, y hay quienes equivocadamente, utilizan la palabra “distinto” para referirse al mismo asunto. Y esa es una grave condición que condena el origen del movimiento transformador a la ignominia, a no comprender de manera certera, a qué aspiran y, más aún, la forma de lograrlo.


Las palabras, “diferente” y “distinto”, según la Real Academia de la Lengua, pueden entenderse como sinónimos pero en su esencia tal similitud no lo es.


Por diferente comprendemos lo que no es igual, que es variado. De manera general, podríamos decir que se refiere a cuestiones, cosas, situaciones o instituciones que se relacionan o vinculan entre sí, pero que no son iguales. Para ejemplificar; México, Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua o Venezuela; son “diferentes” países de América. Todos ellos tienen la característica de ser países pero sus fronteras, su moneda, su gobierno y millones de características más, los hacen diferentes.


Por distinto, no sólo comprendemos que tiene variedad, sino que tiene peculiaridad; es decir, que tiene características que pueden considerarse distintivas. En otras palabras, no sólo menciona sus diferencias, sino que encuentra una característica que lo “distingue” de entre sus iguales, y que en el mejor de los casos, lo coloca como punto de referencia en la forma de lograr dicha distinción.


¿Dónde radica la importancia de comprender diferente y distinto?, justamente en la particularidad.


Todos los países son diferentes, ese aspecto ha quedado claro. Pocos países se distinguen, y ese debe ser el destino de México.


Además de señalar las diferencias, la cuarta transformación tiene la oportunidad histórica de marcar claramente las características que nos distinguen y que pueden convertirnos en referencia mundial.


Compartimos con casi todos los pueblos de América la riqueza histórica, gastronómica y cultural; sólo varía la localización geográfica. La música nos llega al alma, no importa si es cumbia, huapango, bachata o son; así mismo, las comunidades indígenas, sean chontales, incas o mayas, comparten condiciones de marginación y abandono; la falta de infraestructura en salud y comunicaciones, la carencia de acceso tecnológico, la falta de oportunidades de estudio y empleo para los jóvenes, así como la carencia de instalaciones y condiciones para una vida digna de los adultos en plenitud; son similares. Aunque el nombre de las comunidades pude cambiar, es decir, ser diferentes; comparten características fundamentales.


En la pasada elección la promesa no fue solamente de un gobierno diferente; eso se garantizaba con el triunfo de cualquiera. Diferentes fechas en los oficios, diferente imagen en los membretes, diferentes nombres en los discursos. Pero sin algo que los distinga.


La promesa fue de ser un México distinto; se habló de ser potencia y ejemplo, se ofrecieron soluciones que, sin ser mágicas, parecían posibles dado el potencial que los mexicanos reconocemos en nosotros mismos.


Las circunstancias han orillado al propio presidente de la Republica a pedir que no se le compare con sus antecesores, pues refiere que las cosas son “diferentes”. Lo vimos claramente en la ola de violencia que vivió Sinaloa el pasado mes de octubre, al justificar las decisiones adoptadas. También quedó de manifiesto ante los señalamientos de corrupción hacia algunos integrantes de su equipo de trabajo; o en los cuestionamientos a la llamada “guerra contra el huachicol”, motivados por los pobres resultados para combatirlo; o con la “reforma fiscal” y las medidas contra las llamadas empresas “factureras”, así como la carga adicional a los contribuyentes cautivos que, como ha sucedido siempre, sostienen con esfuerzo el gasto público del país.


¿Y si empezamos a pensar distinto?


¿Y si comenzamos a fortalecer lo que nos distingue?