Actividades físicas de aventura: ¿qué culpa tiene nuestro entorno natural?

03/07/2017

 

En los últimos años las actividades físicas de aventura se han intensificado y diversificado alrededor del mundo. México, un país privilegiado con un gran número de regiones naturales, no es la excepción. ¿Cuál es el atractivo de dichas actividades?, tienen la receta del éxito: mucha aventura, contacto con la naturaleza, diversión que aleja de la rutina o el estrés y ofertan sentimientos hedonistas. De estas actividades que surgieron de manera más o menos improvisada y espontánea en ciertos espacios naturales como bosques, ríos, mares, montañas, praderas, desiertos, tundra, entre otros; ahora se han transformado en prácticas específicas, constituidas como un sector empresarial, reguladas, agrupadas y difundidas como un escape al estilo de vida acelerado de la actualidad.

 

Para el sector empresarial que ha visto el gran nicho de mercado que estas actividades representan, resultan importantes ganancias. En cuanto a los consumidores, en su deseo de alejarse de la rutina, de cambiar su estilo de vida y posicionarse como personas intrépidas, aventureras, disciplinadas y persistentes; se vuelven presos de su deseo de reconocimiento y terminan como un consumidor más. Sin embargo, la historia de nuestros recursos naturales es otra. De un antiguo esplendor, de un entorno saludable y regulado por sus ciclos biológicos, el impacto ambiental de dichas actividades lo han desgarrado.

 

Existen importantes discusiones sobre la denominación de estas actividades, en algunos casos se les considera deportes extremos, sin embargo, no cumplen con las características de un deporte. Me inclino por la denominación de actividades físicas de aventura. No pueden considerarse un deporte. No cuando los motivos que las originan son tan diversos, sin alguna regulación de estas con la misma constancia con la que se practica un deporte. Gran parte de las actividades físicas de aventura se practican una vez, al escaparse por un momento de nuestro ajetreado estilo de vida, con la decisión de descansar de una manera más arriesgada de lo normal. Mientras que un deporte se encuentra sujeto a reglas, es fundamental el entrenamiento y suele ligarse a la competición.

 

En las actividades físicas de aventura amar el riesgo y buscarlo es básico, constituye la principal característica que los consumidores buscan en ellas. Debido al rápido crecimiento de esta industria, diversos estudios se han centrado en la conducta de los consumidores y los sentimientos que en ellos despiertan. Sin embargo, un aspecto fundamental y, que ha sido descuidado o poco escuchado, es el impacto en el entorno natural.

 

¿Qué culpa tiene la naturaleza de la ambición desmedida de empresarios más preocupados por sus ganancias que por asegurar la sustentabilidad de su actividad y del entorno natural? De la sed de riesgo, emoción, diversión y placer de los seres humanos posmodernos con grandes vacíos que buscan llenar con reconocimiento y cierto status quo. Qué culpa tiene de un gobierno sordo -cuando le conviene- de los destructivos efectos de estas prácticas.

 

Hablo de esa noble naturaleza que día a día nos regala servicios ambientales que permiten nuestra subsistencia, que nos da todo a cambio de nada y a la cual no tomamos en cuenta al realizar actividades que podrían afectarla, que podrían evitar que sea tan generosa con nosotros.

 

Podemos pensar que existe regulación al respecto, y así es, la Secretaría de Turismo (Sectur) y la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), tienen lineamientos específicos para regular la actividad y proteger el entorno natural. Proponen que se realicen estudios de impacto ambiental que establezcan la viabilidad de cierta actividad turística en zonas naturales. La ley establece la coordinación entre Sectur y Semarnat en la Ley General de Turismo, que menciona: “…instrumentación de los programas y medidas para la preservación de los recursos naturales, prevención de la contaminación, para la ordenación y limpieza de las playas, para promover el turismo de naturaleza y el de bajo impacto, así como para el mejoramiento ambiental de las actividades e instalaciones turísticas”, como consta en el Artículo 7, fracción V.

 

Desgraciadamente, como en muchas ocasiones se ha demostrado, en nuestro país gran parte de las instituciones carecen de confiabilidad, pues han salido a la luz actos de corrupción en este tema que desgarran nuestras zonas naturales, tal como lo fue el caso del manglar de Tajamar.

 

 

Foto: Cuartoscuro.

 

¿Podemos confiar a dicha institución el cuidado de las zonas naturales? Claro, creo firmemente, y tal vez fantasiosamente, que la institucionalidad es el camino indicado, pues ha tomado siglos crear instituciones que regulen y garanticen ciertos derechos, como lo es el de un medio ambiente saludable. No obstante, considero que es tarea de todos. La corrupción es el mayor mal de la sociedad mexicana, un mal contra el que todos debemos luchar por medio de la educación, de interiorizar comportamientos anticorrupción en nuestro día a día; porque la corrupción la propiciamos todos. De igual manera, el cuidado y preservación de la naturaleza es tarea de todos. Si bien las instituciones son las encargadas de regular, es tarea del sector empresarial, de organizaciones civiles y de los ciudadanos, luchar por su protección.

 

Debemos recordar que los seres humanos no sólo somos consumidores, somos ciudadanos, miembros de comunidades organizadas de las cuales somos responsables. En las cuales se nos han reconocido derechos, pero también obligaciones. Se debe dejar de lado aquella idea de un consumismo desinformado. Aclaro, no considero que las actividades físicas de aventura sean negativas, más bien discurro sobre nuestra responsabilidad como demandantes de esas atracciones; que las realicemos con cuidado, que garanticemos un consumo informado, que exijamos a nuestro proveedor que no se afecte al entorno natural y que nos involucremos no sólo para disfrutar de los beneficios de la naturaleza, sino también en su preservación.

 

Un ejemplo lamentable es el caso de las dunas de Chachalacas en Veracruz. Son las más grandes del Golfo de México, y cuyo ecosistema costero funciona de barrera física ante fenómenos meteorológicos como huracanes. Sin embargo, debido a que se han desarrollado actividades como competencias con motocicletas y vehículos todoterreno, su ecosistema se encuentra en riesgo al desarrollarse complejos turísticos que no han sido regulados, sin cumplir con los requerimientos de la legislación antes mencionada.

 

El ecosistema de las dunas es muy frágil y sensible a este tipo de actividades, como ya mencioné anteriormente, el problema no son las actividades físicas de aventura sino la poca regulación y responsabilidad social por parte del sector empresarial del turismo, que ofertan estos servicios sin crear estudios y planes de manejo que busquen la sustentabilidad del ecosistema, y por tanto, de su actividad.

 

 

 Foto: periodistasdigitales.

 

En el Estado de México tenemos innumerables zonas protegidas que permiten alejarse del bullicio de las ciudades para empaparse del esplendor, riesgo y diversión que rodean a las actividades físicas de aventura. Nuestro referente más cercano en la capital del estado es el Nevado de Toluca, donde se practican diversas actividades como el alpinismo. Aunque dicha actividad genera erosión en el suelo, a la par existen diferentes programas de reforestación y protección del entorno natural, que permiten que esta se lleve a cabo sin representar un alto costo ambiental.

 

 

 Foto: mexicodestinos.

 

Insisto, sentir la adrenalina y vivir al máximo una experiencia en contacto con la naturaleza no es negativo. Por el contrario, este tipo de actividades permiten liberar parte del estrés que nos aqueja día a día. Lo importante es tener presente un principio fundamental de libertad y respeto, pues nuestra libertad termina donde empieza la de otros. Lo mismo sucede con la naturaleza, podemos disfrutarla y aprovechar los servicios ecológicos y recreativos que nos brinda, siempre y cuando actuemos con conciencia y responsabilidad, sin dañar y desgarrar nuestra fuente de subsistencia, porque nuestro entorno natural no tiene la culpa.

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