Neurobiología de la mentira

Existen diferentes razones por las cuales los seres humanos mentimos, como por ejemplo, para evitarle disgustos o penas a otra persona, para ocultar algún hecho que podría ocasionarnos un castigo o críticas, para alardear sobre algo que no somos o que no poseemos, o por el contrario, para desacreditar a alguien más u obtener algún provecho sobre algo.

 

Un estudio realizado en el Departamento de Psicología de la Universidad de Massachusetts, llego a la conclusión de que la mayoría de las personas dicen un promedio de tres mentiras durante 10 minutos de conversación (Feldman, Forrest & Happ, 2002) ¿Es posible imaginarnos lo que significa mentir cada 3 minutos en promedio? Es probable que las circunstancias en las que se llevó a cabo el experimento influyó en esos resultados, como lo comentan dichos investigadores, el número de mentiras podría estar relacionado con la incomodidad de tener que hablar con un desconocido en un laboratorio. Sin embargo, es indudable que la mentira ha llegado a formar parte de nuestro día a día, probablemente por los “beneficios o ventajas” que traen consigo el acto de mentir.

 

Pero, ¿sabemos qué efectos tiene en nosotros una mentira a nivel neurológico y biológico? Existe evidencia de que cuando una persona se anticipa o actúa de manera deshonesta, no sólo se reflejan cambios en su cerebro, sino también en su cuerpo.

 

Varias investigaciones han permitido medir la actividad del cerebro de las personas antes y durante la participación en un acto deshonesto. Por ejemplo, cuando una mentira está empezando a tomar forma y antes de que ésta sea pronunciada, la región del cerebro llamada corteza cingulada anterior se activa (dicha área esta involucrada en la toma de decisiones, en la empatía, en el control de los impulsos, en la anticipación de recompensa y en la emoción) (Langleben et al., 2002, citado por ten Brinke et al., 2015). Es decir, nuestro cerebro reacciona con la simple intención de mentir o de querer engañar a alguien más. 

 

Durante el acto deshonesto, áreas cerebrales implicadas en el control ejecutivo se ven comprometidas. Por ejemplo, la corteza parietal posterior y la corteza prefrontal dorsolateral inhiben respuestas veraces y activan nuestra memoria de trabajo (ten Brinke et al., 2015). Esta última es la que nos permite almacenar temporalmente información y combinarla con el recuerdo de experiencias pasadas, es decir, mientras estamos mintiendo o engañando, nuestro cerebro trabaja evitando dar información verídica del suceso en cuestión, además de proveernos de información necesaria, obtenida de nuestro propio almacén de información y de nuestro entorno, para estructurar dicha mentira y mantener el hilo de la conversación 

 

De la misma manera que nuestro cerebro da muestras de que estamos anticipando o realizando un acto deshonesto, existen cambios fisiológicos relacionados que dejan huella en nuestro organismo. Las primeras exploraciones científicas de cómo la fisiología podría revelar a un mentiroso, se centraron en el polígrafo o también conocido como "detector de mentiras", el cual registra las variaciones de la presión arterial, el ritmo cardíaco, la frecuencia respiratoria, estímulos nerviosos y la conductancia de la piel, durante una entrevista estructurada. Por otro lado, existen estudios sobre como nuestro sistema neuroendocrino esta vinculado a los actos deshonestos, demostrado por la participación de dos hormonas, la testosterona y el cortisol. 

 

La testosterona es la hormona sexual principal masculina, sin embargo, está presente en ambos sexos (en menor cantidad en las mujeres). Algunas investigaciones sugieren que esta hormona se asocia con una disminución de nuestra empatía con el mundo; otros estudios muestran que está relacionada con una mayor tolerancia al riesgo y con la insensibilidad al castigo; además, se ha visto que estimula la búsqueda de comportamientos antisociales tales como violaciones de las reglas, por lo cual se sugiere que la testosterona podría asociarse a una mayor prevalencia de actos deshonestos (Dabbs et al., 1995; Popma et al., 2007 y Coates & Herbert, 2008, citados por ten Brinke et al., 2015). Por su parte, aumentos en los niveles en sangre del cortisol, conocido como “la hormona del estrés”, se han visto vinculados con los comportamientos deshonestos, que a su vez se asocian con un aumento de la presión arterial, la aceleración del ritmo cardíaco, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas (Lee et al., 2015, citado por ten Brinke et al., 2015).

 

Sin duda, podemos observar que de manera individual, el acto de mentir involucra diversos procesos fisiológicos que se reflejan en todo nuestro organismo, sin embargo, si consideramos que somos seres sociales, que es factible que las personas que nos rodean nos pueden ver, robar, engañar o mentir, podemos preguntarnos ¿serán simples observadores pasivos o se convertirán en víctimas de nuestras acciones deshonestas? En este sentido, ten Brinke y sus colaboradores demostraron que el simple hecho de ver a alguien mintiendo, provoca cambios fisiológicos similares cuando experimentamos situaciones que amenazan nuestra supervivencia. 

 

El conjunto de evidencias acumuladas hasta el momento nos da una visión de los cambios funcionales y fisiológicos a corto plazo que se asocian a la generación de historias falsas y/o a la participación en actos deshonestos y que, es probable que directa e indirectamente, tengan un impacto negativo en nuestra salud. Sin embargo, hasta el momento hay poca información sobre las consecuencias a largo plazo para nuestro organismo, lo cual deja abierta la posibilidad de futuras investigaciones.   

Referencias.

  • ten Brinke, L., Lee, J. J.&Carney, D. R. (2015). Thephysiology of (dis) honesty: doesitimpacthealth?. CurrentOpinion in Psychology, 6, 177-182.

  • DePaulo, B. M., Kashy, D. A., Kirkendol, S. E., Wyer, M. M.& Epstein, J. A. (1996). Lying in everydaylife. Journal of personality and social psychology,70(5), 979.

  • Feldman, R. S., Forrest, J. A.&Happ, B. R. (2002). Self-presentation and verbal deception: Do self-presenters lie more?. Basic and applied social psychology, 24(2), 163-170.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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