No es la Tercera Guerra Mundial, Es la Primera Guerra Global

 

Estamos en guerra. Sí. No ha empezado ahora sino hace ya algunos años. No deberíamos haber llegado a esto, pero hemos llegado y cuanto antes sepamos dónde estamos, antes podremos ponerle fin.

 

No es la Tercera Guerra Mundial, es la Primera Guerra Global. Los que lucharon en la Primera Guerra Mundial llamaron a la suya “la última de todas las guerras”, y lo mismo deseamos nosotros que sea ésta. Entonces no pudo ser. El tiempo y las decisiones que se tomen dirán; no tengo materia de futurólogo ni de vidente. 

 

Voy a basar mi idea de “Primera Guerra Global” en ideas previas de dos autores, que no pretendían referirse a este asunto. Por una parte en las distinciones de Celestino del Arenal entre el proceso de mundialización y el de la globalización; y por otro, algunas reflexiones de Vilma Liliana Franco Restrepo sobre las guerras civiles, aplicando a escala global lo que ella bien argumenta a escala local. Mostraré primero las mimbres y con ellas luego haré mi propio cesto. 

 

Según Del Arenal: “La mundialización es el proceso que nos lleva desde un mundo marcado por la existencia de distintas sociedades internacionales particulares, incluso sin contacto entre sí, existente a mediados del S- XV, a un mundo caracterizado por la existencia de una sociedad internacional mundial y universal, por obra de una de esas sociedades internacionales particulares, la Cristiandad Medieval, a través de un proceso de expansión, conquista y colonización del resto del planeta, que culmina a principios del siglo XX, con el dominio de Occidente sobre todos los espacios terrestres. […] Se pasa a un mundo caracterizado por la existencia de un espacio y un tiempo únicos, es decir, mundiales, que, por otro lado, serán la noción del espacio y del tiempo propios de Occidente, que se impone a nivel planetario”.

 

“Si la mundialización supuso la unificación y dominio del espacio y del tiempo terrestres a escala planetaria por parte de Occidente, […], la globalización, en cuanto proceso, igualmente dominado por Occidente y, en concreto, por los Estados Unidos, que va directamente unido a la revolución científico-tecnológica en el campo de la información y la comunicación y a las decisivas transformaciones que experimente el sistema capitalista, a partir de la década de los años setenta del siglo XX, influyéndose mutuamente, supondrá no ya el dominio y la unificación, sino la superación del tiempo y el espacio como condicionantes de la actividad humana con efectos sistémicos, reforzando, en general, el dominio occidental, tanto en términos políticos y económicos, como sociales y culturales, sobre la actual sociedad global”.

 

Un concepto muchas veces interpuesto entre los dos anteriores es el de “universalización”; pero éste debe entenderse como la aplicación en términos jurídicos de derechos y deberes mundializados o globalizados.   

 

Por otra parte, Vilma L. Franco, expone que “La agrupación amigos-enemigos y la organización en armas de los ciudadanos […] es también una manifestación del rompimiento del consensus iuris”, de la desconfianza en la justicia como medio de resolución de disputas; y  añade que “Como afirma Schmitt, no son los motivos religiosos, morales o de cualquier otro tipo los que asignan el carácter político a la guerra, sino la distinción amigo-enemigo”. 

 

“Además de las funciones coercitivas y económicas, el Estado moderno capitalista está particularmente llamado a cumplir una función de cohesión, que haga creíble su presentación como […] encarnación del interés general” […] Detrás de las guerras civiles por motivos étnicos o religiosos […o económicos, o por varias razones a la vez, podríamos añadir aquí] se esconde el problema de la integración política”  y el de la integración social, añadiremos. 

 

Tenemos por tanto aquí, tres elementos interesantes a tener en cuenta. En primer lugar, que distintas partes entrarán en conflicto a falta de confiar en una justicia superior. Observamos que esto también es válido a escala global o regional. La falta de una autoridad jurídica superior, reconocida por las partes en conflicto es un detonante de una explosión violenta del mismo. En segundo lugar, para identificar a las partes de un conflicto debemos basarnos en autoidentificaciones sobre quiénes consideramos amigos y heteropercepciones sobre quiénes consideramos enemigos. Entender el conflicto como un problema de identificaciones es lo que nos permitirá preguntarnos: ¿identificaciones en torno a qué referentes? Este enfoque del problema condicionará el enfoque de su transformación o resolución. Pero en relación a la primera idea (la falta de una autoridad jurídica superior reconocida por todas las partes), los referentes de identificación son los intereses compartidos frente a los que se consideren una amenaza para el disfrute de dichos intereses. En tercer lugar, el problema de la integración política, es el problema de darle voz a los sin voz. Negar la existencia de grupos con intereses distintos, intentar silenciar sus voces es, posiblemente, una manera de abocarlos al grito del conflicto armado. No es esto una justificación de la violencia; pero conviene recordar el derecho a la legítima defensa ante el abuso de la autoridad; el derecho de rebelión consagrado per la Escuela de Salamanca desde el renacimiento. Ciertamente, los oprimidos por un tirano pueden llegar a convertirse en tiranos aun peores, la Historia nos da ejemplos sobrados. Lo que aquí se pretende, es hacer ver el problema de la representación, como elemento de prevención de conflictos y de paz positiva; y tenerlo en cuenta también a la hora de buscar soluciones realistas a los conflictos.

 

Entonces, ¿ante qué tipo de conflicto estamos? ¿Por qué debemos considerarlos la Primera (y esperemos que última) Guerra Global?

 

Si, como nos decía Del Arenal, la mundialización culmina a principios del siglo XX, la llamada Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, no es sino la última de las guerras de ese periodo. Una guerra con caballos, sables y aviones forrados de tela. Es una guerra clásica, al estilo de las guerras napoleónicas, con los avances tecnológicos de su tiempo, pero es una guerra nacionalista. Es imperialista ya que los imperios francés, inglés y americano, van a aparecer como los dominantes a nivel mundial; y es a la vez antiimperialista porque va a destruir a los imperios alemán, austro-húngaro, ruso, otomano y chino. Pero realmente no deja de ser una guerra nacionalista europea, con muy pocos escenarios bélicos en el resto del mundo con relevancia o incidencia en el resultado del conflicto. Parece mucho más apropiado llamarla “La Gran Guerra” (europea), no la primera de una serie sino la última de otra serie anterior. Al entrar en la Gran Guerra, ciertamente el dominio de Occidente a nivel mundial era tan extenso que sí que puede hablarse de esa “unificación del tiempo y el espacio” que nos decía Del Arenal.

 

Tras la Gran Guerra, se entra en el periodo de los totalitarismos (ya en forma de encubiertas democracias populares o abiertamente como dictaduras) frente a los imperialismos (con su barniz de democracias parlamentarias).  Totalitarismos de Rusia, Alemania, Japón y China (estos dos últimos en una larga guerra entre ellos de carácter imperialista) frente a los imperialismos de Francia, USA y Reino Unido. La pretendida unidad de tiempo y espacio lograda en el complicado equilibrio de poder de anteguerra, se rompe realmente con el triunfo de la revolución soviética en Rusia. Por eso, tras la Gran Guerra la mundialización entra en crisis. Mientras que la llamada hoy Primera Guerra Mundial, es la última del proceso de Mundialización, la llamada Segunda Guerra Mundial es la que evidencia dicha crisis de la Mundialización. Es una guerra de ideologías que, en puridad, podríamos llamar, esta vez sí, Guerra Mundial. La tecnología alcanza la cima de la destrucción y los escenarios relevantes se reparten por casi todo el mundo (a excepción de los continentes americanos). Como la cuestión ideológica de fondo queda sin resolver (se mantienen los totalitarismos soviético y chino frente al neoimperialismo anglo-americano), esta Guerra Mundial se acaba con un cierre en falso, que da paso al epílogo de la Guerra Fría.

 

Con la caída de la URSS, y el desarrollo de las nuevas tecnologías (que a su vez fueron causa de la caída de la propia URSS, mucho más industrial que neotecnológica), se entra en la Globalización, en los términos ya perfectamente descritos por Del Arenal. La Primera Guerra Global no ha comenzado con ataques armados, por la sencilla razón de que la guerra global responde a mucho más que la guerra militar (entre estados o contra grupos terroristas). La Guerra global comenzó con una guerra económica y cultural. El enorme poder de las transnacionales, casi independientes de los Estados en los que fijan su sede, las convierte en actores de la política internacional responsables. Opacos pero responsables de lo que ocurre. La importancia que toman las identidades y los procesos sociales de identificación de todo tipo (religiosos, profesionales, lingüísticos, ecológicos, etc.), está generando una sociedad civil activa que también es responsable por acción u omisión de cuanto acontece. 

 

Estamos en lo que Mary Kaldor llamó Nuevas Guerras, sumado a lo que Frank Hoffman llamó Guerras Híbridas y lo que Bauman llamaría Guerras Líquidas. Una concepción de la guerra que no tiene nada que ver con las dos llamadas guerras mundiales, totalmente convencionales. Si nos empeñamos en creer que estamos ante una Tercera Guerra Mundial, estaremos ante un enfoque clásico de la guerra que ya no existe. Estaremos afrontando los problemas de hoy y del mañana con respuestas del ayer (lo contrario de lo que recomendaba el Padre Arrupe). Si por el contrario, decimos “No a la Guerra”, pensando que no estamos en guerra y no queremos entrar en ella, estaremos negando la evidencia, simplemente porque no han entrado aún totalmente en juegos los componentes convencionales. Sí. Estamos en guerra, pero esta guerra nada tiene que ver con las dos anteriores. Ya no es una guerra nacionalista como la Gran Guerra. Tampoco una guerra ideológica, como la (Segunda) Guerra Mundial. Es una Guerra por el modo de vida. Es la Primera Guerra Global. Indiscutible que lo económico subyace a todas las guerras porque una economía estable sustentará el poder de las naciones, promoverá la victoria de un discurso ideológico o permitirá unos elevados niveles de vida. Pero en el fondo, el poder económico se busca para mantener un modo de vida. El petróleo no se come; pero con el petróleo, todos podemos tener un carro (coche), estar calentitos en casa, distribuir los productos de nuestras fábricas, viajar en vacaciones a lugares exóticos y seguir disfrutando de unos cómodos niveles de bienestar.

 

Necesitamos ser conscientes de que estamos ante algo nuevo para buscar, todos juntos, nuevas maneras de solucionarlo y lograr, esta vez, que sea la última de todas las guerras. Para ello, nadie puede ser excluido de estar sentado en una mesa de negociación. A nadie le debe ser negada su representación. Cada parte debe hacer su trabajo. No se solucionará sólo por vía militar, pero lo militar no debe excluirse. No se solucionará sólo con diálogo, pero el diálogo es un imperativo. No se solucionará si no entramos en las causas económicas que sostienen el modo de vida acomodado que disfrutamos y al que quizá no queremos renunciar. La Primera Guerra Global requiere un enfoque global, económico, cultural, político, militar, social, civil; o será una guerra mucho más larga que las dos anteriores. 

 

Los atentados de Nueva York, Madrid, Londres o Paris, han servido para despertar la conciencia de un mundo dormido en las comodidades de la vida. De personas que reclaman más y más derechos que en el resto del mundo siguen siendo lujos. Occidente, desde el que tiene un mínimo de cobertura sanitaria, educación pública, agua potable, calefacción y acceso a internet, ya vive mucho mejor que miles de millones de seres humanos que viven sin todas esos lujos. Aquí, si nos recortan un poco, protestamos. Y está bien defender lo conseguido. Más aún cuando vemos que detrás de nuestros recortes hay mucha desigualdad y corrupción a nivel local. 

 

Pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez si eso que hemos conseguido es sostenible gracias a la explotación de muchos en otras partes del mundo? ¿Estamos dispuestos a recortarnos para afrontar un enfoque global de una guerra global? ¿O es más fácil seguir culpando al capitalismo, a las religiones, a las naciones o a las transnacionales? ¿Realmente acabando con la corrupción y desigualdad a nivel local terminaremos con esta Primera Guerra Global? ¿Acaso sería más justo nuestro país con gobiernos honrados que nos traten a todos con la mayor igualdad posible, si eso se hace a costa de la desigualdad mundial respeto a otros seres humanos de otros Estados? Claro que esas cuestiones también deben resolverse; pero ese no es el tema del presente artículo. El tema ni siquiera es cómo afrontamos esta Guerra Global, no se puede ser tan pretencioso como para querer dar con una receta a un problema tan complejo con cuatro páginas. El tema es argumentar por qué estamos en un nuevo modelo de guerra y por qué ya no nos sirven los parámetros anteriores.

 

Si seguimos buscando un último culpable, poco importa si unos dicen que es el islam, la libertad, la desigualdad, el capitalismo o lo que sea. Todas las respuestas que nos intentan ofrecer son parciales. En un examen tipo test tendríamos que marcar la casilla de “todas son falsas”.

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