¿Expulsión o Extensión de Comunidad? Las Comunidades Indígenas Trasnacionales

 

En México el fenómeno de la migración representa una estrategia de subsistencia, interconectada con el sistema mundial. En los municipios de Ixtlahuaca y San Felipe del Progreso, en el norte del Estado de México, la migración es un proceso recursivo, dada la polarización de la riqueza y el acceso diferenciado a la educación, la propiedad de la tierra, los servicios y el empleo.

 

 

Esta polarización de recursos y oportunidades ha preservado e, incluso, intensificado la migración, en la que es posible reconocer dos tipos de movimientos migratorios: primero, la migración nacional donde las personas, familias o comunidades migran a otras ciudades, dentro del país; y, segundo, la migración internacional o transnacional, que consiste en la expulsión de trabajadores a otros países.

La migración nacional se ha caracterizado por ser parte del fenómeno migratorio campo-ciudad y San Felipe del Progreso e Ixtlahuaca han llegado a tipificarse dentro de los principales municipios expulsores de nuestro estado. Durante las décadas de 1960 y 1970 la migración fue considerada una estrategia familiar y los lugares de destino de la población mazahua migrante, hasta la década de 1980, habían sido el Distrito Federal y su zona metropolitana, así como las zonas industriales y urbanas de la región de Toluca y, en menor medida, Atlacomulco y las ciudades fronterizas (Ciudad Juárez, Reynosa, Matamoros, Tijuana, Piedras Negras).

Las primeras generaciones de migrantes hacia el interior de la República Mexicana se caracterizaron por la formación y expansión de redes y unidades domésticas, a través de las cuales familias extensas se incorporaban a la vida urbana. Los motivos de la migración eran insertarse al medio laboral, pero, debido a las desventajas y desigualdades en las ciudades, fueron empleados en el sector informal, principalmente como trabajadores de la construcción, empleadas domésticas y, más tarde, vendedores ambulantes.

El flujo de migrantes era pendular, debido a que laboraban durante la semana y regresaban a sus hogares los fines de semana, días festivos, fiestas familiares, patronales y religiosas. La frecuencia de visitas mantenía y estrechaba las relaciones familiares y comunitarias. Así, los migrantes fueron agentes de cambio, debido a que eran portadores no sólo de bienes, sino de conocimientos e información a sus comunidades de origen.

Los inmigrantes indígenas en la ciudad de México son los indígenas desintegrados —de los que hablan Roger Bartra (1986, pp. 325-353) y Lourdes Arizpe (2006)—, cuyas condiciones de desigualdad y discriminación los obligaron a formar los cinturones de miseria en la zona metropolitana del centro del país, como en el caso de Los hijos de Sánchez (Lewis, 1978).

Paulatinamente, a medida que los migrantes consiguieron subsistir y obtener ventajas en su condición de emigrados, se establecieron temporal o definitivamente. Aunque ello también trajo consigo desarraigo y pérdida del sentido de pertenencia, dada la discriminación y prejuicios que existen en nuestro país en torno a los indígenas. Los indígenas emigrados suponían que al olvidar la lengua, la vestimenta tradicional y el origen, se despojaban de estereotipos y disminuirían las diferencias físicas y culturales con la sociedad mayoritaria.

En el caso de la migración transnacional, característica del municipio de San Felipe del Progreso, los migrantes se dirigen principalmente a Estados Unidos y Canadá. En las décadas de 1940-1970, la migración a Estados Unidos se caracterizó por ser mano de obra campesina y por contratos temporales, a través del Programa Bracero (1940-1964), creado para satisfacer la demanda de fuerza de trabajo en los campos agrícolas estadounidenses y reemplazar a los hombres que habían ido a la guerra. Miles de trabajadores mexicanos fueron mano de obra barata y este tipo de migración ha sido una opción de vida para las generaciones posteriores. En la década de los 80 y 90 la migración a Estados Unidos se intensificó, debido al crecimiento de la desigualdad, pobreza y desempleo entre los trabajadores agrícolas.

La migración a Canadá, a diferencia de la migración a Estados Unidos, es temporal, ya que depende de contratos para trabajar en los campos agrícolas, debido a que las empresas seleccionan su mano de obra y facilitan la entrada (y salida) de los migrantes.

La expulsión masiva de hombres y mujeres indígenas es una externalidad que conecta el ámbito local de las comunidades indígenas mazahuas con el sistema mundial. Evidentemente, los flujos de información y recursos económicos internacionales —las remesas— no sólo constituyen un ingreso importante para las familias mazahuas y para la economía mexicana, también son generadores de cambios materiales y socioculturales.

Pese a los argumentos pesimistas acerca de la migración —como el abandono del campo, la escasa inversión en la agricultura, dependencia, inflación, polarización social y salarial, inestabilidad y la destrucción del proceso económico—, es importante reconocer que mediante los ingresos de las remesas se estimula el desarrollo económico local y las mejoras en algunos servicios públicos para las comunidades de origen (carreteras, suministro de agua y alcantarillado, entre otros), muestra de ello es el programa Tres por Uno del Gobierno del Estado de México.

En el caso de la migración transnacional, el hecho de que los migrantes logren establecerse en sus lugares de destino no ha significado que pierdan el contacto con su familia. Aunque es probable que esa comunicación se pierda cuando los descendientes de los migrantes ya no tengan lazos afectivos y vínculos culturales con sus familias o lugares de origen.

Con el flujo migratorio a Estados Unidos, las comunidades y las familias mazahuas se vuelven familias y comunidades trasnacionales, porque ahora una parte importante de la población es migrante, pero sigue vinculada a sus comunidades de origen, a sus familias y a su cultura. En consecuencia, los envíos de dinero de los migrantes no sólo complementan el ingreso familiar sino que con regularidad son empleados para la reproducción social y cultural, al utilizarse tanto para actividades productivas como en la religión y festividades. Con ello, los emigrados mantienen un papel activo en sus lugares de origen.

A su vez, las necesidades de comunicación de estas familias y comunidades transnacionales incentivan el empleo de nuevas tecnologías de comunicación en la vida cotidiana. Los migrantes no sólo activan y renuevan nuevas formas de mantenerse relacionados con su comunidad, como destinar dinero para las fiestas religiosas, los servicios de la comunidad, la participación en el sistema de cargos o mayordomías, entre otros.

Las condiciones de la vivienda también se han vuelto relevantes, porque cuando la migración no era tan intensa había más homogeneidad en el diseño y construcción de la vivienda al interior de las comunidades, y con esta homogeneidad nos referimos a que los hogares eran construidos con materiales comunes como el adobe (mezcla de lodo y paja), sin piso, sin servicios, con tamaños y estructuras de la vivienda1 similares. Actualmente, es más probable encontrar diferencias en la vivienda entre los hogares donde hay migración internacional, que entre campesinos y mazahuas que no reciben remesas. Los emigrantes no sólo destinan la aplicación de las remesas a bienes de consumo, sino también una parte importante es para la construcción y mejora de sus viviendas. En consecuencia, el cambio en el paisaje cultural ha sido una de las externalidades de la migración transnacional.

Los primeros cambios en la vivienda consisten en la sustitución de materiales, dimensión y uso de los espacios. La manifestación de los cambios en la vivienda había sido principalmente en cabeceras municipales y asentamientos concentrados, hasta que la migración cambió ese orden, debido a nuevas edificaciones entre asentamientos dispersos y en áreas donde no hay servicios. Con diseños innovadores que conservan partes tradicionales como la cocina de humo, con el fogón y el altar.

Los diseños son llamativos, una mezcla de estilos que introducen en las comunidades nuevos materiales (como: pisos de pasta, loseta, talavera, parquet) y acabados (pilastras, ventanales, cornisas voladas, pináculos, arcos, bóvedas y otros), que las construcciones tradicionales no tenían, el resultado son construcciones únicas y diferenciadas que contrastan con el paisaje de la vivienda tradicional y la geografía de los municipios. Podríamos decir que los migrantes y las familias indígenas no sólo están recombinando e inventando sus propios espacios privados, sino también el paisaje de las comunidades indígenas.

La inversión en la vivienda es más común entre migrantes solteros y matrimonios jóvenes, en tanto los migrantes padres de familia tienen la obligación de proveer a sus familias y sus prioridades son los gastos relacionados con la alimentación, gastos escolares, salud, compromisos con la comunidad, entre otros.

Para la población indígena mazahua, independientemente de las políticas antimigratorias, la migración es y seguirá siendo una alternativa para mejorar las condiciones de vida en el ámbito local. Y para los niños y jóvenes de estas localidades, los emigrantes son modelos a seguir y representan una alternativa para aquéllos que no logran acceder a la educación o a la vida productiva en sus lugares de origen.

Hoy es posible decir que la diferencia entre las familias indígenas, de los municipios de Ixtlahuaca y San Felipe del Progreso, son los ingresos a partir de las remesas, ya que las familias con migrantes se distinguen por sus consumos, diseños y materiales de sus viviendas, inversión productiva y contribución económica en la vida religiosa.En pocas palabras, las familias receptoras de remesas pueden distinguirse de familiares que no reciben estas transferencias, debido a que su nivel de vida sobrepasa el de la comunidad.

En términos generales, los efectos migratorios en los ámbitos locales son relevantes porque están relacionados con procesos y escenarios más complejos y extensos.

1 14% de las remesas, según estudio de Guadarrama Romero, (2007, p. 67).

Fuentes consultadas

Arizpe, Lourdes (2006). Culturas en movimiento,interactividad cultural y proceso globales. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias.

Bartra, Roger (1986). “El problema indígena y la ideología indigenista”. En Carlos García Mora y Andrés Medina, La quiebra de la antropología social en México (pp. 325-353, vol. 2). México: Universidad Nacional Autónoma de México/IIA.

Guadarrama Romero, Xóchitl (2007). “Reacción social femenina ante la migración trasnacional en la región mazahua del Estado de México”. Tesis de Maestría. Toluca, Estado de México: Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma del Estado de México.

Lewis, Oscar (1978). Los hijos de Sánchez: autobiografía de una familia mexicana. México, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

. México, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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