Entendiendo la corrupción

01/05/2019

Cuando escucho que la ola de corrupción ha invadido todo el país, me imagino una masa espesa de consistencia líquida y color dudoso que se extiende a través de las calles y va impregnándose en las personas, adentrándose en comercios e incluso llegando hasta los hogares. Aunque no queramos este líquido que pareciera ajeno a nosotros nos ha involucrado hasta cierto punto. Quien haya vivido varios años en México y diga que no ha estado presente en un momento donde se lleva a cabo una acción corrupta, es porque miente o es un ente completamente aislado y ajeno a la sociedad.

Al hablar de este tema, generalmente las personas se muestran indignadas ante los hechos corruptos de nuestros gobernantes, cualquier legislador e incluso la policía pareciera ser cada vez más corrupta. Pero pocas veces he escuchado a alguien indignarse de sus propios amigos o familiares por haber dado una “mordida”. En general se critica mucho más a las personas que están en una posición de poder y durante el ejercicio de este realizan actividades corruptas.

 

Desde un punto de vista bioético, no es más corrupto el gobernador de un Estado por hacer una transacción delictiva de millones de pesos que el policía que acepta cien pesos por parte de un ciudadano para evitar una multa. Los tres individuos inciden en una acción ilegal y deberían ser juzgados de la misma forma. Moralmente nada diferencia al policía y al ciudadano y mucho menos al gobernador, pero hay algo en donde sí son diferentes y que tiene un impacto importante: en la posición de poder que tiene cada uno.

 

La situación de poder que tiene cada individuo y el rol que desempeña en la sociedad han sido ampliamente estudiados para entender la corrupción como fenómeno con el objetivo de lograr disminuirla. Mediante experimentos de simulación se demostró que aquellos que tienen una posición o rol social más alto o que ejercen una función de “castigadores” tienden a caer en acciones corruptas con mayor frecuencia que los “castigados” o de menor rango social (Úbeda, 2010).

 

Esto ha sido reproducido en varios experimentos y la ciencia grita a voces que la corrupción es inherente al ser humano. Pero antes de desgarrarnos las vestiduras por la desgracia del porvenir social, hay que entender que no somos la única especie corrupta. Grupos de entomólogos han demostrado que la asimetría social está muy marcada en varios grupos de insectos (solo pensemos en las abejas), y que el mismo proceso de ofrecer algo a cambio de un beneficio no igualitario es frecuente en dichas especies. Para los insectos, la corrupción o asimetría en el trato y beneficio recibido, tiene un rol en mantener la cooperación del individuo en la sociedad y fomentar o aumentar la producción (Moniin; Ratnieks 2001).

 

Ahora, saber que la corrupción sea inherente al ser humano y que incluso los insectos tengan acciones similares no significa que nos tengamos que cruzar de brazos y no hacer nada. En un aspecto individual, en un estudio experimental con adultos trabajadores en donde intercambiaban roles experimentando poder subjetivo, se demostró que aquellos individuos con una identidad moral fuerte tenían menos probabilidad de realizar acciones egoístas que aquellos con una identidad moral más débil. Así mismo, aquellos sujetos con la mayor identidad moral, tuvieron más conciencia de la experiencia psicológica de poder que experimentaron. Es decir, una identidad moral mayor está relacionado con mayor introspección, cualidad de suma importancia al evaluar una decisión y acción posiblemente corrupta. (DeCelles 2012).

 

Por otra parte, al analizar a la sociedad a grosso modo y en consideración a que no somos insectos que le llevemos comida al policía de tránsito para evitar la multa, se ha demostrado que de las pocas acciones que funcionan en sociedades humanas avanzadas son los castigos costosos. Es decir, una multa económica muy alta o la privación de la libertad por faltas sociales que parecieran mínimas, han servido para disminuir el continuo actuar delictivo. Entonces, una multa muy costosa disminuye el acto ilegal, pero para evitar el soborno por parte del delincuente con la autoridad, debe haber un castigo de igual o mayor magnitud para quien ejerce la posición de poder o de “castigador” (Úbeda, 2010).

 

Pero la solución no solo puede estar constituida en una sociedad basada en castigos desproporcionales, acabaríamos por regresar a la Francia de Robespierre, para cortar cabezas al por mayor; por otra parte, no podemos dejar a un lado la naturaleza individualista y ambiciosa del ser humano, remover esta característica anularía la esencia que nos conduce a hacer grandes cosas.

 

Entonces, ¿de qué nos sirve tanta información científica acerca de la corrupción? La respuesta pareciera muy simple, pero es fundamental. Para conocer nuestros instintos, conductas y tendencias. Quizá no podamos cambiar el hecho de que a nadie le gusta ser sancionado, o que buscamos una forma más sencilla de obtener un beneficio. Pero al entender nuestra forma de ser y pensar, podemos tomarlo en cuenta al evaluar y decidir nuestras acciones al enfrentarnos en una situación corruptible y por lo tanto colaborar en la continua lucha contra una sociedad corrupta.

 

*Artículo publicado originalmente en la revista Pensamiento Libre Año 5, Núm. 29, enero-febrero 2015, “Participación y corrupción: ¿qué tipo de ciudadano eres?”.

 

Fuentes consultadas

 

DeCelles K et al. 2012. Does power corrupt or enable? When and why does power facilitares self-interest behavior. Journal of Applied Psychology 2012, 97 (3): 681-9.

Monnin, T, and F.L.W. Ratnieks. 2001. Policing in queenless ponerine ants. Behav. Ecol. Sociobol. 50:97-108.

Ratnieks, F.L. et al. 2006 Conflict resolution in insect societies. Annu. Rev. Entomol. 51:581-608.

Úbeda F, and Dueñez-Guzmán E.A. 2010. Power and Corruption. Evolution, The Society for the Study of Evolution 65-4: 1127-1139.

 

Médico por la Universidad La Salle.

Cirujano General por el Centro Médico ABC.

edgaro@me.com

 

 

 

 

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