Cuando ser madre no es sinónimo de felicidad.

La maternidad puede representar una crisis de vital importancia, esperable y predecible, pero que, sin duda, genera cambios en la estructura familiar. En ocasiones dichos cambios resultan intensos y drásticos. La procreación constituye el comienzo de un vínculo; si bien, la mayoría de esos vínculo se logran de manera adecuada, en otros no sucede así; puede presentarse miedo, ansiedad, frustración, rechazo por parte de la madre, ira o incluso agresividad. 

 

 

El puerperio, que desde el punto de vista obstétrico, se refiere al periodo en el que se revierten los cambios anatómicos y fisiológicos propios del embarazo, que comienza luego del alumbramiento y que tiene una duración de 42 días; es una etapa vulnerable en la que la mujer sufre drásticos cambios hormonales que pueden traducirse en cambios físicos y emocionales. Con frecuencia se experimenta labilidad emocional y se alternan momentos de alegría con otros de mucho pesar. La mayoría atraviesa por un cuadro denominado tristeza puerperal, sin embargo, hasta entre 20 y 30 por ciento de ellas, pueden presentar un episodio depresivo y un porcentaje mucho menor, una psicosis puerperal. 

 

La tristeza puerperal, llamada también baby blues, es una alteración del estado de ánimo debida principalmente a cambios hormonales, psicológicos y sociales, principalmente el ajuste familiar y social que enfrenta la madre. Se considera como una respuesta habitual a esta nueva etapa del ciclo vital, presentándose en un gran porcentaje de mujeres, hasta 90 por ciento.

 

Se manifiesta con tristeza, ansiedad, labilidad afectiva, irritabilidad, sensaciones de extrañeza y ambivalencia hacia el recién nacido. El nuevo hijo genera en la madre muchas inseguridades, ¿cómo atenderlo?, ¿cómo aprender a reconocer qué le pasa?, así como la pérdida de libertad materna por la dependencia absoluta del bebé. Inicia después del parto, alcanza su pico entre el cuarto y quinto día para luego disminuir paulatinamente hasta desaparecer, aproximadamente a los 10 días. La tristeza puerperal es un cuadro benigno, que no requiere intervención psicoterapéutica ni farmacológica; la adecuada información acerca de este cuadro, así como el sostén y acompañamiento familiar serán suficientes.

 

Con respecto a la depresión puerperal, esta es definida rigurosamente como un trastorno depresivo. En la última edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, se ha incluido el especificador “De inicio en el periparto” para los episodios que ocurren durante el embarazo y las primeras cuatro semanas del puerperio.

 

En México se reporta una prevalencia entre 13 y 32 por ciento. Los síntomas no difieren de la depresión en otras etapas de la vida, sin embargo, tiene algunas particularidades: es frecuente la presencia de disforia, irritabilidad, ansiedad, alteración en el patrón del sueño, agitación, dificultad para vincularse  y cuidar del bebé, temores relacionados con el niño, pensamientos obsesivos y conductas compulsivas relacionados con el hijo, revisarlo constantemente cuando está dormido para ver si respira, ideas de culpa en relación a la capacidad para ser madre, pensamientos negativos hacia el bebé, especialmente creer que lo puede dañar, así como ideación suicida.

 

Si bien en la mayoría de los casos el inicio se da en las primeras 12 semanas posparto, puede ocurrir en cualquier momento posterior al alumbramiento, ya sea días, semanas, meses y hasta un año. Puede afectar en cualquier tipo de parto o número de embarazo. Se propone que en la depresión posparto intervienen factores hormonales, genéticos, ambientales y psicológicos, por ejemplo, la depresión antenatal, antecedente de depresión posparto, conflictos sociales y de pareja, eventos estresantes durante el embarazo, bebé recién nacido con complicaciones médicas, entre otros. Otros factores de menor impacto son: bajo nivel socioeconómico, madres solteras, embarazo no deseado, complicaciones obstétricas. El tratamiento requiere del abordaje psicoterapéutico, la inclusión de la familia y en los casos más graves, uso de psicofármacos.

 

La psicosis puerperal es el cuadro más grave que puede presentarse en el puerperio, con una prevalencia de 0.1 al 0.2 por ciento, es más común en primíparas. Las manifestaciones inician generalmente de forma brusca entre el tercer y noveno día después del parto, aunque puede presentarse hasta el sexto mes.

 

Generalmente comienza abruptamente con un cuadro caracterizado por pensamiento desorganizado, conductas suspicaces, signos de confusión, preocupación excesiva por trivialidades o rechazo a la comida, síntomas psicóticos como ideas delirantes y alucinaciones de todo tipo. Se altera el sueño, la conducta se torna bizarra y puede llegar a manifestarse con cuadros de despersonalización y agitación psicomotriz severa. El infanticidio constituye uno de los mayores riesgos, que se presenta en cuatro de cada cien casos.

 

Las mujeres que han padecido un trastorno psicótico previo, tienen un riesgo de 35 por ciento de desarrollarla. Entre los factores de riesgo están: antecedente personal de un trastorno afectivo, especialmente trastorno bipolar, haber padecido anteriormente esquizofrenia o un trastorno esquizoafectivo, psicosis puerperal previa, historia familiar de trastornos afectivos, así como complicaciones obstétricas. En aquellos casos en que la psicosis apareció por primera vez durante el posparto, el riesgo de recurrencia en un siguiente nacimiento puede ser hasta de 60 por ciento. Después de un episodio de psicosis puerperal, hay una posibilidad de recaída con episodios depresivos o incluso maniacos. Al comienzo, es necesario un tratamiento farmacológico inminente y, en la mayoría de los casos, se recomienda la hospitalización.

 

Es bien sabido que los trastornos del estado de ánimo en el puerperio, debido principalmente a la falta de información, en muchos casos no es visto como una enfermedad, y se considera como una debilidad o falta de capacidad para ser madre, lo que genera vergüenza y culpa en las mujeres que padecen algunos de los síntomas.

 

Es indudable que los factores biológicos, los hormonales, los familiares y las presiones sociales influyen directamente en la vulnerabilidad de las mujeres a padecer enfermedades mentales. Es importante considerar este punto para minimizar el riesgo de subdiagnosticar o confundir los cuadros clínicos previos, y provocar retrasos o incluso, falta de asesoramiento y evaluación oportuna y por ende, de un tratamiento adecuado, con los consiguientes riesgos que conlleva.

 

Maricarmen Jiménez Colín

Médico Especialista en Psiquiatría. Facultad de Medicina, UNAM.

Maestra en Ciencias, Neurobiología; INB, UNAM.

psiquiatra.jimenez@gmail.com

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