Culiacán, el operativo gallego y la capitulación del Estado mexicano

El pasado jueves 17 de octubre, justo a las 14:30 horas llegué a un conocido restaurante del centro histórico de la ciudad, quedé de ver ahí a un grupo de amigos para ponernos al corriente. Ya solamente esperábamos a uno de ellos, eran las 15:06 exactamente cuando recibí un mensaje suyo: “no voy a llegar, estoy bajo fuego acá por el boulevard, Sánchez Alonso, parece Irak, parece guerra”, se leía. Diez minutos más tarde, lejos de haber acabado el suplicio otro mensaje: “aún estamos bajo fuego, tienen un arsenal, es increíble lo que escucho, ya logré regresar a mi casa y estamos en la última recámara con las niñas debajo de la cama”, relató. Así comenzamos la violenta jornada de ese día, en unos minutos se hicieron presentes los audios y videos, estábamos literalmente en zona de guerra.

 

Culiacán es una ciudad en crecimiento y de economía próspera, en cuyo casco urbano viven poco más de 800 mil habitantes conglomerados en 65 Km2, no es una urbe extensa, prácticamente se puede trasladar entre sus puntos más periféricos, en menos de treinta minutos. 

 

Tras casi cincuenta años de la aparición de los grandes capos la capital sinaloense aprendió y toleró la convivencia diaria con el fenómeno de la narcocultura y sus expresiones. En Culiacán se convive todos los días con el narcotráfico, frecuentamos los mismos restaurantes, clubes o iglesias; nuestros niños asisten a las mismas escuelas que los hijos de los capos, los integrantes de la mafia son parte de los grupos de amigos y se comparte la afición por los Dorados de Sinaloa o los Tomateros de Culiacán. En el estadio, a tres butacas de la tuya podría estar un capo extraditable, un jefe de sicarios o un prestanombres para el lavado de dinero. 

 

Así es la vida en Culiacán, la mafia se sienta en la misma mesa que el resto, siempre armada y alardeando de la impunidad que impera en Sinaloa, donde ellos mandan.

El pasado jueves 17 de octubre a nuestra sociedad permisiva no sólo le tomó por sorpresa el ataque para la liberación del hijo de un capo, siempre supimos que la presencia y la fuerza de los grupos delictivos era amplia, tal vez no la dimensionábamos, pero sabíamos de su poder. La verdadera sorpresa fue el error en la estrategia, la “ocurrencia” de la federación de montar un operativo para la captura de un hijo del narcotraficante más famoso del mundo a plena luz del día, en el corazón financiero y turístico de la capital del estado, a la hora de mayor movimiento en la ciudad y sin previo aviso a las autoridades locales, lo que irresponsablemente evidenció el estado de fuerza de nuestra entidad frente al de la delincuencia organizada.

 

Por la información que ahora todos conocemos, podemos saber que, en menos de 15 minutos, Culiacán ardió. Estalló una guerra y comenzó el estado de sitio, la respuesta a esa “ocurrencia” del Secretario, Alfonso Durazo por parte de las diversas células del cártel de Sinaloa fue inmediata y contundente: tomaron posesión de las entradas y las salidas de la ciudad, se enfocaron en cercar y atacar a los elementos que encabezaron el “operativo gallego” enfrentándose en las principales calles y avenidas con un poder armamentístico inimaginable, quemaron vehículos, dispararon contra unidades del transporte público, contra casas, comercios y escuelas, despojaron vehículos con niños a bordo. Pero el terror no solamente lo supieron sembrar en los ciudadanos, a las autoridades les sitiaron la 9na. Zona Militar y las colonias donde viven las familias de los soldados, atacaron el complejo de Seguridad Pública Estatal pues pretendían incomunicar a las autoridades entre sí y con la sociedad; finalmente el pánico llegó a tope cuando los vimos liberar a más de 50 internos del Penal que se encuentra a escasos metros del aeropuerto de Culiacán.

 

El del cártel fue un operativo táctico con una coordinación tan compleja que deja muestra del poderío que la delincuencia organizada tiene en la entidad. 

 

Ya no hablamos solamente de que tienen mejores armas y mejores vehículos, con asombro constatamos que también tienen los mejores equipos de comunicación, mejor entrenamiento y que saben de tácticas de guerra. Con su superioridad numérica, capacidad de reacción y evidente preparación, supieron hacer los movimientos necesarios para hincar al Estado.

 

Pero lo verdaderamente increíble, lo que va más allá del entendimiento de todos los que vivimos esas terribles horas de angustia, fue el discurso del Gabinete de Seguridad, cuando entre líneas nos dicen a los sinaloenses, “todo fue en vano, no pudimos, lo dejamos ir y rendimos al Estado, dejamos a los sinaloenses a su suerte”. Ese fatal discurso del Secretario de Seguridad Pública de la cuarta transformación, que busca hacer creer que las autoridades federales “nos salvaron” de una errónea decisión que ellos mismos tomaron, nos dejó claro que la ficción superó a la realidad.

 

Ahora bien, queda claro que la disminución de los índices delictivos de la cual la autoridad local da cuenta como “logro”, en realidad se ha dado por la voluntad de los poderes fácticos que controlan Sinaloa. Para muestra un botón; no hace mucho, al registrarse un aumento en el robo de vehículos, apareció un grupo de limpia que ejecutaba presuntos “robacarros”, que dejaban cochecitos de juguete sobre los cadáveres de sus víctimas.

 

En menos de dos años habrá elecciones para renovar la gubernatura, Quirino Ordaz dejará el cargo desde el cual se empeña en decir que Sinaloa es un lugar más seguro. Con una millonaria campaña de publicidad oficial, se dedicó los últimos años a construir una narrativa triunfalista de avances en materia de seguridad y justicia. Con malabares estadísticos intentó, sin mucho éxito, hacer creer que los delitos tendían a la baja gracias a sus estrategias. 

 

Si bien se realizaron fuertes inversiones en seguridad; drones de la más alta tecnología que nunca terminaron de dar resultados por la nula capacidad de operación, cámaras de videovigilancia que una y otra vez están bajo el ataque del crimen organizado y más de 800 millones de pesos invertidos en la base militar de El Sauz, que albergaría a más de 3 mil 500 efectivos de la Policía Militar. 

 

Nadie puede decir que Sinaloa no ha invertido en seguridad, pero una cosa son las inversiones y otra los resultados. No necesitamos autoridades que pese a la evidencia se aferren a decir que estamos en paz. Necesitamos, primero, que se reconozca la gravedad del problema de inseguridad en Sinaloa, que se acepte el fracaso de las políticas de seguridad, y en segundo lugar compromisos claros, que cada autoridad asuma su responsabilidad. La sociedad sinaloense mostró todo su valor y solidaridad el pasado 17 de octubre, ahora le toca a las autoridades comenzar a recuperar el Estado que esa tarde capitularon.

 

Ricardo Jenny del Rincón

Politólogo. 

Actualmente coordina la parte ciudadana del Consejo Estatal de Seguridad Pública de Sinaloa.

Please reload

Artículo de la semana

El humano y la naturaleza: una verdad incómoda

1/1
Please reload

Artículos recientes
Please reload

Secciones
Archivo