Corrupción: Más Allá de los Grandes Casos, el Día a Día

El origen de la palabra corrupción proviene de “echar algo a perder”. No es necesario recibir un bien a cambio de un beneficio mal habido, basta con quebrantar la ley, como norma que los ciudadanos nos damos para vivir en armonía, para cometer el acto.

 

Acabar con la corrupción ha sido una promesa común en México aunque no sabemos, a ciencia cierta, si al mexicano promedio le gustaría una vida sin corrupción.

 

Quisiera tocar un ejemplo palpable:

 

Es probable que a muchos no les agrade el proceder de Arne Aus den Ruthen Haag, el ex city manager de la delegación Miguel Hidalgo y su Poder Antigandalla. Tanto en la Ciudad de México como las incursiones que ha tenido en Monterrey, Guadalajara y Puebla, se ha dedicado a hacer cumplir la ley, usando los recovecos que las normas dejan a los ciudadanos y el principio del derecho que dice que a un ciudadano lo que no le está prohibido le está permitido. No podemos dejar de reconocer que esto resulta una bocanada de aire fresco en medio de un problema grave de corrupción que vive el país. 

 

A muchos tal vez les resulte ocioso hacer cumplir las normas más básicas o incluso, para algunos, insignificantes; pero la realidad es que esas pequeñas normas empiezan a hacer diferencia entre un país desarrollado y uno que pretende serlo, pero no se decide a hacerlo.

 

Parece que el problema nace ahí: cuando los ciudadanos empezamos a ver como algo ocioso cumplir la ley, y póngale después de “Ley” cualquier complemento.

 

El proyecto ha caminado por colonias marcadamente distintas lo mismo que por ciudades alejadas, pero en todos lados dan siempre las mismas excusas y con un mismo fin: pedir que se aplique la ley, en las mulas del compadre.

 

Lo mismo personas de altos, medios y bajos ingresos, han puesto prácticamente las mismas excusas para “agandallarse” el espacio público y no cumplir con la ley.

 

Así, gente de escasos recursos usa la vía pública ilegalmente en una suerte de ejercicio de “justicia social” porque está trabajando “honradamente”. Sin mucha diferencia, una persona con alto poder adquisitivo (y algunos suponen que por ello mayor nivel educativo o académico), quiere usar la banqueta por fuera de las normas porque “genera empleos” y cree tener derecho por ello.

 

Las transmisiones en vivo de Arne se acercan mucho a un proyecto de investigación antropológico, por la variedad de manifestaciones que hace la gente en contra de la aplicación de la ley. 

 

Hace un par de años, Enrique Peña Nieto dijo que la corrupción en México era un asunto cultural. Muchos comentaristas se rasgaron las vestiduras, criticaron el dicho y desconocieron el hecho. Personalmente, creo que ese ha sido uno de los comentarios más atinados del presidente; las transmisiones del Poder Anti Gandalla lo ponen en evidencia. 

 

Entre tantos comentarios que le hacen a Arne, hay uno que me pareció sintomático. Quien maneja una cuenta de vecinos de la colonia Granada le cuestionó: ¿crees que con sólo aplicar la ley vas a tener un país mejor? La respuesta (si) fue lo de menos. 

 

La propia pregunta, resultado de la creencia del grupo de vecinos o al menos del manejador de la cuenta que los representa, es que aún con corrupción podemos ser una país desarrollado.

 

Los estudios de corrupción son claros: mientras más corrupto es un país menos desarrollo tiene. No es casualidad que seamos el país menos desarrollado y a la vez el más corrupto de los que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

 

Mientras no estemos dispuestos a sacar a la corrupción de las ecuaciones que guían nuestro día a día, estaremos llenos de razones para no desarrollarnos, seguiremos siendo culturalmente corruptos y ligado a ese subdesarrollo.

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