Sobre las Armas, su control y sus Consecuencias en la Vida de las Mujeres

01/09/2011

Cuando uno habla de control de armas parece encontrarse con un oxímoron. Esto es, una contradictio in terminis. Un concepto como guerra de paz, algo que a primeras parece absurdo pero que en términos conceptuales aún le tenemos un poco de fe.

 

Aún así, por mucho que intento concebir a qué supuestamente debería tenerle más fe, si al control o a las armas, el raciocinio me inclina a poner énfasis al tema del control. Y hacer uso de la razón es útil y necesario, quizás, pero no suficiente. Y cabe enfatizar el suficiente, porque lo que la razón no comprende es cómo una idea que es tan simple de elaborar a nivel mental necesita de límites legales tan explícitos para recordar la diferencia entre el bien y el mal.

 

Así somos. Que las armas de fuego o cualquier uso indiscriminado de la violencia generan un sinfín de consecuencias negativas no es descubrir nada nuevo. Como dijimos, la idea es simple, del grupo de conceptos de causa y efecto, del grupo de lo bueno y lo malo, de lo ético y lo antiético.

 

Hablar de control de armas es paradójico. Las armas son inertes. No funcionan solas y al final todo se reduce a las mismas variables de análisis: las personas y sus actos. Y es ahí donde los Estados se apresuran a garantizar el establecimiento de límites, haciendo uso de la mayor de las prerrogativas, dando a entender que también la confianza en sus ciudadanos tiene límites. El problema radica cuando algo conceptual como es el Estado no predica con el ejemplo y no actúa en relación con los límites que impone.

 

Entonces es cuando surgen las preguntas. Y aunque la pregunta incomodara si nos la hiciéramos muy a menudo, a veces recordar las incomprensiones que surgen con respecto a este tema son necesarias; ¿por qué los Estados no predican con el ejemplo? La respuesta es simple, es una cuestión de dinero.

 

La campaña Armas bajo Control, compuesta por una alianza mundial de organizaciones de la sociedad civil, lucha desde 2003 para alcanzar la elaboración y cumplimiento por parte de los Estados de un Tratado de Comercio de Armas que favorezca la protección de la vida como premisa fundamental.

 

Del mismo modo, la campaña recuerda a los Estados su maltrecha ética al no aplicar los límites que imponen, cuando juegan a la doble moral de un país limpio de armas o con armas bajo control, pero un mundo lleno de municiones fabricadas por ellos que a la par llenan sus arcas. Y la doble moral es, ante todo, un antónimo de justicia. Unir el concepto de doble moral con el concepto de imparcialidad puede llegar a ser mucho más problemático que el análisis de los conceptos que nos ocupan en este artículo.

 


Países como España son un buen ejemplo de lo expresado. Actualmente, este país es el segundo más restrictivo en cuanto a tenencia de armas por parte de particulares. Tal y como se establece en la Constitución de 1978 en su artículo 149.26 el “Estado Español tiene competencia exclusiva en materia de producción, comercio, tenencia y uso de armas y explosivos”. Obviamente el establecimiento de límites legales es positivo. De este modo se especifica claramente el peligro del uso de las armas de fuego por parte de particulares. Aún así, lo que no entendemos es por qué el Estado español concibe que la peligrosidad no se extienda más allá de sus fronteras.

 

A veces que nos digan que vivimos en un mundo globalizado adquiere connotaciones surrealistas. Éste es uno de esos casos. La tendencia a fronterizar las leyes sigue latente, sólo así se entiende que lo ético y responsable en un país se convierta en negocio traspasadas las fronteras. Y el problema derivado de esta coyuntura aún olería peor si investigáramos el esfuerzo económico que realiza un país como España en materia de cooperación internacional y lo comparáramos con los 1,600 millones de euros que engrosaron las arcas públicas el año pasado por la venta de armas a 44 países, de los que hay que destacar un gran número en el norte de África.

 

Puede parecer un insulto, pero no lo es. Vendemos armas y después gastamos para formar un ejército competente que sea capaz de desarticularlas.

 

Buscar respuestas es necesario y seguramente sano; pero si el lector intenta responderse por qué un país como España no analiza sus contradicciones, déjenme que les facilite las respuestas: 1,600 millones de euros es una cantidad nada desdeñable y lo sentimos pero el Ministerio de Defensa nada tiene que ver en materia de cooperación.

 

Hablar del control de armas o del uso de las armas no es tan sólo desde el punto de vista de los Estados. El problema se agranda cuando somos capaces de visualizar rostros, personas o atribuir nombres. Y el problema es aún mayor cuando nos paramos un momento a analizar la violencia propiciada a mujeres y niños.

 

La relación entre las armas y las mujeres es compleja. Según un estudio de Intermón Oxfam, la mayor parte de armas de bajo calibre está actualmente en manos de hombres. Y en este punto las lecturas sobre las consecuencias son necesarias. Desde algunos espectros culturales, y asentado como pensamiento en muchas sociedades, hay quien concibe que la posesión de armas por parte del hombre es justificada como medida de protección hacia la mujer y su familia. Pero sin duda esta lectura es en muchos casos errónea.

 

Resulta difícil ser capaz de diferenciar el límite del uso de la fuerza cuando hay un arma de por medio. Puede que la lectura fuera válida si nos encontráramos en un escenario donde la discriminación que sufre la mujer fuese un tema del pasado pero, desgraciadamente, en la actualidad sigue estando muy latente. En este sentido, no sólo la lectura de la supuesta protección no nos sirve, sino que nos preguntamos ¿dónde está la frontera de la realidad entre el sentido de propiedad y el uso de la fuerza como mecanismo de protección? Posiblemente, si pusiésemos sobre una balanza cualquiera de las dos opciones, ésta, tristemente, se decantaría por la primera. La realidad de la posesión de las armas está funestamente relacionada con la percepción de la posesión. De la mujer como posesión. De la mujer como propiedad.

 

La propiedad como algo privado dentro del ámbito privado. Y así parece que todo queda en casa y que los problemas quedan encerrados entre cuatro paredes. Porque hasta la fecha la violencia de género es vista más como una violación de los derechos humanos que como un homicidio, y lo que a veces se les olvida a los que cifran la violencia intrafamiliar es entender que en los hogares  donde hay un arma de fuego no reina más la concordia y la paz, sino que el nivel de coacción alcanza cotas insospechadas y la capacidad de resistencia de la mujer se reduce de manera notable.

 

Pero aún así, las mujeres no sólo sufren por la posesión de armas en el ámbito familiar.

 

En muchos conflictos se profundiza la discriminación a la mujer con violaciones físicas sistemáticas. El ataque al actor más débil, que no sólo sufre las consecuencias de las armas de manera directa, sino que es preciso evaluar todas las consecuencias secundarias de su uso, todo el entramado que se nos olvida leer pero que es necesario plasmar.

 

Así es. La mujer, en muchos casos, sufre la pérdida de su pareja en conflictos armados o sufre el desplazamiento de su familia por el mismo motivo. Y si el mundo fuera justo, jamás se sentirían desprotegidas o desamparadas. Pero el mundo no lo es. Aunque quizás no es el mundo quien tenga que serlo. Quizás no es una solución proponer que un concepto aplique justicia.

 

Al final todo se reduce a las mismas variables de análisis que apuntamos: las personas y sus actos.

 

Las armas son inertes. No funcionan solas. Es el momento de que el control nos lo apliquemos a nosotros mismos.

 

 

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