Salud en los deportes extremos

03/07/2017

 

La evidencia de los beneficios del ejercicio en la salud del ser humano tiene más de 100 años de haber sido documentada. Desde finales del siglo XIX, se fomentaba los ejercicios aeróbicos, conocidos en aquel entonces como gimnasia, para mejorar la salud global. No se conocían en sí los beneficios cardiovasculares como ahora, pero se sabía que se prolongaba la vida y mejoraban cuestiones básicas como la digestión y el sueño. De tal forma que, de manera ininterrumpida, ha habido un avance progresivo tanto en el conocimiento de los beneficios del ejercicio, como en su fomento.

 

En los últimos 20 años hemos visto un aumento exponencial en la gente que realiza deportes extremos, así como de nuevas actividades deportivas con las que nadie soñaba. Este cambio se debe al uso de la tecnología en los deportes y a que este tipo de actividades son más accesibles para toda la población, sin dejar a un lado que son prácticas que producen, en general, mucha mayor liberación de endorfinas y sustancias adictivas en nuestro cerebro, a diferencia de ejercicios clásicos como correr o levantar pesas. Todo esto ha hecho que surja una nueva forma de realizar ejercicio y de divertirse con el deporte, pero como siempre en la vida, también vemos ahora nuevos problemas y enfermedades asociadas a los deportes extremos.

 

Podemos empezar por tomar en cuenta que los deportes extremos son en general más peligrosos que los deportes clásicos. En un maratón en el cual participan 40,000 personas, seguramente habrá algunos corredores que se enfrenten a deshidratación, desgarros musculares, esguinces o incluso suele haber, según la edad, algún atleta que sufra un infarto, pero es muy raro encontrar fracturas o grandes traumatismos en este deporte.

 

El escenario es totalmente distinto en competencias amateurs de bicicleta de montaña o en aquellos que usan la patineta para saltar rampas y hacer trucos. En estas personas, vemos frecuentemente caídas fuertes, traumatismos importantes, y con cierta frecuencia, fracturas en diversas partes del cuerpo. Por ejemplo, la zona más lesionada en los patinadores comprende los codos, los antebrazos y las muñecas, con una frecuencia de fracturas de 40 por ciento, del total de traumatismos por esta causa. En estas competencias los médicos que vigilan los eventos, seguramente no verán ningún caso de deshidratación severa o golpes de calor, pero seguro se enfrentarán a una lesión osteomuscular.

 

Esto es sólo un breve punto a considerar en la salud de quienes practican deportes extremos, porque ahora que se ha expandido este tipo de prácticas, los médicos nos vemos ante la necesidad de enfrentar nuevos retos. Un ejemplo muy claro es que desde hace décadas hemos tratado el asma en deportistas de alto rendimiento, incluso hemos logrado que personas que antes no hubieran sobrevivido a esta enfermedad, ahora puedan ganar medallas olímpicas; pero no es lo mismo el tratamiento del asma en una persona que se dedica a hacer natación, que en una persona que esquía en nieve a 4 mil 500 metros sobre el nivel del mar, y que además ejecuta un deporte extremo que conlleva mucho más riesgo. La capacidad pulmonar, el oxígeno ambiental, la temperatura y la exposición a alérgenos, es decir, partículas que generan reacciones alérgicas, de la montaña, son cuestiones que ahora debemos considerar al estar ante una persona con asma que realiza dicha actividad. El tratamiento no es igual y una complicación o crisis de asma se presenta de una forma mucho más agresiva, lo que hace más difícil el tratamiento general del paciente.

 

Otro ejemplo que explica muchos de los nuevos problemas de salud con los que nos enfrentamos, es el buceo. Aunque desde la mitad del siglo XX se ha logrado bucear, en los últimos 30 años la tecnología ha permitido que esto sea algo mucho más fácil y común. En realidad, bucear no es difícil, pero conlleva muchos problemas potenciales que, de no hacerlo bien, pueden llevar fácilmente a complicaciones letales, de hecho, en la actualidad si no se demuestra haber tomado un curso formal de buceo, no se permite bucear en aguas abiertas a más de 10 metros de profundidad. La función pulmonar y la distribución de diferentes gases en el organismo han sido puntos en los cuales se ha investigado mucho en las últimas décadas para entender las muertes súbitas en buceadores y para prevenir a quienes lo practican.

 

Gracias a estas investigaciones hemos prevenido muchas muertes, ahora tenemos guías y tablas que nos dicen exactamente el tiempo que podemos permanecer bajo el agua de acuerdo a la profundidad; si tomamos en cuenta estos factores, tiempo y profundidad, podemos calcular cuánto debemos esperar fuera del agua antes de una nueva inmersión. Y no sólo eso, actualmente existen lineamientos muy claros a seguir si es que se piensa viajar, ya sea por tierra o por mar. En general, se prohíbe tomar un vuelo el mismo día que se realizó una inmersión, por lo menos deben transcurrir 24 horas y en ciertos casos, debe pasar aún más tiempo si se realizaron varias inmersiones en días previos.

 

Podría seguir con más ejemplos y explicar cómo en cada nuevo deporte hay un reto distinto a enfrentarse en materia de salud, también podría escribir de todas las enfermedades que se han asociado a los deportes extremos, pero no es el objetivo del artículo. En realidad, el punto es crear consciencia de los riesgos que conllevan estas actividades, no para que se dejen de hacer, sino para que se hagan con mayor seguridad y se disfruten con menor riesgo. Por experiencia como médico y como practicante de varios deportes extremos, puedo decir que este tipo de actividades son adictivas y muy emocionantes, pero también son muy peligrosas; el peligro no es equivalente a daño o lesión, siempre y cuando se trate de disminuir al máximo los riesgos para hacer este tipo de deportes, lo más seguros posible.

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