Experiencia Docente

05/05/2010

Egresé de la Normal de Profesores Nº 23 de Almoloya de Juárez, México, en el año de 1984. Mencionaré que fui el mejor promedio de la escuela, lo que originó que, el día que nos citaron para entregarnos nuestro nombramiento, acudí con el sueño anhelado, la meta buscada durante cinco largos años.

La ceremonia se realizaría en el Auditorio de la Normal Superior Nº 1 a las diez de la mañana.

En mi caso estaba muy emocionado porque mi nombramiento me lo entregaría personalmente el gobernador del Estado de México, el licenciado Emilio Chuayfett Chemor, era fabuloso. Se nos exigió asistir de forma muy presentable pues estaría sentado con los mejores promedios egresados de todas las normales de la entidad; en fin, todo pasaba como entre nubes. Llegado el día señalado me presenté e inmediatamente me sentaron hasta el frente del auditorio, fue fantástico ver a las autoridades y todo el protocolo con que éstas se desenvolvían. Llegó el momento de subir al escenario por mi nombramiento, todos los amigos al unísono gritando y aplaudiendo, todo era un momento maravilloso. De regreso a mi lugar abrí inmediatamente el fólder que expresaba y acreditaba mi puesto como profesor, leí el nombre de la escuela a la que me habían asignado: “Otilio Montaño” en la comunidad deSanta Cruz, La Rosa, municipio de Villa Victoria.

De nuevo mi mente empezó a alucinar, me soñaba en una escuela grande, mi salón con sus bancas llenas de niños, inclusive pintada de colores elegantes, estaba entre compañeros maestros que me daban la bienvenida junto al director que me recibía con una gran sonrisa, tantas cosas que pensaba en ese momento.

Terminó la ceremonia y corrí a buscar a los compañeros, a compartir las noticias y preguntar dónde había quedado el lugar destinado para trabajar, todos estábamos muy emocionados y deseándonos que nos fuera bien, que éramos los mejores, tantas cosas que ideábamos. Corrimos a casa a informar de todo a nuestros padres para después ir a conocer el lugar al que se nos había designado y empezar a preparar todo lo necesario para el trabajo. Admito que estaba impaciente por conocer mi escuela, mis alumnos, mis compañeros, todo.

Llegó el día de presentarse al lugar soñado, empezar a preguntar dónde estaba la comunidad de Santa Cruz La Rosa. Aquí empezó la realidad de mi gran carrera docente, nadie conocía la comunidad, me daban direcciones equivocadas, lugares que suponían era el que buscaba; simplemente, no lograba encontrar la comunidad, me parecía todo muy raro, no podía creer que me hubiesen dado un nombramiento falso. Se terminó el día y también mis ganas de buscar, llegué a casa desconsolado, triste, pero, me dije, “mañana será otro día”.

 

Nuevamente a buscar a la mañana siguiente y así sucesivamente, no podía encontrar la dichosa escuela. Empecé a sentir ganas de llorar con el paso de los días, más cuando encontraba a mis compañeros, quienes reían de lo emocionados que estaban en sus escuelas, de sus experiencias, de todo lo nuevo encontrado. Para entonces todos ya llevaban dos semanas trabajando y recuerdo la angustia que me invadía cuando me preguntaban cómo estaba mi escuela, querían detalles, detalles que no tenía. Con esto, desesperado fui a buscar al supervisor para pedir su ayuda, llegué con él e inmediatamente me indicó que me esperaría el 17 de septiembre a las diez de la mañana en el centro de Villa Victoria para llevarme a mi escuela, lo cual me dejó un tanto tranquilo, por fin conocería mi escuela. Así, decidí regresar a mi hogar, a contar lo que estaba pasando, me decían como aliento que no desanimara, todo lo que se dice en esos casos de parte de la familia.

Pasé las fiestas patrias desalentado y esperando nuevamente el día soñado, ahora sí que conocería mi escuela, ni modo que el supervisor estuviera equivocado. Me presenté al lugar y hora indicada por el supervisor, quien llegó una hora tarde, imaginarán la desesperación que sufrí durante ese tiempo. Bueno, llegó el supervisor, me subí a su bochito y se enfiló rumbo a Suchitepec, lugar que yo recuerdo ya había revisado. Sin preguntar charlamos de mi excelente promedio, me dijo que estaba feliz, pues me habían mandado al lugar indicado. Llegamos después de media hora de camino a un lugar donde anteriormente había pasado en repetidas ocasiones sin encontrar escuela alguna.

Bajamos del auto, subimos una loma, desde donde empecé a vislumbrar algunas casas y el supervisor tocó en una de ellas, salió un señor que saludó amablemente como si fuéramos viejos conocidos. Así, sin mayor preámbulo el supervisor dijo: “Aquí les traigo a su maestro para que vean que yo sí cumplo la promesa que les hice a ustedes”. El señor me miró, hizo señas no tan agradables y sólo alcance escuchar que decía que estaba yo muy verde, o sea, joven y sin experiencia. No obstante, el supervisor se despidió diciéndome que en cuanto pudiese pasara a verlo a la oficina, a lo que yo asentí con la cabeza.

Mientras tanto, el delegado se metió a su casa e inmediatamente regresó con un cuete en la mano y lo explotó al aire. Yo extrañado sin saber qué pasaría, sólo lo miraba, él notó mi incertidumbre, dijo: “No se preocupe es para llamar a la gente”, así poco a poco se juntaron como treinta señores y señoras. Todos me revisaban y veían mi portafolios, mis zapatos y no retiraban su mirada de mí, los niños sonreían, era todo un espectáculo. En lo personal estaba muy desorientado, no sabía qué sucedía.

Ante esta situación, empezó a hablar el delegado a la gente en dialecto mazahua, lo cual era un gran problema, no entendía nada. Le pedí de favor que hablara en español para que pudiese entender lo que él decía. El delegado sonrió y les contó que era yo el maestro que mandaba el gobierno para educar a sus hijos. Enseguida me llevaron a conocer tres lugares, les pregunté para qué, a lo que respondieron: “Escoja un terreno para hacerle su escuela”. Fue entonces cuando empecé a comprender mi realidad, todos mis sueños se desmoronaron, fue un duro golpe a mi vanidad, cómo era posible que yo, el mejor estudiante con un excelente promedio estuviera en esa situación, no era posible, tenía que existir algún error, pero no, no lo hubo.

Así comencé a enfrentar este nuevo contexto, escogí un terreno muy grande cercano a la carretera, tenía muy buena vista, se podía ver cuando bajaban los carros o los compañeros de otras escuelas, con los cuales diariamente caminaría siete kilómetros de ida y siete de regreso. Procedimos a limpiar el terreno para enseguida ir a una calzada de árboles de oyamel grandes, muy grandes. En este lugar el delegado me dijo que escogiera un árbol, a lo que sorprendido pregunté para qué era, la gente me contestó que era para construir mi escuela. Vaya sorpresa, me iban a construir un aula, qué coraje e impotencia sentí en ese momento, no supe reaccionar sólo atiné a decir que cortaran el que había visto más grande y grueso. Observé cómo la gente derrumbaba el árbol con una rapidez asombrosa, haciendo rajas para los muros y todo de una manera organizada, unos cargando en yuntas de bueyes los troncos para llevarlos al terreno de la futura escuela, todo sucedió en dos días.

Al fin mi gran escuela fue construida, tenía diecinueve niños: diez en primero y nueve en segundo. Enseguida pasé a ser director y profesor multigrado sin experiencia alguna. Procedí a hacer todos los papeles de la escuela. Mencionaré que al final del primer día de clases se me entregó un silbato de barro y se me indicó que serviría para que todos los días al llegar a la comunidad pudiese llamar a clases a los alumnos, quienes inmediatamente saldrían de sus casas, bonita forma de terminar la jornada ese inolvidable primer día de labores.

De regreso a casa fui a comprar una hoja de triplay para construir mi pizarrón y pensar cómo lo llevaría al día siguiente; todo esto fue el comienzo y ha sido parte fundamental de una vida de trabajo docente con veinticinco años de servicio.

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