Marina

10/07/2018

Marina no fue un nombre de mi vida. Las que nacimos en la generación del 83 tenemos nombres estrellas. Fuimos Lauras, Silvias, Lidias, Meris, Martas y mi amiga Ofelia. Ofelia es mucho más contemporánea que Marina pero cuando pienso en qué estarían pensando mis padres para ponerme Anna, entonces veo la cara de mi amiga Ofelia, diciéndome que se llama Ofelia y desmontándome por un segundo toda mi teoría de que no se puede ser alguien vacío con nombres con carácter. Y lo sigo creyendo. La mentira de Ofelia duró lo que tardamos en sentarnos en una mesa de un bar en el entre tiempo de mis estudios de maestría. Hasta llegar allí, pero, había incorporado un nuevo nombre a mi lista de clásicos: Marina.

 

De repente Marina se convirtió en mi nombre preferido sin discusión alguna y siento que años después me enamoraría de la película “Azul oscuro casi negro” porque ese es el azul marino de toda la vida y aunque no tenga nada que ver a mí me recordaba a Marina. La Marina que fue niña imaginada en el libro de Carlos Ruiz Zafón, que ahí si tenía que ver. Marina nunca fue nadie. De hecho, jamás conocí a nadie que se llamara así hasta que mi hermana, la de la cama de 1.5, se casó con Paco e introdujo a una Marina en la familia. Pero esa es una historia de la que no escribiré jamás porque la Marina de la familia es solamente alguien que sigo en Instagram. También lo hacía en facebook hasta que la silencié porque mis 30 coincidieron con su adolescencia y por el amor hermoso que no podía más. O quería más de lo que podía y esa realidad siempre golpea.

 

A lo que iba, Marina nunca fue nada más que una parada de metro de la línea roja de Barcelona. Pero Marina era mi línea de metro de la línea roja de Barcelona. Era el barrio y Carmen, la farmacéutica de la calle de abajo, justo a mitad de camino de la facultad. Y en Barcelona las proporciones cambian significativamente y una calle abajo ya es un trazo. Pero Carmen nos conocía a tod@s por nuestros nombres. Nos tenía preparadas las anticonceptivas del mes y los ibuprofenos los viernes a la mañana de primer año.

 

Aún no os lo expliqué, pero a mí las matemáticas se me daban mucho peor que fatal. Cuando algo no me gusta nada siempre lo comparo con mi horror a ir en avión. Durante un tiempo largo subirme a un avión fue una pesadilla y en ese momento largo pensé que había sido la peor de mis pesadillas. Hasta que un día con Silvia que ya quedamos que es como hablar de Lidia recordamos qué horror era estudiar matemáticas. Entonces los aviones comenzaron a darme menos miedo y cuando me agarra el cagazo, clorazepan en mano, pienso “imagínate que todos mueren y dependen de que tú, Anna, hagas una regla de tres”. Entonces el avión se convierte en un home cinema y un club de lectura improvisado. O lo que viene a ser el paraíso. Así que puedo decir que las matemáticas me salvaron de montar numeritos de pánico. Eso y el ansiolítico.

 

Volviendo, yo no sé ni sumar. Soy criteriosa con los números, pero tener criterio no significa que sepas sumar. En la primaria siempre me quedaba la última en la fila de los peores en cálculo mental porque jamás dejé de contar con los dedos. Y jamás es jamás. Y la realidad es que en secundaria sumar ya vendría a ser más bien insuficiente. Dios, la Virgen y todos l@s sant@s profanos saben cuánto estudiaba yo matemáticas. Mi hermana era un as de las matemáticas y pensamiento lógico y yo terminé declinando en latín. Hermoso, sí, mucho, pero declinando en latín. Sí conocimiento, pero declinando en latín. Sí dale, leyendo filosofía, pero declinando en latín. Podría pasarme el día así. Por si no quedó claro dejé las matemáticas por el latín. Prometo, prometo que yo no quería. Las matemáticas son mi amor no correspondido de la adolescencia.

 

Ahora con 34, que recuerdo que siguen siendo 33, ya lo superé, pero fue ese “yo te quería querer, pero tú a mí no”. Y sufrí, como cada corazoncito roto de mi agenda de bachillerato cuando mis amigas se separaban y daban por comenzada la etapa drama. Pero no hay mal que cien años dure y un día se te cae el velo de los ojos y dejas ir. En Argentina hablan de “soltar” y a mí es una palabra que me encanta. Soltar, como quien se suelta el cabello y vuela en el viento a puro anuncio de Pantene. Soltar como el globo en fin de año creyendo que por fin tus sueños se harán realidad.

 

Soltar es lo que hice en mi último examen de secundaria de matemáticas o bien ahí rompimos nuestra relación. Y no fue de mutuo acuerdo. Yo había estudiado mucho para ese final. 5 puntos. Le repetía a mi amiga Silvia, “solo necesitamos 5 puntos”. La noche de antes me quedé a dormir en su casa. Mis padres tenían clarísimo que estábamos un paso más cerca del fracaso. Quedarme a dormir en casa de Silvia era abrir la ventana y fumar toda la noche. El pescado estaba vendido, pero por alguna razón pensamos que capaz estaba llegando el día en que “yo quería quererte querer y vos a mí también” por contradecir a Sabina. Pero en ese “amor queriendo” se interponía el Nolla. Y yo siempre fui malísima para las relaciones de tres. El Nolla fue mi profesor de matemáticas durante mi secundario antes de irme a vivir con amor el latín. Nos queríamos mucho, pero era un muro de concreto en mi amor por querer a las matemáticas. Reaprobamos las dos ese último final, pero celebramos ese 4 que se convirtió en un 5 y no tener que estudiar en verano como un hito histórico. Pero como en todo hito no merecido había una condición: “por favor no vuelvan a intentarlo con las matemáticas” me dijo. Y yo me fui, me alejé y abracé literatura catalana donde cinco faltas de ortografía eran un cero. Pero yo sabía escribir catalán y si no tenía siempre un plan B.

 

Las matemáticas fueron mi corazón partido de mi agenda de bachillerato hasta la universidad donde nos volvimos a dar una oportunidad y donde Carmen, la farmacéutica del barrio de la parada Marina de la línea roja jugó un papel fundamental. No por las anticonceptivas sino por los ibuprofenos. Decidí estudiar políticas porque cuando nombraba la carrera era la que menos pánico representaba en la cara de mi familia donde todos tenían una muy buena y larga relación con las ciencias. Aun así cuando cumplí los 26 mis padres me regalaron un seguro de jubilación privado porque muy claro no lo debían ver, pero bueno eso es otra historia.

 

Volviendo que Carmen seguro quiere cerrar. El contenido de políticas me fascinaba, era un ser muy feliz hasta que llegaba a leer “primer trimestre; matemáticas”. Es como el reencuentro con un ex que ya olvidaste y del que te convenciste que jamás ibas a volver a ver y con quien de repente debes compartir clase y además horas. No es que podíamos hacer ver que no existíamos, sino que debíamos entendernos. Para ser más concretos los viernes a la las 8. Y los jueves son los días universitarios y yo prometí que no iba a perderme nunca jamás uno durante primer año. Me perdí dos, por anginas, pero no por las matemáticas. Alargaba la noche, nos sentábamos en la parada del metro, esperábamos a que abriera, llegábamos a Marina, desayunábamos, visitábamos a Carmen con una botella de agua, nos tomábamos un ibuprofeno, íbamos a matemáticas a las 8 y después a dormir. No me perdí un jueves, pero tampoco me perdí matemáticas. Pero que yo fuera y ella estuviera no mejoró nuestra relación. Aprobé. A la primera. Pero fue un hito como el de secundaria, no merecido. Me copié el exámen de Ramón y Gerard que se convertirían en los dueños de mis apuntes durante los próximos años. Siempre les debí matemáticas a pesar de que les proporcioné sociología, política comparada o derecho administrativo. Siempre les debí matemáticas. Sobre todo, porque ellos aprobaron. Así que mi criterio nulo para sumar era excelente para resumir, leer en diagonal y seleccionar información y quiero creer que tener una amiga con ese don en época de exámenes es un win-win.

 

Hasta que llegaron los videitos de Youtube y Wikipedia. Pero de Wikipedia ya hablaré largo y tendido. Yo me doctoré en Youtube. De hecho, Youtube es la razón que viene deteriorando mi relación con mi compañía de teléfono. Yo, que prácticamente no llamo, no mando un mensaje, tengo pocos amig@s con quien hablar, estaba usando más de 5G en datos. Bueno en Youtube. Youtube o “llutú” como le dicen mis padres. Youtube no fue un compañer@ tan presente en la universidad donde mi criterio un tanto acertado fue un “guiño-guiño” en época de exámenes. Pero Youtube fue mi “máster que por ahora no puedo pagar” de cuando comenzaba mi trayectoria profesional. Y fue un golazo. Aprendí a estructurar un informe, a construir indicadores en un despacho cedido de la ONU y a recordar hacer una regla de tres. Por eso pienso siempre en qué tan importante es saber resolver. El “mirá Youtube y si después de algunos tutoriales seguís igual, charlamos” es uno de mis lemas de vida. No se trata de saber hacer todo, se trata de saber resolver. Y cada quien resuelve como buenamente puede, sabe o quiere. Sin discusión y con “por si acaso”, mi etiqueta mental de “Anna debes resolver”.

 

Y eso hice cuando por febrero de 2014 me llamaron para entrevistarme “es@s chic@s de Wikipedia”. Yo por si acaso miré Youtube y me encontré con Mariana, una jovencita que amablemente te explicaba y sigue haciéndolo qué es Wikipedia y cómo funciona. Mariana que no era Marina, pero casi, iba a ser mi salvación. Una mujer salvando a otra mujer. Hermoso. Me citaron a las 8 am, me calcé unas zapatillas Converse negras y me compré un zumito Cepita. Sí en España tomamos zumos, como cuando viajas en Iberia y te dicen “¿zumo o agua?”. Volviendo. Allá sentada delante de un@s posibles jefes jovencísim@s respondí lo mejor que supe para ser las 8 am y ell@s escucharon lo mejor que pudieron para ser esa misma hora. Y así, yo, la de las Converse negras quedé en un puesto de trabajo tan apasionante como aterrador al que falté el primer día porque Aerolíneas me dejó en Salta en el feriado del 1 de mayo. Ese fue mi primer “no volverá a pasar”. Y lo venía cumpliendo a rajatabla hasta que Sebita me dejó en Amsterdam tres días, varada y sin valija. Bueno fue el clima, pero a mí gusta pensar que la gestión Sebita me dejó allá a la intemperie. A -16 grados y sin hotel, en un caos de aeropuertos cerrados donde las cuatro argentinas que no nos subimos al avión éramos el problema más insignificante. No lo duden. Bueno tres argentinas y una española. Una con una guitarra. 19 años. Y nosotras mucho más grandes. Nunca supimos con claridad dónde exactamente durmió la pequeña que con su facilidad de resolver se instaló en la casa del mesero de nuestro hotel. Pero allá, en medio del caos, mientras Valeria aceleraba el cambio de fecha del bautismo de su sobrino, allá, allá mismo, se dio vuelta y me dijo: Marina, me llamo Marina.

 

Y yo, pensé, “Barcelona, línea A, siempre fuiste mi nombre preferido”.

 

Anna Torres Adell

Licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Pompeu Fabra. Tiene una maestría en Cooperación Internacional por la Universidad de Valencia y un posgrado en Gestión de Políticas Públicas en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Directora Ejecutiva de Wikimedia Argentina.

de@wikimedia.org.ar

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