Gobierno, Ecología y Consumo Responsable

05/01/2010

Encendemos la televisión. Aparece un presentador explicando a la audiencia que la economía nacional ha crecido 2% en el último año. La siguiente noticia hace referencia a que la venta de automóviles también se ha incrementado. Datos y datos, que por cuantificables en su naturaleza nos hacen parecer interpretar nuestra realidad económica y social de forma supuestamente racional. ¡Al fin la humanidad ha conseguido cuantificar el bienestar! ¡Al fin las ciencias sociales se aproximan a leyes universales que nos llevarán al crecimiento indefinido!

 

La fiesta ha acabado. Los invitados se han divertido mucho. Han reído, han bailado, han bebido y han comido hasta la saciedad. Pero la fiesta llegó a su fin, y ahora hay en el comedor decenas de latas, vasos, platos y restos de comida que alguien deberá de recoger. Si los invitados son comprensivos con el organizador de la fiesta colaborarán en la recogida, y además lo harán de forma eficiente. Si los invitados únicamente piensan en su interés o sufren los efectos de una intensa borrachera, lo más probable es que la colaboración no tenga lugar.

Este pequeño relato tiene como finalidad hacer referencia tanto a aquellos bienes públicos que desgraciadamente la economía no contabiliza como al individualismo mal entendido que impera en nuestras sociedades actuales.

 

Son bien conocidas las limitaciones que tiene el libre mercado para proveer algunos bienes públicos como la educación, la sanidad, las infraestructuras o el estado del medio ambiente. Ante estos hechos es cierto que algunas de estas necesidades pueden ser solucionadas en parte mediante asociaciones público-privadas, como es el caso de algunas infraestructuras de viabilidad económica demostrable. Pero también nos encontramos con problemas medioambientales que no están incluidos en los precios de los productos que compramos. 

La contaminación acaba convirtiéndose en una deuda que nadie sabe a cuánto asciende y que será pagada a medio o largo plazo.

 

 

Ante esta perspectiva las decisiones tanto de los productores como de los consumidores están escasamente influidas por criterios medioambientales, y más cuando gran parte del consumo se lleva a cabo de forma impulsiva y no responde a una compra racional y premeditada.

Para solventar estos problemas resulta necesario internalizar los costos medioambientales de nuestros comportamientos. Y esto requiere medidas que afectarán no sólo a los productores sino también a nuestras formas de consumo. La tendencia general de los gobiernos de los países más avanzados es la aplicación en sus legislaciones del principio de “quien contamina paga”. Los gobiernos han de imponer impuestos a las actividades contaminantes y utilizar estos ingresos no con afán recaudatorio sino con la intención de emplearlos en medidas incentivadoras de consumo responsable y ahorro energético. Creo que éste debería ser el papel que deben jugar nuestros gobiernos durante el próximo siglo.

El estado debería trasladar los costos medioambientales a quien los causa y premiar las actitudes respetuosas con nuestro entorno. De este modo, los impuestos de circulación de automóviles, por ejemplo, podrían ser utilizados para mejorar el transporte público, ampliar las opciones de movilidad interviniendo en el paisaje urbano o financiar con esos impuestos la investigación de fuentes de energía renovables para que éstas disminuyan sus costos y ganen en competitividad frente a otras fuentes de energía de origen fósil.

El otro pilar fundamental es la información del consumidor, a la que las leyes deben de priorizar, para lo cual sería deseable la puesta en común de unos estándares internacionales respecto a la calidad, impacto medioambiental y obviamente la composición de los productos.

Al principio del artículo me he referido también al individualismo mal entendido que impera en nuestras sociedades. Y es que a menudo el debate de muchos de los problemas medioambientales acaba enfrentando a aquéllos que demandan medidas drásticas por parte de los gobiernos con quienes perciben algunas de estas medidas como un ataque a las libertades personales o como una distorsión del mercado con efectos contraproducentes. Estas dos posturas olvidan un factor que es el del espíritu de la comunidad, es decir, la defensa de valores y bienes públicos hecha desde y entre la sociedad civil. Éste es un campo clave para cambiar nuestras actitudes y comportamientos, y profundizar en nuestra conciencia medioambiental.

 

Apostando por las energías renovables y por un consumo más racional alcanzaremos niveles mayores de eficiencia en el uso de nuestra energía y nuestros recursos. ¿Es esto suficiente? En el campo de la economía a menudo se hace referencia a la paradoja de Jevons. Esta paradoja afirma que un incremento en la eficiencia conlleva un mayor incremento en la demanda. El peligro está en que, incluso suponiendo un escenario en el que se aprobaran unas drásticas medidas que disminuyeran el uso de los recursos naturales por persona, se produjera un aumento de la demanda retroalimentada con un incremento sostenido de la población. En el futuro podría ocurrir que el consumo de recursos naturales disminuyera en términos relativos pero que en términos absolutos se disparara. Y a la naturaleza no le importan los términos relativos, sino los absolutos.

Podríamos afirmar que el consumo responsable en términos medioambientales es deseable, pero no contempla todo el escenario en su conjunto. 

Considero que el consumo responsable es difícilmente aplicable a nivel global, ya que básicamente se trata de una preocupación de las sociedades más avanzadas donde se está iniciando un cambio en pequeños segmentos de consumo.

 

En éstos segmentos los bienes materiales no se venden por ser objetos sino por estar asociados con valores como el ecologismo, la conciencia social o determinadas ideas de vida saludable. Ésta es una nueva fase del consumo de los países más desarrollados que quizá no sea trasladable a sociedades pobres que todavía no han experimentado siquiera el consumo de masas. Hasta que estas sociedades se enriquezcan lo suficiente y sus tendencias demográficas se dirijan hacia la estabilización de sus poblaciones, los efectos de la mayor eficiencia en nuestro uso de los recursos naturales no tendrán una gran repercusión en el mejoramiento de las condiciones ambientales del planeta.

Por último, quisiera remarcar la importancia de la cuestión medioambiental, ya que además de sus implicaciones políticas, económicas y sociales nos presenta la necesidad de adoptar decisiones morales relacionadas con la solidaridad intergeneracional y con la falsa dicotomía entre hombre y naturaleza.

 

 

etiquetas:

Please reload

Artículo de la semana

La deuda urgente del gobierno con el sistema penitenciario

1/1
Please reload

Artículos recientes
Please reload

Secciones
Archivo