Tradición y Modernidad: el binomio de la riqueza cultural

06/11/2017

 

“La modernidad sin tradición es tan vacía como la tradición sin innovación”

José Antonio McGregor

 

En México, hay una temporada que se percibe como el gran momento cultural de los mexicanos, donde desde los poblados más apartados y pequeños, hasta los municipios urbanos y las entidades, hacen gala en diferentes fechas, civiles o religiosas de lo mejor de su historia, de sus tradiciones y de sus manifestaciones culturales.

 

Desde el mes de septiembre, se ven aparecer los símbolos patrios que le añaden al patrimonio y a la infraestructura de los pueblos el sentimiento de pertenencia y de orgullo al que los mexicanos respondemos al tono de los himnos, arengas y composiciones de todo tipo que invaden de espíritu nacional las escuelas, las calles y las plazas.

 

Sin embargo, poco es comparado con el mes de octubre, cuando, olvidados los fulgores del Grito de Independencia, nos adornamos de un espíritu festivo y solemne a la vez, donde las vitrinas se llenan y confunden de toda variedad de productos alusivos al Día de Muertos, como de aquellos relacionados con las tradiciones occidentales del Día de las Brujas. No obstante, el acelerado y notorio impulso comercial, de lo que para muchos es una tradición con implicaciones religiosas y rituales, nada parece perturbar el natural curso de los festejos, muy singulares, que se preparan durante este mes en todo el país, pero de forma muy especial en algunos estados de la república, como Aguascalientes, Michoacán, Oaxaca; algunas zonas de la Ciudad de México, como Xochimilco y Mixquic, y desde luego el Estado de México, con Toluca.

 

La tradición de Día de Muertos, aunque no ha sido siempre un elemento de nuestra identidad, ni tampoco su origen es propiamente mexicano, debe mucho a este pueblo la forma que ha tomado al día de hoy, y por la que se ha internacionalizado y dado a conocer en todo el mundo como una tradición mexicana. Y es que, en realidad, no debe existir celebración o tradición alguna ni aquí ni en ningún otro continente, que no esté sostenida por la apropiación, salvaguarda y participación colectiva de las comunidades.

 

Nosotros, que somos amantes de los mitos y las leyendas, que somos expresivos a la vez que simbólicos, irreverentes a la vez que rituales; hemos moldeado nuestra civilización e identidad al calor de la tradición, la religión y la cultura. Lograr este ambiente místico-festivo y de gran efervescencia creativa en la temporada de muertos, nos ha costado mucho en tiempo y en mérito, gracias a lo cual, la convocatoria turística que tienen nuestros pueblos en esta temporada se debe a la constante y permanente inclusión de la sociedad, de la comunidad artística, del sector público y de los medios de comunicación. Hoy entendemos  que la civilización en la que vivimos, no está ahí por sí sola, no se sostiene a sí misma; sería artificio y fachada si no participara en ello la vitalidad de un artesano o un artista, sería apropiación de pocos si no hubiera medios de comunicación que la exportaran a otras fronteras, sería sólo participación ritual si el sector público no arropara las expresiones culturales que se inspiran de ello, y si no aprovechara el potencial económico que viene aparejado con el turismo cultural.

 

Este encumbramiento de la tradición del Día de Muertos, tampoco puede sobrevivir sin el arropamiento y la defensa de los ciudadanos comunes como nosotros, mismos que somos responsables, también en muchos casos, de ponerlo en peligro de extinción o de permitir su alienación exacerbada, tenemos que reconocer que muchos de los malos momentos que han tenido que padecerse para al fin conquistar una forma de expresión cultural de nuestras tradiciones, digna de contemplarse, disfrutarse y reconocerse, han sido ocasión de nuestra desafortunada intervención o falta de ella. Es decir, si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostenerla, entonces usted está perdido. La historia nos ha demostrado que un solo descuido es necesario para volver luego la mirada alrededor y darnos cuenta que todo se ha volatilizado, como si se hubiera levantado el tapiz y quedara la versión impura de lo que antes fue magnífico.

 

De modo que, en el fondo de nuestro ser, sabemos que el color y forma de nuestras tradiciones está dado por nuestra fidelidad a ellas, por el enriquecimiento que hacemos cada uno a la propia tradición, por el esfuerzo, muy significativo, de colocar un altar de muertos, de vestir un atuendo, maquillarnos y participar de las celebraciones, de acudir a los panteones y de convertirnos en el instrumento de la tradición para mantenerse viva, pese a la modernidad o gracias también a ella.

 

En mi opinión, la modernidad no está peleada con la tradición, antes se consideraba que lo moderno era lo opuesto a la visión mágico-religiosa del universo, sin embargo, hoy podemos ver cómo en muchos aspectos, la modernidad, que depende de la tecnología y de un entendimiento mecánico de las cosas, ha permitido la instrumentación de múltiples y fabulosas manifestaciones de la realidad y de la magia artística para transformarla y adaptar el entorno de la cultura y de la identidad a nuevas y espectaculares posibilidades, donde el límite sólo existe en el propio artista y su espíritu creativo, un factor que se ha constituido como elemento importante de impulso económico y turístico en diversos estados y municipios de la República Mexicana.

 

Por otra parte, podemos darnos cuenta que la existencia de industrias culturales y su actuación en torno a nuestras tradiciones es cada vez más próspera y activa, tanto más cuando va de la mano de profesionistas o especialistas en disciplinas que operan con herramientas tecnológicas, tales como el cine, la ilustración, el teatro, el diseño industrial o artesanal; que logran que las tradiciones mexicanas sean asimiladas, conocidas y arropadas por propios y extraños en una forma no común, pero que no altera la esencia y el valor de nuestras virtudes populares, y que en cambio, fortalece a las propias industrias culturales en las interacciones entre creadores, productores y consumidores de las manifestaciones artísticas a partir de cadenas de valor y de colaboración, que nos permiten a todos, expresar nuestra cultura de formas que nunca creímos posible.

 

En la era de internet y de los dispositivos digitales portátiles de comunicación, información y entretenimiento, en que vivimos, las tecnologías se tornan invisibles al integrarse a nuestras actividades cotidianas y volverse aparentemente indispensables. Para nosotros los mexicanos, muy a pesar de nuestro carácter indefinido, que va del iracundo, al alegre; del heroico, al burlón; del apacible, al explosivo; en síntesis, un carácter completamente indeterminado; hemos hecho de la tecnología, como todos en el mundo, en vez de un medio, un fin en sí misma; hemos dejado de percibirla como una herramienta, que se disuelve en el medio que nos rodea, para situarnos en el mundo con nuevo entorno: un medio tecno-cultural. Es precisamente este término el que le ha impuesto la nueva vitalidad de la que gozan nuestras tradiciones y herencias culturales.

 

Es por tanto, imposible dejar de preguntar si es viable establecer y mantener estrategias de preservación a la vez que de desarrollo y comunicación, vinculadas a las tradiciones y al turismo cultural, muy especialmente por que éste último cautiva cada vez más a cientos de miles de visitantes atraídos por las costumbres y creencias en ambientes festivos y de celebración, lo que propicia una necesidad cada vez mayor de proteger el sentido y significado de estas festividades, que a la par, inciden en la identidad de los pueblos y en el desarrollo regional.

 

No hay duda de que estamos ante una sociedad de intensos cambios y que el turismo relacionado con la cultura o turismo cultural está inmerso en una realidad en movimiento que se redefine a cada momento, impulsa la economía local, y abre camino a múltiples emprendimientos, no sólo en el aspecto turístico, sino también en el ámbito creativo relacionado con la memoria del pasado, sus formas culturales y hasta sus sabores. Hoy esta sociedad se brinda a sí misma la oportunidad de construirse en sus símbolos, sus dichos, sus historias, pero también en torno a la nueva identidad comunitaria que impone la modernidad, un tema que en sí mismo es complejo y siempre conlleva cierta tensión, por lo que, vincular la identidad de un pueblo sólo con su pasado histórico, sus costumbres ancestrales o rituales heredados sin asomarse al presente y al futuro, desecha la posibilidad de honrar su permanencia para la posteridad.

 

Carolina Brito Ronquillo

Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México.

Directora General de la Fundación Ideas Libres A.C. y de su Voluntariado.

Realizó estudios de técnico instrumentista en violín en el Conservatorio de Música del Estado de México.

Profesionista que combina su vida familiar con la promoción y difusión del arte y la cultura.

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