El reto de transformar al mundo.

En un consenso generalizado, muchas veces no escrito o analizado a fondo, la percepción de una vida cultural en las ciudades es entendida como positiva. Ya sea por el hecho de otorgar un estatus intelectual, por propiciar intercambios económicos directos o indirectos, o simplemente por esa frase tan propia de los discursos políticos del siglo XX, sobre el hecho de que, la cultura es para todos. Pero más allá de eso, en estudios recientes y casos de análisis, se ha comprobado que la generación de vínculos con las manifestaciones culturales, de diversas índoles y con acceso más equitativo, generan un desarrollo en la sociedad que va desde la reconstrucción de su tejido, hasta la contribución en la salud mental colectiva. En pocas palabras, la cultura, más allá del mito de la intelectualidad, sí transforma al mundo.

 

 

 

Ahora bien, ¿en qué recae esa función de cambio?, ¿en la obligación del gobierno por crear infraestructura y servicios culturales?, ¿es el ciudadano quien debe desplazar sus hábitos de entretenimiento al consumo cultural?, o ¿la iniciativa privada que, a través del discurso de empresa socialmente responsable, participa, impulsa o promueve acciones de corte artístico? Función entendida como obligación, que genera responsabilidad en la toma de decisiones sobre contenidos, desarrollo y ejecución de políticas públicas y programas definidos, y que, al involucrar a tantos actores, evidentemente no puede recaer en una sola parte de la sociedad. Por lo que, efectivamente, la respuesta más prudente sería “todos”: gobierno, ciudadano e iniciativa privada, son agentes transformadores del mundo. 

 

Si bien pudiéramos analizar el papel de cada uno, en esta ocasión invito a la reflexión sobre la iniciativa privada y su involucramiento en la vida cultural del país. Un tema en demasía delicado ya que ha generado, sobre todo en sexenios anteriores, un sinfín de discusiones respecto a su nivel de injerencia, no tanto en los presupuestos, como en los contenidos y métodos de acceso con la comunidad, tocando temas tan finos como cobrar por el servicio cultural ofertado, y discernir sobre los contenidos que se presentarán en teatros y salas de exposición, auspiciados por sus fundaciones o patronatos; y que en México ha aumentado en las últimas décadas, algo que considero benéfico; como ejemplos, el Museo Soumaya y el Fomento de Cultura Banamex a nivel nacional, o recientemente en el contexto mexiquense, con la apertura del Centro Cultural Toluca.

 

 

 

Modelo europeo vs modelo americano

 

En realidad, la discusión sobre la participación de la iniciativa privada en el mundo cultural, es un poco añeja para otras latitudes. En una revisión rápida del siglo XIX, mientras en Europa los grandes museos eran patrocinados por las monarquías que aun subsistían, los gobiernos republicanos también tomaban como tarea del Estado, la preservación del patrimonio cultural de las naciones modernas. En Estados Unidos la situación resultó un tanto diferente, ya que los primeros museos fueron producto del patrocinio de los nacientes industriales y las fundaciones que si bien, recibían apoyo del gobierno, realmente subsistían de las arcas de los ricos en ascenso. Esto no sólo se tradujo en las fuentes de financiamiento, si no en las decisiones estéticas para formar colecciones, adquirir cuadros y comprender la necesidad de atraer a diversos públicos, de ahí que la gestión, incluso actualmente, difiera entre museos como el MET de Nueva York, o el Louvre en París. En nuestro caso, en gran medida por las ideas que sustentaron la revolución cultural iniciada en los años 20 del siglo pasado, el modelo aplicado fue justamente la tendencia europea, hasta que el neoliberalismo y los nuevos hábitos de consumo cultural,  posicionaron a la iniciativa privada como gestor, tal como sucedió en la época salinista y en el Museo Papalote.

 

Ventajas de una participación

 

El hecho de que la iniciativa privada participe activamente como gestor cultural, se traduce en la generación de mayor número de empleos con un proceso más equitativo de selección, es decir, los trabajadores que participan en los proyectos de carácter privado, pasan por un proceso de selección propio de las empresas e industrias, con lo que se abre la posibilidad de que profesionales en el ramo puedan laborar y desarrollarse por méritos propios. 

 

Otra ventaja, sin duda, es la simplificación del proceso de pago a los actores culturales que intervienen en sus servicios. Si bien es cierto, cada empresa cuenta con un proceso administrativo único y no exento de letargos, sí se lleva un control más estricto del recurso financiero y un respeto mayor al tiempo de pago para la contraparte. Eso parecería tema de contadores, pero por el ánimo cultural que vive de su trabajo, se agradece.

 

Por otro lado, existe una mayor apertura en contenidos, además de la posibilidad de financiar proyectos de gran envergadura, sobre todo, con una estrategia más eficiente de publicidad y una programación más apegada a las nuevas tendencias de la gestión cultural. Ello no sólo se debe a un recurso mayor, pues en gran medida, es el resultado de contratar gente capacitada en el ramo, que se mantiene actualizada y consciente de los nuevos retos que presentan las artes plásticas y escénicas en los hábitos de consumo cultural.

 

 

 

Caso que promete

 

Un ejemplo de las ventajas anteriores es, justamente, la apertura del Centro Cultural Toluca, promovido por inversionistas mexiquenses interesados en el fomento de la cultura, el deporte y el conocimiento. Cuenta con un espacio dedicado a exposiciones internacionales, nacionales y locales, ofrece un interesante diálogo de propuestas, y tiene instalaciones museográficas de primera; controles de humedad, temperatura y polvo; sistema de iluminación led que puede crear diversos entornos, así como techos movibles.  Su programa artístico se respalda con propuestas que han sido premiadas o apoyadas por la propia Secretaría de Cultura Federal. Características que lo vuelven una opción novedosa, pero sobre todo prometedora, en la actividad cultural de la capital mexiquense. 

 

De hecho, con motivo de su apertura, actualmente presenta una de las exposiciones más completas del mundo, de Leonardo da Vinci, que incluye las más recientes investigaciones sobre de la Monalisa; además presenta la obra, “La Corte de los Bufones”, que recientemente representó al Estado de México en el Festival Internacional Cervantino. Acciones que proponen una nueva opción de consumo cultural, que aunque tiene costo, que por cierto es muy inferior al que tiene en otras partes del mundo; es una lectura novedosa de la manera en que puede gestionarse el arte. 

 

 

Hacia adelante

 

El Centro Cultural Toluca se suma a la actividad que la iniciativa privada desarrolla, en un país que posee uno de los bagajes culturales más importantes del mundo, que promete insertarse no sólo con su pasado glorioso, sino con su presente contemporáneo. Interesante sin duda será observar, y sobre todo consumir, una nueva cartelera liderada por exposiciones sobre Warhol, Burton, Goya o Da Vinci; con una visión de gestión que, me parece, coloca a la cultura como la convergencia entre la justicia social y la participación del mundo empresarial; una afortunada apuesta para transformar al mundo desde la trinchera, con la idea de que las cosas pueden y deben ser mejores. 

 

Susana Victoria Uribe

Licenciada en Comunicación por la Universidad Autónoma del Estado de México y Maestra en Historia por la Universidad Iberoamericana. 

Museóloga y gestora cultural. Coordinadora de Museografía y Desarrollo cultural del Centro Cultural Toluca.

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