Museos. El economocentrismo desafía a las musas

05/11/2018

Al analizar el sector terciario de la economía, que se refiere a servicios, observo condicionamientos y contradicciones inquietantes en determinadas actividades culturales que debilitarían su propósito social y sesgarían sus fronteras, hechos que tal vez merezcan la atención de las autoridades y de la población en general a fin de verificar el grado de eficacia de sus políticas, de sus partidas presupuestarias y de sus modos de gestión.

 

 

La magnitud del acervo cultural global merece una exposición que supera ampliamente el espacio concedido a este texto, circunstancia que me lleva entonces a tratar el tema de manera genérica, enfocado en la normativa internacional, la magnificencia de sus fondos y las reglas de juego que involucran a las instituciones del área.

 

Tras lo dicho, avanzo entonces para hacer una síntesis del protagonismo de los factores principales que actúan en esta historia: los museos y su normativa, la economía y las políticas culturales, un marco conductor a las reflexiones consecuentes.

 

Desde la antigüedad hasta nuestros días los museos han pasado por distintas etapas de desarrollo, desde que los bienes culturales se recolectaban y conservaban para el lucimiento del poder en turno, o con fines científicos, hasta acercarlos a la ciudadanía con fines educativos; un proceso evolutivo que lleva más de 2 mil 500 años vigente, marcado generalmente en favor de una sociedad recurrentemente demandante.

 

Cada período histórico ha intervenido en este campo, atesorando en cada uno de sus momentos avances lentos pero notorios hasta la actualidad; a mediados del siglo XX se creó el Consejo Internacional de Museos (ICOM), en la ciudad de París. Desde entonces un significativo caudal de agua ha corrido bajo el puente hasta nuestros días, donde dicha plataforma institucional sirve de núcleo convergente a las organizaciones museísticas que desean vincularse con sus pares, compartir normas y objetivos comunes en aras de un desarrollo sustentable.

 

Después de superar las adversidades normales y propias de cualquier institución, en 2004 el ICOM, consecuentemente con su misión y objetivos, acercó a sus integrantes en Seúl, Corea, la redacción definitiva de las normas para la actividad profesional de los museos y el manejo de sus recursos, el “Código de Deontología del ICOM para Museos”, documento fundamental que no sólo regula la actividad y el propósito profesional, a través de sus ocho apartados, sino que sostiene el concepto de servicio que merecen los diferentes actores sociales involucrados. Cabe citar al menos el principio del apartado: “Recursos Financieros / Financiación. Al órgano rector le incumbe suministrar los fondos suficientes para realizar y fomentar las actividades del museo. Todos los fondos serán objeto de una gestión profesional”.

 

La comunidad museística internacional nucleada en el Consejo comparte y acepta como referente para su gestión dicho Código y la siguiente definición sobre su actividad: “Un museo es una institución sin fines lucrativos, permanente, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y expone el patrimonio material e inmaterial de la humanidad y su medio ambiente con fines de educación, estudio y recreo”. Texto aprobado luego de sucesivas asambleas generales del ICOM, en Viena, Austria; el 24 de agosto de 2007.

 

Desde el inicio de esta actividad han cambiado la función de los museos y sus normas internacionales de gestión, las preferencias culturales de la gente, el rol e importancia de la economía en todo ámbito y las reglas que marcan sus fronteras.

 

Actualmente los museos entregan experiencias especiales a sus concurrentes, son escenarios representativos del pasado, presente y futuro, marcan errores y aciertos de la humanidad, cumplen una función didáctica, alientan el turismo cultural y contribuyen significativamente al PBI del que forman parte.

 

Son espacios diferentes que muchas personas eligen para su recreación y bienestar, dentro y fuera de su país de residencia, un hecho singular y valorable para el sector de la cultura que aún podría mejorarse,…si no fuese, claro está, por el cepo que la economía de moda suele imponer a los sectores productivos acompañada por el famoso, “recorté los gastos al sesgo”, desde la actualidad política.

 

Dos adjetivos radicales de uso común utiliza el mundo: desarrollado y subdesarrollado, para calificar el grado evolutivo del ente en cuestión: país, sector, empresa, institución y similares.

 

Desde el teocentrismo y el antropocentrismo hasta el actual economocentrismo, gran parte de la humanidad vive engrillándose, sirve ciegamente a tendencias exageradas con tal de sostener su sentido de pertenencia, de sentir la satisfacción de formar parte integrante de un grupo con una línea de pensamiento común, comportamiento que le permite subsistir…pero rara vez desarrollarse cabalmente.

 

En la economía, hoy el paradigma vigente es el economocentrismo, la mercantilización global como sumo confín del capitalismo, una tendencia que se fortalece mientras las paramétricas señorean los sectores y sus cualidades se deprecian.

 

En cuanto a los sistemas de gobierno: corporativo –estatal, privado o mixto-, político o institucional; a la vista está que muchos de sus regímenes carecen de contenido cierto y su gestión es conducida de forma más ideológica que disciplinaria. En síntesis un abanico de colores para toda ocasión y gusto.

 

Los factores considerados precedentemente carecen de un punto convergente para concretar una acción virtuosa de gestión en los museos, sus finalidades individuales o de grupo son diferentes o antagónicas; responden a sus propios réditos más que a los objetivos comunes del sector,  retrasan así su propósito social. Cada quien en esta historia suma o resta desarrollo al patrimonio cultural conforme su participación y compromiso social, ninguno está exento, sea por acción u omisión.

 

El mundo actual muestra que la mayoría de los países tienen una exorbitante deuda pública y congruentemente, sus gobernantes aplican el método de la manta corta: asignan mayores partidas presupuestarias y afectan a otras de menor importancia para ellos; pensiones, cultura, salud, educación, etc. Además en los programas de gobierno, generalmente las políticas del sector cultural normalmente están ausentes.

 

“Los museos son responsables del patrimonio natural y cultural, material e inmaterial. La primera obligación de los órganos rectores y de todos los interesados por la orientación estratégica y la supervisión de los museos es proteger y promover ese patrimonio, así como los recursos humanos, físicos y financieros disponibles a tal efecto”, así lo expresa el compromiso asumido por las instituciones afiliadas al ICOM.

 

Ahora me pregunto, cómo hacen los museos para cumplir tal compromiso cuando las políticas económicas de sus países sesgan los presupuestos de su sector, y más aún, cuando tales organismos están administrados por la misma administración estatal.

 

El hecho de que los museos se hayan adherido a un Código deontológico internacional común ha sido una decisión de buenas intenciones, ¿pero ayuda tal normativa a su desarrollo institucional cuando las reglas de juego domésticas no son coincidentes con esos deberes aceptados? La esencia de tales instituciones deviene de raíces diferentes, su carácter puede o no coincidir con la médula cultural de sus colegas; ergo, la singularidad del Código bien podría encausar el comportamiento de todos…pero también confusión y desorden, como en la torre de Babel. Tan peligroso es solemnizar una normativa como restarle importancia a su reforma.

 

Paso a mis conclusiones. La gente siente interés en participar del campo cultural y su acervo, más aún cuando ello resulta una opción válida para su bienestar, formación y recreación.

 

La sociedad en su conjunto debería solicitarle a sus gobernantes la necesidad de que sus políticas culturales existan realmente y propendan a conservar, proteger y asignar mayores partidas presupuestarias al sector, dado que éste pesa significativamente a favor en el PBI del país, fortalece la cultura, el intercambio, el turismo, la formación,…y produce el principio de emergencia en la población, aquél que asegura que “el todo es mayor a la suma de sus partes”, ese canal virtual donde la creatividad de unos más la creatividad de otros genera una última inventiva que mejora a las que le dieron origen.

 

Una mejor partida en los programas culturales es una gran inversión, no es un gasto; el fortalecimiento de esta rama de servicios procura bienestar colectivo y pujanza cultural, que hoy, más que nunca, le falta al mundo. Procura un desarrollo sustentable.

 

Oscar Calvete Sousa

Asesor consultor en planificación y organización empresarial.

Egresado de Dirección de empresas por la Universidad Católica Argentina.

Docente: ex profesor titular del Instituto de Investigación y Perfeccionamiento (Bs. As.).

https://oscar.uy, contacto@oscar.uy

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