Desde la Agresión a la Violencia



La agresión se ha entendido tradicionalmente como la manifestación de comportamiento que tiene intención de provocar daño físico a otro individuo con el fin de promover la conservación del organismo y la supervivencia de la especie. El hecho de que esta conducta se haya preservado a lo largo del tiempo y la evolución refleja su valor adaptativo en determinados contextos caracterizados por ambientes hostiles y situaciones de escasez. Sin embargo, en el caso de los seres humanos, la conducta violenta reflejaría la expresión de agresividad dirigida hacia otros sujetos de forma indiscriminada y recurrente, sin ningún tipo de ganancia o valor evolutivo, y representa un problema grave que acarrea consecuencias negativas para el individuo y la sociedad (Alcázar-Córcoles, et al, 2010).

Para Erich Fromm, se debe distinguir en el hombre dos tipos de agresión. La primera, que comparte con todos los animales, es un impulso programado para atacar (o huir) cuando están amenazados intereses vitales. Esta agresión es “benigna”, defensiva, está al servicio de la supervivencia del individuo y de la especie, es biológicamente adaptativa y cesa cuando cesa la amenaza. El otro tipo, la agresión "maligna", o sea la crueldad y destructividad, es específico de la especie humana y se halla ausente en la mayoría de los mamíferos; no es biológicamente adaptativa; no tiene ninguna finalidad y su satisfacción es placentera (Fromm, 1992).

Sin embargo es importante aclarar que la agresividad-agresión se considera como un fenómeno distinto a la violencia. La agresividad es una acción no premeditada de defensa, desencadenada por un estímulo amenazante, mientras que en la violencia sí existe premeditación e intencionalidad por parte de quien la genera.


Existen evidencias suficientes como para considerar que la violencia es elegida por quien la genera como una estrategia de acción, dirigida hacia un objetivo con el fin de conseguir algo a quien la ejerce. No es un producto innato o instintivo, sino que es una inevitable consecuencia de fuerzas sociales y psicológicas predeterminadas. Parece indicar que la violencia es aprendida y está causada por una interacción compleja de factores biológicos, socioculturales, cognitivos y emocionales que ocurren en el tiempo. Con la observación de un modelo violento, un individuo puede aprender las consecuencias de su conducta, cómo lo hace, a quién debe ser dirigida, cuál es la justificación, qué necesidad satisface y cuándo es apropiada. Sin embargo, desde un punto de vista psicológico, la violencia proyectada sobre personas requiere de mecanismos de desconexión moral muy poderosos y, por lo tanto, de un entrenamiento psicológico o moldeamiento intenso.


Aaron Beck (2002) considera que la forma de pensar de personas que se ven envueltas en actos violentos, muestran distorsiones cognitivas, ya sea individualmente o como miembros de un grupo: (1) sobre-generalización (el enemigo es toda la población); (2) pensamiento dicotómico (la gente es “totalmente buena” o “totalmente mala”); y, (3) visión de túnel o estrechez una vez que están inmersos en su “misión”, centrando su pensamiento y sus acciones exclusivamente en la destrucción del objetivo (Trujillo, 2006).


Existen múltiples clasificaciones de la conducta agresiva, pero la más empleada en la actualidad es la diferenciación entre agresión premeditada y agresión impulsiva. La agresión instrumental o premeditada tiene lugar de forma fría por parte del agresor hacia la víctima y es empleada con el fin de conseguir determinados propósitos. En cambio, la agresión reactiva o impulsiva suele estar asociada con emociones negativas intensas, como ira o miedo, y tiene lugar como respuesta a una amenaza percibida en el medio, acarreando importantes consecuencias negativas para el propio agresor.


Se ha señalado que la impulsividad es uno de los factores explicativos más importantes de la conducta violenta. Se mantiene la hipótesis de que la violencia impulsiva está relacionada con alteraciones en los sistemas cerebrales que regulan el control emocional, ya que se caracteriza por un grave déficit para regular el afecto y controlar los impulsos agresivos. Entre estos sistemas cerebrales se incluyen las regiones orbitofrontal y ventromedial del lóbulo prefrontal, así como la amígdala o el hipocampo, muy relacionadas con la emoción y los instintos. Si estas regiones se encontrasen afectadas, tanto en su estructura como en su funcionamiento, podrían predisponer a los individuos a comportamientos irresponsables y violentos.


Se considera por lo tanto, que el comportamiento agresivo y violento es el resultado de múltiples factores biológicos, psicológicos, medioambientales y sociales, todos ellos permitiendo aportar una visión integral que favorezca su comprensión.


Referencias


Alcázar-Córcoles, M. Á., Verdejo-García, A., Bouso-Saiz, J. C., & Bezos-Saldaña, L. (2010). Neuropsicología de la agresión impulsiva. Revista de Neurología, 50(5), 291-299.


Fromm, E. (1992). Anatomía de la destructividad Humana. Edit. Siglo XXI, México.


Trujillo, H. M., González-Cabrera, J., León, C., Valenzuela, C., & Moyano, M. (2006). De la agresividad a la violencia terrorista: Historia de una patología psicosocial previsible (Parte I). Psicología Conductual, 14(2), 273-288.

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