Estado, parentalidad y políticas públicas

09/01/2018

Cuando recibí las propuestas de portada para este número de Pensamiento Libre quedé impactada. Las tres eran fotografías de familias tradicionales: madre, padre e hijos. Y quedé impactada porque me di cuenta, qué tan arraigadas están ciertas ideas en nuestra sociedad, qué tan poderosos son los estereotipos que nos impiden innovar socialmente, y trascender creencias que marginan y discriminan a importantes minorías. 

 

 

 

El reto era, entonces, encontrar una imagen que rompiera con estos estereotipos y que lograra transmitir la idea central de esta edición: la parentalidad es una cuestión de Estado.

 

En este momento estoy segura que se preguntarán, ¿qué tiene que ver el ejercicio de la maternidad y la paternidad con el Estado? Y es justamente esa duda la que pretendo sembrar en ustedes. 

 

¿No es cierto que la principal forma de asociación del hombre es la familia?, ¿no es cierto que la principal motivación para el desempeño laboral de las personas es proveer para sus parejas y descendientes? Estoy cierta que en numerosas ocasiones han escuchado la frase, “la familia es el pilar de la sociedad”. Entonces, si la familia es el pilar de la sociedad, ¿por qué no vemos a la familia en el centro de las políticas públicas?, ¿por qué no percibimos políticas sociales que fomenten la convivencia familiar?, más aún, la convivencia intergeneracional. ¿Por qué entonces quienes persiguen una carrera en la administración pública dedican más de 12 horas al día a sus empleos?, ¿por qué quienes se desempeñan en el sector privado, también laboran jornadas extendidas y más si son emprendedores o dueños de negocios?

 

El modelo social que hemos construido pareciera no ser compatible con la vida familiar. Pareciera no ser compatible con la vida en absoluto. Pues las prolongadas horas de trabajo dejan fuera cualquier oportunidad para que las personas tengan esparcimiento, practiquen deporte, dediquen tiempo a la cultura y vivan una vida en familia. 

 

Aquí encuentro la paradoja más grande. En México no sólo creamos el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), sino que replicamos el modelo en estados y municipios. Entonces, contamos aproximadamente con 2 mil 494 “DIFs”, que supuestamente tienen como objetivo el desarrollo integral de las familias. Al mismo tiempo, tanto la administración federal como las estatales y municipales, exigen de los servidores públicos jornadas laborales exorbitantes, no sólo de lunes a viernes sino también los fines de semanas. Estas jornadas de trabajo alejan a los padres y madres de sus hijos y, básicamente, a todos de todos, y promueven factores de riesgo para que infantes y adolescentes caigan en conductas delictivas. 

 

La belleza del modelo paradójico descrito es la siguiente: que esas mismas administraciones destinan miles de millones de pesos en programas de prevención social de la violencia y la delincuencia, sin darse cuenta de que la mejor prevención sería la reducción de las jornadas laborales, para promover un modelo de desarrollo personal sano, donde se brinde a la persona tiempo, pues sólo así, pueden convivir con sus familias, esparcirse sanamente, practicar algún deporte o sumergirse en la lectura. 

 

Regalar juguetes el 6 de enero, despensas a lo largo del año, o cobijas durante el invierno, son los “programas” más difundidos de nuestros “DIF´s”. Mientras tanto en Europa… como si contáramos una historieta, en 2006, el Comité de Ministros del Consejo Europeo emitió la Recomendación Rec (2006)19 a los Estados Miembros, sobre políticas de apoyo a la parentalidad positiva, que a la letra dice: 

 

“La política familiar figura en la agenda del Consejo de Europa desde que tuvo lugar la primera Conferencia de Ministros responsables de asuntos de familia celebrada en Viena en 1959. Respetando al máximo la autonomía del ámbito privado, la familia se describe como unidad fundamental de la sociedad con derecho a la protección social, jurídica y económica adecuada para garantizar su pleno desarrollo […] Todos los agentes de la sociedad han de jugar un papel, las autoridades públicas junto con la sociedad civil y las ONGs, pueden, mediante la adopción de planteamientos intersectoriales y coordinados tomar medidas para ayudar a padres e hijos y mejorar la calidad de la vida familiar”. (Comité de Ministros del Consejo Europeo 2006) 

 

Al leer la recomendación, uno concluye que mejorar la calidad de la vida familiar se convierte, o debió convertirse, en el centro de las políticas públicas de los estados miembro europeos. Comprendieron que el mejoramiento de la calidad de vida familiar estaba directamente relacionado con el mejoramiento general de sus países. Pero, ¿realmente pasó esto?

 

La Organización de las Naciones Unidas estableció el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad, con el objetivo de reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos. Más aún, señalar la importancia de su inclusión en las políticas gubernamentales. Así, de manera anual se publica el World Happiness Report, un ranking de los países en función de su grado de felicidad. La puntuación se mide en una escala de 0 a 10 puntos y se analizan los siguientes aspectos: PIB per cápita, apoyo social, esperanza de vida saludable al momento del nacimiento, libertad para tomar decisiones, generosidad, percepción de la corrupción, así como afecto positivo y negativo. 

 

De acuerdo al World Happiness Report 2017, de los 10 países más felices del mundo, 7 son europeos: Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza, Finlandia, Holanda y Suecia. México se sitúa en el lugar 25 de 155, y a nivel América Latina está precedido por Costa Rica en el lugar 12, Chile en el 20, Brasil en el 22 y Argentina en el 24. 

 

¿Qué tienen en común estos países europeos catalogados como los más felices del mundo?, por ejemplo, al menos 24 días de vacaciones pagadas al año, por lo menos 26 semanas de licencia de maternidad, educación universitaria gratuita y cobertura universal y gratuita de salud. 

 

Estos aspectos sin duda promueven la vida en familia y un modelo de desarrollo humano. México enfrenta retos muy grandes para avanzar en el listado de países felices. Sirva este artículo para la reflexión de quienes tienen acceso al ejercicio del poder. Utilicen ese ejercicio del poder para transformar a nuestro país en una nación abierta a los cambios y retos sociales que los nuevos modelos de parentalidad nos presentan. 

 

Finalizo este artículo con las palabras que Ernst Cassirer utilizó a manera de conclusión en su obra, El mito del Estado: 

 

“Parece… que tenemos que considerar las grandes obras maestras de la cultura humana de un modo mucho más humilde. No son eternas ni inexpugnables. Debemos estar siempre preparados para las sacudidas violentas que puedan conmover nuestro mundo cultural y nuestro orden social hasta sus cimientos mismos” (Cassirer 1996).

 

Guadalupe Yamin Rocha

Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Iberoamericana. Maestra y Doctora en Cooperación al Desarrollo por la Universidad Jaime I de Castellón. 

Directora de la revista Pensamiento Libre, presidenta de la Fundación Pensamiento Libre A.C., Consejera Ciudadana de Seguridad Pública del Estado de México y empresaria. 

yamin@revistapensamientolibre.com, @lupitayamin, www.guadalupeyamin.com.

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