Una mirada a los derechos humanos en el desierto de la Primavera Árabe

 

El conflicto árabe es un tema tan antiguo y complejo como el origen mismo de la humanidad. Representa todo un reto poder explicar los temas prioritarios para esas sociedades; sus intereses en conflicto, y sobre todo, qué demandan sus movimientos sociales.

 

Esta historia de conflicto y desencuentro se narra ya en muchos pasajes de la Biblia que perduran hasta nuestros días, sin que al parecer sus propios gobiernos, las grandes potencias del mundo, Rusia y Estados Unidos, y los organismos internacionales; encuentren un punto de acuerdo para pacificar esta región tan deseada por sus recursos naturales, así como por su ubicación estratégica en la geografía del concierto internacional.

 

 

Hoy en día la prensa y la televisión han mapeado un mundo árabe con fronteras limitadas por la violencia, la falta de libertades, el terrorismo, opresión a la mujer y sobre todo un fundamentalismo religioso radicalizado. Sin embargo, esta publicidad ha impedido conocer el verdadero rostro de una comunidad, que como la mayoría de los países democráticos, desean transformaciones en la cultura de la legalidad y en el respeto por los Derechos Humanos.

 

Durante muchas décadas las naciones árabes permanecieron pasivas ante los sistemas dictatoriales que obstaculizaron el desarrollo democrático, la justicia social y sobre todo el respeto de los derechos sociales, sin embargo, el deseo libertario de la juventud árabe por acceder a mejores oportunidades y niveles de bienestar, dio pie a movimientos sociales que aún hoy en día siguen en lucha.

 

El próximo diciembre se cumplirán 18 años de la Primavera Árabe, parteaguas en la vida política de las naciones de Oriente Medio y el Norte de África, donde estallidos sin precedentes, encabezados principalmente por jóvenes, exigieron reformas a los sistemas dictatoriales; primero en Túnez y en cuestión de semanas en Egipto, Yemen, Bahréin, Libia y Siria. Fueron derrocados líderes autoritarios que ostentaban el poder desde hace mucho tiempo; como Hosni Mubarak, en Egipto y Zin el Abidín Ben Alí, en Túnez; y hasta la fecha, la guerra civil que sostiene Bashar Háfez al-Ásad en Siria. Han transcurrido 18 años de la primavera árabe y los nuevos gobiernos han decepcionado principalmente a los jóvenes, en virtud de que no se identifican con los proyectos nacionales que han instaurado. Hoy en día, la realidad es que hay más guerra y violencia, y que se reprime a quienes se atreven a alzar la voz por una sociedad más justa y abierta.

 

En Egipto, Bahréin, Irak, Libia y principalmente en Siria, los gobiernos en activo siguen reprimiendo la libertad de expresión y el derecho de reunión pacífica. Detienen y encarcelan a periodistas, a personas críticas y a simpatizantes de la oposición política, hostigan a grupos de Derechos Humanos y a quienes se muestran críticos en Internet, muchas veces en nombre de la lucha contra el terrorismo. Además, pocas personas han comparecido ante la justicia por la violencia, los asesinatos y las torturas que tuvieron lugar durante y después de las protestas de 2011.

 

Desde la visión de la Organización de las Naciones Unidas, Siria mantiene el conflicto armado más grave de la región, del que más de 6.3 millones de personas se han visto obligadas a huir, eso representa casi un tercio de la población refugiada en el planeta. Existe una condena mundial contra su régimen por el uso de armas químicas y por el uso indiscriminado de armas contra civiles, así como por violaciones y abusos contra los Derechos Humanos, particularmente de las mujeres, los niños y las personas con discapacidad y periodistas.

 

En esta zona donde la masacre y el genocidio es una constante, el terrorismo que se ha infiltrado en el conflicto árabe tiene efectos nocivos en el disfrute de los derechos y las libertades fundamentales, como el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad; transgrede también los derechos económicos, sociales y culturales, como el derecho al trabajo, a la educación, a la salud y al desarrollo. Las consecuencias evidentes son la falta de integridad territorial y de seguridad, el debilitamiento del Estado de Derecho y de la democracia, lo que supone una grave amenaza para la paz y la seguridad nacional e internacional.

 

El mundo ha escuchado las atrocidades que suceden en la República Árabe de Siria, sin embargo, nadie como su propia población puede manifestar y reflejar la desesperación de ver como su nación agoniza ante la indiferencia de la comunidad internacional, ante el debilitamiento de los organismos internacionales y ante la arrogancia y falta de voluntad de un régimen, que apoyado en grupos extremistas, se niega a deponer el poder. De seguir así, este conflicto puede provocar una tormenta de alta escala en el desierto árabe y de gran impacto para el orden y la paz mundial.

 

Han transcurrido primaveras y todas las estaciones en el mundo árabe; las aspiraciones de muchos que salieron a las calles, que fueron encarcelados, desaparecidos, torturados o muertos, siguen pendientes de cumplir. ¿Cuántos milenios transcurrirán para que presidentes, políticos, líderes religiosos, milicias y organizaciones criminales, entiendan que los Derechos Humanos son un requisito esencial para que florezcan los principios de libertad, justicia, igualdad y no discriminación?

 

Como estudiosos en Derechos Humanos, no es nuestro afán prejuzgar o señalar a la comunidad árabe; es tan sólo, hacer un alto en el camino para reconocer el gran valor de hombres y mujeres que han tomado la alternativa de exigir, para ellos y para los suyos, el respeto de sus deerechos, aunque en esa inquietud legitima muchos hayan encontrado la virulenta represión e incluso la muerte.

 

En este momento histórico, como comunidad internacional debemos exigir que la dignidad, la libertad y la igualdad de niñas, niños, mujeres, jóvenes, personas mayores, personas con discapacidad, periodistas y defensores de derechos humanos inmersos en conflictos bélicos, sean reconocidos positivamente por los ordenamientos jurídicos a nivel internacional, pero sobre todo, que puedan hacerse efectivos.

 

La comunidad internacional, a través de sus organismos globales, más que declaratorias y resoluciones que en su gran mayoría han sido fallidas, deberían tener una actuación directa y decisoria en muchos de estos conflictos y ante crímenes de guerra y lesa-humanidad, para que los responsables rindan cuentas de sus actos, esto mediante mecanismos nacionales o internacionales de justicia penal, imparciales e independientes.

 

En nuestra misión diaria de promover y difundir la cultura de la legalidad y el respeto por los Derechos Humanos, premisas a las que debemos aspirar como sociedades democráticas, es fundamental que toda sociedad conozca y reconozca sus garantías, pues sólo en esa medida podrá hacerlas exigibles; incluyendo evidentemente, a la comunidad árabe.

 

María José Bernal Ballesteros

Doctora en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela, España, Maestra en Justicia Constitucional y Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México; miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt (nivel I) y profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma del Estado de México.

Titular de la Defensoría Municipal de Derechos Humanos de Toluca.

majo.ballesteros07gmail.com

 

Jesús González Colín

Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma del Estado de México.

Asesor de la Defensoría Municipal de Derechos Humanos de Toluca.

jesusgc@live.com.mx

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