Los Objetivos del Milenio, las Personas de Traje y Corbata y las Mujeres del Siglo XXI

03/01/2011

Cuando en el año 2000 la Asamblea General aprobó la Declaración del Milenio tuvimos una sensación de relajación. Respiramos hondo y por un segundo un guiño tímido unió millones de voluntades. Fue como un regalo. Y no un regalo cualquiera, sino uno de esos bonitos, de aquéllos que parecen envueltos para no abrirse jamás, aún a sabiendas de que el contenido puede defraudar en algunos casos.

Son ocho las metas que desde la Cumbre del Milenio, con 189 jefes de estado y de gobierno, se establecieron como prioritarias y como necesarias para llevar a cabo unos objetivos máximos que, de resolverse, harían de este mundo, al menos, uno más justo.

Teníamos una fecha, 2015. Y recalco el término teníamos porque no entiendo el desarrollo sin compromiso y no entiendo el compromiso sin pertinencia. Los objetivos nos pertenecían a todos y todos éramos responsables de su cumplimiento. Principalmente porque el compromiso fue común, fue mundial y entonces la vieja estrategia de auto-convencimiento de “¡qué suerte hemos tenido por nacer en el norte!” quedó justamente así, vieja.

Si analizamos los Objetivos del Milenio lo sorprendente no son, de manera general, los contenidos de los mismos sino, más bien, su formulación. A nivel conceptual los Objetivos del Milenio persiguen, a grandes rasgos, aquellos derechos que hace años venían clamándose por parte de la comunidad internacional. De este modo son principios sujetos al derecho internacional imperante y más concretamente a la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 e, incluso, a la Declaración de los Derechos de los Niños de 1959, pudiéndose esta última remontarse a la Declaración de Ginebra de 1924. Así pues, nada nuevo. Lo sorprendente de todo este entramado jurídico es la cantidad de veces que la comunidad internacional necesita que se le recuerden las cosas. No es que no fuéramos conscientes de los problemas, sino que pasábamos de puntillas esquivando las salpicadas. Pero la puesta en escena de estos principios y la incursión en la agenda política mundial hacen que las necesidades no puedan ser obviadas. No queremos decir que anteriormente no se tuvieran en cuenta, sino que actualmente el compromiso adquirido si no obliga al menos sonroja.

Lo realmente curioso y que merece, como mínimo, una pequeña reflexión es la formulación de los Objetivos del Milenio. Resulta preocupante que a pesar de que estos principios enmarcan objetivos globales sólo se fuerce a su cumplimiento a medias.

 

Así hablamos de la reducción a la mitad de las personas que pasan hambre, reducir en dos terceras partes la mortalidad de niños con edad inferior a 5 años, reducir en tres cuartas partes la mortalidad materna y al menos detener la propagación de sida. No deja de ser sorprendente. Sobre todo porque es difícil de valorar quiénes pueden ser las personas afortunadas y quiénes deberán esperar. La problemática mundial no puede medirse como una mera estadística. No se puede olvidar que los números, que sinceramente son atroces, dado que rondan los mil millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza, responden a seres humanos y no se puede hacer una distinción cuando se trata de justicia social global dado que ésta no debe potenciar exclusiones.

De todos los Objetivos del Milenio merece especial atención el referente a promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer. Y digo que merece una atención especial porque al fin las mujeres dejamos de ser el eterno eje transversal de las políticas. Nunca entendí qué significaba ser eje transversal. Quizá significaba que éramos el eterno toque de atención. Es decir, éramos aquel eje dentro de una política que podía llevar a la reformulación de la misma, en el mejor de los casos, si por casualidad o con intencionalidad se olvidaban de nosotras. Pero siempre andábamos un paso atrás de la persona de traje y corbata.

Que la problemática de género entrara en la agenda internacional del siglo XXI no fue una casualidad. Los esfuerzos de los años previos dieron sus frutos. Históricamente, cuando surgieron las Naciones Unidas en 1945 tan sólo 30 de los 51 estados originales garantizaban los mismos derechos a las mujeres que a los hombres. Posteriormente y tras decenios dedicados a la codificación de los derechos jurídicos y civiles de la mujer, las Naciones Unidas convocaron a cuatro conferencias mundiales durante el siglo XX con el propósito de mejorar y establecer estrategias que impulsaran el papel de la mujer en todas las esferas sociales.

La primera conferencia llevada a cabo en México, Distrito Federal, en 1975, respondió con la aprobación de un plan de acción mundial, un documento que marcaba las directrices que debían seguir tanto los gobiernos como la comunidad internacional e instituyó organismos representativos de las Naciones Unidas, como el Instituto Internacional de Investigaciones y Capacitación para la Promoción de la Mujer (INSTRAW) y el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM).

En 1979, un año antes de la segunda conferencia mundial sobre la mujer en Copenhague, la Asamblea General aprobó la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) que actualmente se conoce como La Carta Magna de los Derechos Humanos de la Mujer, la cual vincula jurídicamente a todos los países que la han ratificado.

La tercera conferencia en Nairobi en 1985 supuso la consolidación del movimiento de las mujeres a nivel mundial y se destacó por promover un claro avance hacia la igualdad, declarando la necesidad de garantizar la participación de la mujer en la toma de decisiones como algo más allá de su derecho legítimo. Por último, la conferencia de Beijing en 1995 supuso un golpe de efecto. Por primera vez el concepto de género era empleado como apropiado y se abogaba por una reestructuración profunda de las sociedades como única vía para garantizar la equidad de género. En Beijing se aprobó la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing, un documento con doce áreas que eran y son consideradas como las grandes problemáticas y obstáculos a abatir para caminar hacía una auténtica igualdad de género. Cada cinco años estos preceptos son revisados para estimar los logros y sobre todo las nuevas demandas.

Porque si algo no falta hoy en día son demandas. Es injusto, tras lo expuesto, no valorar los

 

esfuerzos realizados. La comunidad internacional está nutrida, al menos, de mecanismos y herramientas para poder actuar y trabajar de manera correcta hacía la equidad de género. Y cuando hablamos de equidad de género nos referimos a una igualdad integral. Es incomprensible que tras todos los catálogos de derechos, que tras todas la conferencias y cumbres aún tengamos a veces la sensación de estar dando los primeros pasos.

En este sentido seguiremos demandando, no sólo terminar con la pobreza como especifica el objetivo número uno, sino que ésta deje de tener rostro de mujer. Seguiremos demandando que la alfabetización sea un derecho más allá de los niños y de este modo romper con la estadística que determina que, del total de analfabetos del mundo, 64% son mujeres; seguiremos demandando un acceso real de la mujer en los puestos directivos y condenando sin impunidad la violencia de género, que en países como España cobró 72 víctimas en 2010.

La mitad del mundo son mujeres y niñas. No contar con ellas es abandonar de manera irresponsable un capital humano de un valor incalculable. Porque si queremos podemos hacer el esfuerzo de recordar. El esfuerzo de recordar cómo una mujer afroamericana decidió decir basta a las leyes racistas de los Estados Unidos, de cómo las mujeres en zonas de conflicto se hacen cargo de sus familias, de cómo las mujeres son actualmente padres y madres en familias monoparentales, de cómo las mujeres gestionan los microcréditos en muchos países y sacan adelante a sus hijos, de un sinfín de cómos interminable que puede ser alimentado por cada experiencia personal de cada una de las mujeres del mundo, que sin exclusión, como la justicia social, son citadas indirectamente en estas líneas con una sonrisa de agradecimiento.

La mujer del siglo XX aún miraba por la espalda a la persona de traje y corbata. En este nuevo siglo parece que intenta dar un golpe de efecto, como una intencionalidad mal percibida de querer volver a un sitio del que jamás se fue. La única diferencia es que los gritos, al final, han terminado por escucharse y los reclamos han hecho que la cuestión de género sea un pilar fundamental en la agenda política actual. Y la voz la han levantado todos. También las personas de traje y corbata. También las personas sin falda. También cualquiera que haya entendido que los estereotipos no tienen cabida en la construcción de un mundo basado en la igualdad.

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