Mujeres en la ciencia: desde el “efecto Matilda” hasta el “suelo pegajoso”, pasando por el “techo de cristal”

Investigadores de la Universidad de Yale publicaron un estudio en 2012, en el que se pidió a 127 profesores de biología, química y física, evaluar las competencias y la posibilidad de contratar a un estudiante, a quien se le asignó al azar un nombre masculino o femenino, John o Jennifer; para un puesto de gerente de laboratorio. Los evaluadores calificaron al candidato masculino como significativamente más competente y accesible que su oponente, que era académicamente idéntica; además, le otorgaron un salario inicial más alto. Asimismo, el género de los profesores no afectó sus respuestas sobre cada uno de los postulados, hombres y mujeres mostraron el mismo sesgo contra Jennifer. Los investigadores sugirieron que la preferencia parece no haber sido intencional, posiblemente estaría originada por los estereotipos culturales.

Desafortunadamente estos hallazgos no resultan sorprendentes, es bien conocida la discriminación que ha sufrido la mujer en el ámbito de la ciencia. En 1982, Margaret W. Rossiter publicó el libro, “Women Scientists in America”, donde relata los esfuerzos y obstáculos de numerosas científicas para contribuir al crecimiento de la ciencia estadounidense, trabajo que reveló casos históricos y contemporáneos de mujeres científicas que habían sido ignoradas, o a quienes se les negó el crédito de sus correspondientes aportaciones.

 

Posteriormente, en 1993 publicó el artículo, “The Matthew Matilda Effect in Science”, donde define esta discriminación y olvido en honor a Matilda Joslyn Gage, una activista que luchó por los derechos de las mujeres y a Harriet Zuckerman, socióloga estadounidense cuyas contribuciones en su investigación sobre el fenómeno de la acumulación de ventajas, fueron fundamentales en la definición del “efecto Mateo”, que se refiere a la poca cobertura o reconocimiento que reciben los trabajos científicos de personas poco conocidas, en comparación con aquellos personajes de mayor prestigio, publicado en 1968 por el sociólogo Robert K. Merton en su artículo, “The Matthew Effect in Science; en el que el nombre de Harriet Zuckerman apareció únicamente en las notas a pie de página. En este trabajo, Rossiter acuña el término, “efecto Matilda”, con el que no sólo se evidencia la discriminación sufrida por las mujeres, también refleja la negación de sus aportaciones al atribuir su autoría a otras personas.

 

Algunas mujeres científicas víctimas del “efecto Matilda” fueron; Lise Meitner, física austriaca quien trabajó durante décadas con Otto Hahn y formó parte importante del equipo que descubrió la fisión nuclear, sin embargo, fue su colega quien se llevó el crédito y en 1944 únicamente él fue galardonado con el Premio Nobel de Química; otra de ellas fue Jocelyn Bell Burnell, astrofísica irlandesa que descubrió la radioseñal de un púlsar mientras realizaba su tesis doctoral en el equipo del astrofísico Tony Hewish, pero fue este quien recibió el premio Nobel de Física en 1974; La biofísica británica Rosalind Franklin fue una pionera en cristalografía de rayos x, su imagen de una molécula de ADN resultó crítica para descifrar su estructura, pero fueron James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins quienes recibieron en 1962 el Premio Nobel en Fisiología y Medicina.

 

A la par de la negación y discriminación a la que se han visto sometidas las mujeres que han incursionado en el terreno del conocimiento, existen otros obstáculos que impiden su crecimiento y reconocimiento. En los años 80 del siglo pasado se comenzó a utilizar el término “techos de cristal” para denominar las barreras “invisibles” –pues son sutiles y difíciles de constatar– que dificultan el acceso de las mujeres a los puestos de mayor poder, prestigio o salario. Dichas barreras existen al margen de su formación, y aumentan de manera directamente proporcional al poder que posea la organización o institución, razón por la que han existido desde siempre y aún en la actualidad en los ámbitos académicos y científicos.

 

Otra de esas barreras invisibles es el llamado “suelo pegajoso”, conformado por las responsabilidades de cuidado del hogar y la familia, en el que se involucran cargas afectivas, emocionales y de horarios que el sistema de género hace recaer exclusivamente sobre las mujeres, y que dificultan o impiden la plena incorporación al trabajo remunerado; el trabajo del hogar es un “suelo pegajoso” que frena a las mujeres en su desenvolvimiento y participación activa en otros contextos.

 

Si bien se ha visto un aumento gradual en el número de mujeres que se involucran y tienen una participación más activa en la docencia o la investigación, es una realidad la desigualdad de oportunidades, que el acceso y ascenso en varios ámbitos, no sólo los mencionados previamente, permanecen más lentos en comparación con los hombres.

 

Maricarmen Jiménez Colín

Médico Especialista en Psiquiatría. Facultad de Medicina por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y maestra en Ciencias (Neurobiología) por el INB de la UNAM.

maricar.jim27@gmail.com

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