Cultura para la convivencia: un factor para la previsión del delito y la cohesión social

Cuando en la década de los setenta del siglo XX, se acuñó el término: "La cultura de la violencia"; nos parecía que los pensadores se anticipaban a algo que aún estaba muy lejano y que quizá nunca sucedería. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un fenómeno de violencia globalizado que afecta prácticamente a todos los países del mundo. Pero no sólo la globalización comprende latitudes geográficas. Hay también una universalización de la violencia que incorpora a todos los sectores sociales, a personas de todas las edades, a colectivos diferentes.

 

 

 

Por ello, una política de Estado por la seguridad moderna e integral, se basa en la visión de la seguridad pública, no sólo como uno de sus componentes esenciales, sino como un medio cuyos objetivos fundamentales requieren la suma de diversos factores, muchos de los cuales son diametralmente opuestos a los que tradicionalmente se consideran en la materia, como armas, elementos policiales y equipamiento; lo que hace necesario sumar nuevos enfoques, especialmente en el campo preventivo y de cohesión social. 

 

Así, hay que entender a la prevención como elemento permanente, como filosofía cotidiana, como una cuestión cultural, que lamentablemente no está en la praxis concreta de muchas sociedades. Ya que en buena parte del país, sin distinción de entidades o municipios, la sociedad se siente amenazada por el delito y la inseguridad, lo que afecta la calidad de vida de la población.

 

Por ello debemos desarrollar, conformar y consolidar verdaderas políticas de Estado, es decir, políticas prolongadas en el tiempo y coherentes en su desarrollo, que promuevan experiencias innovadoras e involucren a organizaciones especializadas, universidades y centros de altos estudios. 

 

Con base en lo anterior, resulta evidente que si se apuesta por la prevención y la cohesión social, se requiere desarrollar una política que defina a la cultura como factor inherente a la seguridad; e integrar un conjunto de valores, principios, conocimientos, prácticas y actitudes, orientados por una conciencia ética colectiva, convencida de proteger el libre ejercicio de los derechos fundamentales de su población, los cuales, encuentran en la cultura y las artes escaparates idóneos.

 

La conducta social de los ciudadanos y sus comunidades, respecto a la cultura enfocada en la prevención y seguridad pública, debe tener como cimiento la identidad cultural local, para de este modo, desarrollar prácticas que construyen y fortalecen el sistema social en su conjunto. 

 

Es necesario promover la participación social y comunitaria, con el trabajo conjunto, desarrollar acciones vinculadas entre las autoridades federales, estatales y municipales, así como de los diferentes sectores y grupos de la sociedad civil organizada o no organizada, para que contribuyan al desarrollo de verdaderos procesos de prevención social y seguridad pública, a través de actividades culturales que sean factor para incentivar la participación ciudadana, y el mejoramiento de la calidad de vida de la sociedad.

 

Debemos fomentar la continuidad de dichas acciones, y así garantizar los cambios socioculturales a mediano y largo plazo, a través del fortalecimiento y seguimiento constante, considerar las circunstancias específicas de cada grupo o sector de la población, y promover acciones diversas, positivas y novedosas, para su atención integral diferenciada.

 

No se pierda de vista que con la cultura generamos posibilidades de solución de problemática social, con estrategias claras, coherentes, estables y con respeto a los Derechos Humanos, tomando como base la promoción de la cohesión social comunitaria.

 

Así mismo, la cultura, la prevención social del delito y la seguridad pública unidas, logran tres efectos en las comunidades:

 

  1. Devolver a la sociedad los espacios públicos para el desarrollo y recreación de sus hijos.

  2. Cerrar el paso a la escala de violencia social que se vive en muchas partes del país.

  3. Formar a las nuevas generaciones en la cultura del respeto a la ley, tolerancia a quien piensa diferente e integración social por identificación de valores y objetivos comunes, entre quienes viven en una misma comunidad.

 

Si nos basamos en el Informe Mundial “Cultura: Futuro Urbano”, que la UNESCO presentó en octubre de 2016 en Quito, Ecuador, en el marco de la 3ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible, Hábitat III; un instrumento que reafirma y reconoce el lugar transformador que la cultura tiene para hacer de las ciudades, lugares más prósperos, seguros y sostenibles.

 

Este informe que aporta ejemplos muy claros en ocho áreas de estudio a nivel mundial, ya parte de confirmar la creciente tendencia global de urbanización, que aumenta de forma exponencial, por lo que se prevé que hacia 2050, más del 60 por ciento de la población se asentará en localidades urbanas, fenómeno especialmente notable en el continente africano y asiático. A la par, señala que para 2030, existirán en el mundo 41 mega ciudades, que rebasarán los diez millones de habitantes cada una.

 

Este proceso de urbanización masiva desencadena consecuencias negativas, como el aumento de problemáticas típicamente urbanas, por ejemplo los llamados “barrios marginales”, que se vuelven periféricos a las ciudades, marcados por la carencia de servicios, el desempleo, la desigualdad, la violencia y la descomposición social, así como la falta de identidad comunitaria, aparejada con mayores impactos al medioambiente ocasionados por el asentamiento de grandes urbes que modifican el equilibrio ecológico 

 

Bajo este complejo panorama global, la perspectiva adoptada por el informe, pugna por profundizar en la integración de la cultura en las políticas, para que ocupe  un único sitio, no sólo en la esfera social como factor de mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes, sino como parte del reto de la sostenibilidad, planeación, desarrollo urbano y seguridad. 

 

De igual forma, impulsa una planificación territorial que se inscriba en procesos integradores, para promover la conectividad de comunidades rurales, pequeñas y  medianas, con grandes ciudades, precisamente a través de la cultura; que al ser un factor transversal sirve de puente, acorta brechas y permite, con la organización adecuada, ser hilo conductor para crear planes que permitan la movilidad e interacción social en torno a los bienes y servicios culturales de ciudadanos, que de otro modo, difícilmente encontrarían acciones comunes, especialmente en territorios dispersos o por el contrario, altamente poblados.

 

De estas reflexiones se desprende el papel fundamental de la cultura para lograr sociedades pacíficas y tolerantes; en vista, no sólo de la protección y conservación de la identidad de los residentes, sino sobre todo, de su capacidad para crear vínculos que permitan el establecimiento de buenas relaciones, a través de las cuales, sea posible la cooperación, el progreso y el combate a los grandes problemas globales caracterizados por la pobreza, la desigualdad y la falta de servicios o infraestructura, de donde parten un sinnúmero de fenómenos contrarios al desarrollo, pero que encuentran en las expresiones artísticas y culturales, una oportunidad de cohesión, un factor de orgullo e identidad, una fuente de motivación para enfrentar y combatir sus rezagos.

 

Las ciudades deben ser vistas con un uso mixto y a escala humana, que integren recursos culturales y naturales por medio de estrategias creativas que apunten a la regeneración urbana y reutilización de espacios; que sean adaptados para usos diversos, que mejoren la calidad del hábitat humano y la sostenibilidad de los entornos edificados, para lograr en definitiva, condiciones mejores que impacten en el abatimiento de la violencia y la delincuencia. 

 

En la misma sintonía, se ve a los espacios de uso público como bienes de acceso libre para todos, al representar un valor patrimonial cultural para los ciudadanos, que incide en la inclusión social, sobre todo si son utilizados con fines multidisciplinarios, como el desarrollo de actividades artísticas y culturales que repercutan en su regeneración física, sobre todo si se encuentran en zonas periféricas, de bajos ingresos o con altos índices delictivos.

 

En contraposición, los asentamientos altamente urbanos requieren estrategias que integren la nueva diversidad cultural, que sumado a correctas medidas de planeación urbanística con un enfoque desde la cultura; constituyan mayores compromisos de colaboración, coordinación y capacidad de sinergia entre los involucrados, que de otro modo, permanecerán distantes de su entorno.

 

Así, una ciudad centrada en sus habitantes, tiene en la cultura, un espacio mayúsculo de oportunidad para transformarse con políticas eficaces y una gestión que confíe plenamente, y lo demuestre con hechos y en todos los sentidos, en que el arte y la cultura son importantes para la convivencia, e impactan en la reducción de la violencia y la delincuencia. 

 

Recordemos que desde el bullying o acoso escolar hasta los delitos de alto impacto, es decir, toda conducta que agrede o no respeta la integridad moral, psicológica, incluso corporal de una persona, así sea en los más mínimos detalles; tiene implícito una cultura de violencia, que como padres, como hijos, como alumnos, o como trabajadores, debemos evitar y combatir; además, como seres humanos que vivimos en comunidad, tenemos la obligación de convivir armónicamente entre vecinos, amigos y familiares.

 

Instituir programas culturales en las diversas comunidades, es el arranque de una nueva cultura de la prevención de la violencia y la delincuencia en el Estado de México, pero que como tal, requiere la participación de todos; en el hogar, la escuela y la calle, porque todo lo anterior necesita la suma de esfuerzos y voluntades para lograr un mismo fin: devolver a la gente los espacios que les han sido arrebatados por la delincuencia.

 

En conclusión, resulta insustituible e irreversible el papel de la cultura como factor del desarrollo; elemento multifactorial y multifacético, que en nuestro país tiene un largo trecho por recorrer aún, y que para lograrlo requiere la comprensión de los involucrados directos, desde autoridades hasta creadores. Especial y particularmente importante es la participación solidaria, pero a la vez crítica y reflexiva de sus beneficiarios; es decir, las audiencias, públicos y sociedad en general; que deben sopesar los esfuerzos, así como distinguir, consumir, promover e impulsar los procesos creativos de contenido y calidad cultural, a la par de exigir su continuidad y respaldar iniciativas novedosas; sin dejar de censurar cualquier aspecto que genere retrocesos, ya que sólo así, quienes encabezan y promueven estas actividades, encontrarán eco suficiente para romper el velo delgado, aunque rígido en muchos sentidos, que separa a las artes y la cultura en general, de su rol protagónico, distanciándola del oportunismo, ostracismo e indiferencia; un reto mayúsculo en el que no debe dejar de insistirse para el beneficio de la sociedad en su conjunto.

 

M. en D. Pedro Daniel García Muciño

Primer Director del Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte del Ayuntamiento de Toluca. 2013-2015

pedrodanieltoluca@gmail.com

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