La Educación Mexicana en Vilo: Entre lo Eficiente y lo Factible

04/09/2012

 

La educación es uno de los pilares fundamentales de un Estado y día con día los gobiernos de los distintos niveles, los sindicatos educativos, los padres de familia, los estudiantes, las empresas y las organizaciones comunitarias definen el acontecer del país en torno a este tema. En este tenor, la política educativa es delimitada por diversos grupos de poder que, como entes de presión, discuten temas de organización, métodos, contenidos, objetivos, infraestructura y acceso a la educación en sus distintas facetas: educación básica, media, media superior y superior. No obstante, en el caso mexicano el papel fundamental siempre recae en responsabilidad directa sobre el gobierno, que rinde cuentas a la sociedad, con ello, el éxito o fracaso de las políticas públicas, en general, y de la política educativa, en particular, se ve reflejado en el modus vivendi de los distintos sectores sociales que conforman la nación y en el  desarrollo global del país.

Las instituciones internacionales, producto de los años de la posguerra, aunadas a los estados democráticos y al modelo económico de libre mercado, han recontextualizado el obrar de cada país en torno a su modo de gobernar frente a este tejido globalizado. Los estudiantes, que son el presente y futuro de cada nación, son preparados para enfrentarse a sus colegas de todas las regiones del mundo, con culturas y costumbres muy distintas, pero coincidencias casi irreconocibles en los aspectos de la vida profesional. En este sentido, los países que no han logrado insertarse en esta nueva carrera mundial y desarrollar fuerza de trabajo competitiva quedarán fuera de la competencia internacional, de su creciente esfera económica y, finalmente, su desarrollo se irá mermando hasta quedar en vilo.

México ha logrado subirse al carro de la globalización a partir de las reformas económicas de los años 80 y 90, no obstante, sigue rezagado en materia educativa, lo que no augura buenas oportunidades para el futuro de nuestro país. Esto si tomamos en cuenta las predicciones teóricas que la economista rumana Irma Aderman puntualizó en su teoría del desarrollo de los países desde los años 80, mencionando que primero es necesario invertir en educación y con esto se iniciará una mayor redistribución social, que permitirá el crecimiento del capital humano para, finalmente, cosechar los frutos del crecimiento económico.

No obstante, en México no se ha logrado cosechar este glorioso capital humano; esto se refleja en un evidente rezago en la educación, que podría deberse en gran parte a la falta de una reforma estructural de fondo en este rubro que delimite una operatividad menos centralizada de la administración educativa.

Durante los años 90 se hicieron modificaciones en esta materia, sin embargo, nada atacó la raíz del problema del bajo nivel educativo, denotado recientemente por los estándares de medición internacional, como es el caso del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), donde en los recientes años México ha quedado en los últimos lugares, lo que significa, de acuerdo con información de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que de cinco niveles posibles, estamos en el uno, por lo tanto, no tenemos las mínimas herramientas de procesamiento de información ni de razonamiento matemático y falta reforzamiento en ciencias.

Como se ha visto en las negociaciones que giran en torno a la política educativa, estos cambios no han sido posibles debido a los variados intereses de los actores en juego y el difícil dilema de cooperación, fácilmente explicable y modelable por la toma de decisiones racionales y la teoría de juegos, respectivamente (modelos que buscaremos abordar más adelante).

Además, el gobierno como actor más poderoso y como hacedor de políticas públicas se encuentra en la paradoja de lograr un equilibrio económico o un equilibrio político a la hora del diseño e implementación de las políticas públicas, paradoja estudiada por la economía política. Deborah Stone define esta contradicción como dos niveles de la política pública y asume que todo gobernante oscilará entre uno y otro. El nivel sustantivo analiza la eficiencia de la política, mientras el nivel político se encarga de encontrar la factibilidad política que destrabe la lucha de intereses frente al diseño institucional de la política pública.

Asumimos que el diseño y ejecución de una política pública se dará más comúnmente en el nivel político. Por ejemplo, el concurso de plazas para los maestros de orden federalizado, afiliados al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Ésta es una política pública que busca encontrar un equilibrio entre las distintas fuerzas que demandan plazas de trabajo para los nuevos egresados (futuros profesores) y el gobierno de un estado.

El modelo de economía política explica que, dada esta política pública, inevitablemente existirán ganadores y perdedores. Los supuestos perdedores serán la gente que no haya conseguido plaza de trabajo y sus repercusiones serán inmediatas y visibles, lo que les incentivará a la acción colectiva para fungir como un actor de presión frente a esa política. Mientras tanto, los ganadores serán el gobierno, empleadores y estudiantes que no verán beneficios a corto plazo debido al periodo de retraso en la influencia de una política pública, o la encontrarán dispersa, lo que no provoca incentivos para apoyar la eficiencia de dicha política pública.

Finalmente, podemos resumir que el diseño de una política pública puede darse solamente con la participación de todos los actores relacionados directamente, quienes obrarán de forma estratégica y de acuerdo con sus intereses haciendo uso del tiempo, instituciones, movilizaciones y de todo lo que se puedan valer, ocasionando que la mayoría de las decisiones tomadas sean ineficaces.

En México es urgente que se den cambios estructurales en el sistema educativo, pero, para que se logren, es menester que los diversos actores estén comprometidos con una misma causa y objetivos, aun difiriendo en sus medios e intereses, pero alineados en un mismo fin, aunque ello atente contra la racionalidad de sus ganancias.

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