Reflexiones en torno a la paradoja de la corrupción

El presente texto es una reflexión sobre el concepto de la corrupción. Más que pretender hacer un análisis lexicográfico del término ya mencionado, el interés va encaminado al establecimiento reflexivo de pautas que permitan comprender este concepto como una práctica social. Resulta paradójico el hecho de que este fenómeno sea reconocido como un mal social ante el cual, parece ser, estamos postrados e inermes pero contrariamente al sentido común dependiente de la eliminación de aquellos malestares que aquejan el bien social, somos artífices de la perpetuación del fenómeno. Si la corrupción es un fenómeno que deseamos erradicar habremos de preguntarnos qué es lo que provoca que ésta sea una práctica social constante.


En una de sus adscripciones la Real Academia de la Lengua Española (RAE) dice que la corrupción es una “práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas (organizaciones) en provecho… de sus gestores”. En este sentido, el hombre social está ligado a la corrupción gracias al trato que éste tiene con instituciones sociales y públicas que, en teoría, debieran dar atención a las necesidades particulares de los individuos vinculados a ellas, sin embargo, pareciera ser que la institución presta sus servicios en pos del beneficio de los gestores de la misma. En este caso la definición pone el acento sobre los individuos que tienen el poder, pero habríamos de preguntarnos la labor de la contraparte, es decir, las razones y motivos por los que el ciudadano accede a corromperse.


Para continuar con esta breve reflexión habré de dar una máxima que ha de leerse como una definición complementaria a la dada por la RAE: la corrupción es una manifestación ingrata de la ignorancia. Hemos de hacer notar que esta máxima está llena de lamentables contrasentidos, pues, dice que la corrupción es una expresión de la sociedad, de una sociedad que, como sabemos, requiere de la corrupción para poder seguir adelante como bien lo expresa aquel dicho popular: el que no tranza no avanza. Es así que con este resabio se puede, muchas veces, cumplir con la andanza. Por último, hemos de mencionar que sabemos sin saber, pues, sabemos que todas las instituciones sociales deben avocarse a satisfacer las necesidades de la población o, al menos, a cumplir de forma eficiente con las funciones que les han sido encomendadas.


Pero también sabemos que muchas veces es necesario aportar, por ridículo que parezca, con la causa de uno para poder cumplir con el trámite deseado; aquí surge aquel lema del que nos mofamos muchas veces: ayúdeme para ayudarle. Sabemos que las instituciones deben cumplir con sus funciones pero también sabemos que no lo van a hacer a menos que se les ayude a hacerlo. Tenemos que jugar un rol que se acompañe de ser ignorante, ser el bufón que sabe que sólo burlándose de sí mismo la vida sigue sin tanto estupor.


Sabemos que la corrupción es un mal que corroe a la sociedad y que difícilmente vamos a poder erradicarlo con el mero ejercicio de la voluntad pues, como sabemos, la voluntad se realiza en acto y no sólo con la mera intención. Para ejemplificar este punto utilizaremos a la policía en su doble acepción: como institución y como individuos encargados de representar a la institución, la polis. La institución policiaca se ha encargado de demostrarnos una y otra vez la ineficiencia con la que prepara y elige a sus policías: sobrepeso, poca condición física, respuestas pobres, armas obsoletas, exámenes de confianza con resultados negativos, etc. De eso, como puede intuirse, se sigue que los policías no sean los más eficientes y que en vez de generar una percepción positiva por parte de la población, se les vea como corruptos, ladrones y sinvergüenzas que sólo sirven para explotar al trabajador honrado y no cumplir con su trabajo. Me pregunto si la población conoce las condiciones de trabajo de los policías, si reciben la preparación adecuada, si reciben el equipo necesario, si no son ellos mismos extorsionados por la propia institución y superiores, si se les exigen protegerse con sus propios recursos, etc. La población conoce la respuesta y, al saberla, muchas veces la población accede a establecer diálogos conocidos de memoria que son ensalzados una y otra vez en los dichos, como los ya mencionados, en historias donde conocidos se libraron de la multa y otras más donde hay abuso de poder por parte de la autoridad porque el interés no es preservar la ley sino beneficiarse con el incumplimiento de ésta, claro, bajo la posibilidad de hacerla cumplir.


Tengo la impresión de que muchas veces la costumbre, por no decir la narrativa, nos rebasa, y con esto muchas veces la primera respuesta es la más alejada al deseo cívico. Podemos verlo con el número de denuncias no realizadas, los abusos de autoridad registrados día a día en las redes sociales, los que dicen para qué hacerlo, etc., sin embargo, a pesar de formar parte de esta mezquina costumbre, siempre habrá la esperanza y el deseo de hacer bien las cosas en pos del bienestar social e individual.


Las instituciones deben hacerse valer mediante el cumplimiento eficaz de sus deberes y, por otra parte, los ciudadanos deben acudir a las instancias correspondientes sabedores de sus derechos y obligaciones. No hay demagogias implícitas ni mundos ideales, solo leyes establecidas que velan por los intereses de la nación y sus ciudadanos y, de momento, una realidad que no se asemeja mucho a la que deseamos, mas, será imposible cambiarla si no reflexionamos primero sobre cómo cooperamos a que ésta siga y siga. Mientras no se haga esta reflexión no habrá modo de salvar las paradoja de la corrupción: del saber y no saber para el incumplimiento de la ley mediante la posibilidad de cumplirla.


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