Hablemos del suicidio

Cuántas veces hemos escuchado, leído o dicho expresiones como: “el que se quiere matar no lo anda diciendo”, “quien lo dice no lo hace y quien lo hace no lo dice”, “hablar del suicidio le puede meter ideas a las personas”, “hablar sobre el suicidio con una persona que está en riesgo lo puede incitar a que lo realice”, “sólo las personas con trastornos mentales, o locos, son suicidas”, “el que se intenta suicidar lo hace por llamar la atención”, “las personas que se suicidan son egoístas, o valientes”, “el suicidio no se puede prevenir, cuando alguien se quiere matar, nada ni nadie lo detiene”. Ya sea por la falta de información, el tabú existente en torno al tema, la estigmatización y señalización de la conducta suicida, desafortunadamente existen muchos mitos e ideas erróneas acerca del suicidio.

 

 

Cada suicidio es un suceso que afecta a familias, comunidades y países enteros, pero, ¿qué sabemos acerca de este fenómeno?

 

El suicidio surge cuando la persona afectada siente que la vida es insoportable y que la muerte es la única vía de escape, ya sea del dolor físico o emocional, de la enfermedad terminal, de los problemas económicos, de las pérdidas afectivas o de otras circunstancias, como la soledad.

 

Es un importante problema de salud pública en todo el mundo. De acuerdo a la OMS, más de 800 mil personas se suicidan cada año a nivel mundial, lo que equivale a una cada cuarenta segundos. El suicidio se puede producir a cualquier edad: en 2016 fue la segunda causa de muerte en el grupo de 15 a 29 años. Aunque se estima que mueren más hombres por suicidio, las mujeres tienen más intentos. Asimismo, es un fenómeno global que afecta a todas las regiones del mundo, no sólo se produce en los países de altos ingresos, más del 79 por ciento de los suicidios en 2016 tuvieron lugar en países de ingresos bajos y medianos.

 

Según datos del INEGI, el número de defunciones por suicidio registradas en nuestro país en 2017 fue de 6 mil 559; 81.2 por ciento fueron masculinas, de las cuales, 28.9 por ciento correspondieron al grupo etario de 20 a 29 años, es decir, mil 895 fallecimientos.

 

Los porcentajes más altos de muertes por suicidio, con respecto al total de fallecimientos violentos por entidad federativa, se registraron en Yucatán Aguascalientes y Campeche; con 24, 21.9 y 16.5 por ciento, respectivamente; mientras que los más bajos correspondieron a Guerrero, Colima y Veracruz; con 2, 4.6, y 4.8, en ese mismo orden.

 

Ingerir plaguicidas, el ahorcamiento y las armas de fuego son algunos de los métodos más comunes de suicidio en todo el mundo. Es bien conocido que las mujeres realizan tres veces más tentativas de suicidio que los hombres, pero estos consiguen consumar el suicidio tres veces más que las mujeres; ellas recurren a métodos más pasivos y silenciosos, tales como la intoxicación con fármacos, mientras que los hombres son más impulsivos, tienen una menor tolerancia al sufrimiento crónico y les resulta más difícil buscar ayuda.  En México, el ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación fue la principal causa registrada en 2017, en un 80.3 por ciento, seguida del disparo por arma de fuego y el envenenamiento. En todos los casos, los hombres tuvieron la mayor prevalencia.

 

Se ha propuesto que factores psicosociales así como la presencia de eventos estresantes participan de manera significativa en el comportamiento suicida. Las personas en riesgo pueden presentar algunos factores predisponentes, como haber sufrido algún suceso traumático en la infancia, tener una historia previa de intentos suicidas, o suicidios en la familia, mostrar un nivel alto de impulsividad o inestabilidad emocional y carencia de recursos adecuados para afrontar situaciones. Esta predisposición puede interactuar con ciertos factores precipitantes, como la fase aguda de un trastorno mental, los pensamientos suicidas, el fácil acceso a métodos letales, el acoso o algún acontecimiento vital adverso reciente. La vulnerabilidad psicológica se acentúa si se suman ciertas circunstancias psicosociales, como estar separado, sin pareja o verse obligado a hacer frente a situaciones vitales estresantes, intensas o duraderas, como una enfermedad crónica, el abandono de sus seres queridos o la pérdida de estatus social. El aislamiento social es especialmente relevante en ancianos y adolescentes.

 

Si bien, cerca del 80 por ciento de las personas que consuman el suicidio están afectadas por un trastorno mental, no siempre es así. La depresión, acompañada de una profunda desesperanza, y el trastorno bipolar son los más prevalentes. Entre otros trastornos mentales que se han llegado a asociar están los trastornos por uso de sustancias, trastornos psicóticos y el trastorno límite de la personalidad.

 

Así como hay factores de riesgo asociados a la conducta suicida, también existen factores de protección: tener una adecuada red de apoyo social, contar con apoyo familiar, algunas características de la personalidad como una buena autoestima, flexibilidad cognitiva, estabilidad emocional y estrategias de afrontamiento apropiados, para la resolución de problemas o de las habilidades sociales. Asimismo, los valores de tipo religioso o espiritual pueden llegar a ser significativos para minimizar o neutralizar los pensamientos negativos.

 

Una realidad a la que nos enfrentamos, es que muchas de las personas que contemplan el suicidio, o lo han consumado, no saben, o no sabían con quién hablar o a dónde dirigirse para pedir apoyo; en otros casos, han dado muestras o indicios, de una u otra manera, de su posible suicidio. Es imperativo que ante cualquier anuncio de muerte autoinducida, se debe encender siempre una luz roja de alarma. Hay que quitarnos la falsa creencia de que, en lugar de fomentar el comportamiento suicida, hablar abiertamente puede dar a una persona otras alternativas o tiempo para reflexionar sobre su decisión, y de esta forma, prevenir el suicidio.

 

Maricarmen Jiménez Colín

Médico Especialista en Psiquiatría. Facultad de Medicina, UNAM.

Maestría en Ciencias (Neurobiología), INB, UNAM.

maricar.jim27@gmail.com

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