Comunidad de Inteligencia: Las Distorciones de las Agencias Mexicanas

 

La situación en la que cualquier persona pertenece a una comunidad determinada casi siempre se desdobla en beneficios y eventuales desventajas. Ingresar a ella, y luego permanecer, bien puede ser la consecuencia de una decisión razonada o de un acontecimiento aleatorio. 

En orden cronológico y en el mejor de los casos, nacemos y automáticamente pertenecemos a una comunidad que en ningún modo elegimos como la mejor entre las demás; según crecemos, nuestros padres nos ceden algunos espacios y nos permiten decidir sobre pertenecer a algún club artístico o deportivo hasta que, con relativa autonomía, llegamos al punto en que escogemos una actividad profesional que podría profundizar nuestros lazos comunitarios o facilitar introducirnos en alguna otra comunidad que nos pareciera más atractiva.

Si la pertenencia es aleatoria, puede suceder que las desventajas superen a los beneficios, ¿se imaginan cómo es nacer en Somalia?. En cambio, cuando decidimos pertenecer o seguir perteneciendo, casi siempre es porque percibimos que los beneficios son definitivamente mayores. Pero aterricemos un poco: algunos nacimos en México y decidimos conservar y profundizar nuestros lazos con la sociedad mexicana. Por ahora no hace falta que justifiquemos esa posición, sólo agreguemos que dentro de ella existe una importante variedad de comunidades con diferentes propósitos: culto religioso, difusión cultural, investigación científica, incluso las que deben su existencia a la realización de crímenes con objetivos económicos.

Todas varían en grado de discreción. Es decir, pertenecer a algunas comunidades resulta más prestigioso que pertenecer a otras. Prejuicios aparte, un pasaporte europeo puede ser más aceptado que un pasaporte mexicano. O, de manera similar, pertenecer a la Academia Mexicana de la Lengua produce aceptación pero asociarse con el cártel de Paquita conduce a la suspicacia. Si acomodamos en capas cada una de esas comunidades, justo en la base –o en la parte menos visible- se encuentra lo que algunos conocen como comunidad de inteligencia. Si a esta imagen la dotamos de movimiento, resulta que esta se encuentra en el centro y funciona como una sala de máquinas, ese pequeño motor que atrae o repele a todas las demás y es capaz de expandirse o contraerse según la necesidad de sus propósitos.

En democracia, damos por sentado que su gran objetivo es controlar las fuerzas o agentes que podrían impedirnos realizar nuestra vida con normalidad y solemos olvidar que eso sólo es posible cuando esa comunidad tiene perfectamente definidos tantos sus propósitos como sus objetivos. Sherman Kent, considerado el padre del análisis de inteligencia en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), sostuvo que la más importante característica en los primeros años de la CIA era el sentido de empresa u objetivo común en el desarrollo de sus actividades. Si Kent lo consideró como el más relevante, ¿qué sucedería si una agencia o servicio de inteligencia no lo tuviera? ¿Qué sucedería si además de no tenerlo nuestro servicio percibiera señales confusas sobre los objetivos que le han dado?

La CIA tiene al menos medio siglo funcionando, y en el mundo de la inteligencia había países –comunidades nacionales- que les llevaban años de ventaja y experiencia cuando nació. No es una casualidad que la inteligencia, en su versión de espionaje, sea considerada como uno de los oficios más antiguos del mundo. Pero los gobiernos ya no son los únicos que hacen inteligencia. Sus productores y consumidores se han diversificado tanto como la inteligencia estatal ha expandido su espectro de observación y estudio en función de la identificación del origen de potenciales amenazas y riesgos. Hoy mismo, empresas recopilan y procesaninformación que les permite ser más competitivas en el mercado y al mismo tiempo organizaciones criminales vigilan el movimiento de fuerzas policiales y militares que asocian con información política sistematizada sobre toma de decisiones de la que pueden obtener ventajas o reconocerse como el siguiente objetivo de la acción del Estado.

Lo mismo sucede dentro del gobierno. Ya no es un único órgano el que produce estimaciones relacionadas con seguridad nacionalpara el conocimiento del Jefe de Estado. Ahora, algunas unidades administrativas protegen desde la integridad de las personas y de sus bienes hasta la estabilidad financiera. Las más sofisticadas incluso supervisan y auditan a otras unidades cuya tarea es la misma inteligencia y lo hacen razonando que su correcto funcionamiento permite disuadir o responder eficazmente eventos que podrían llegar a trastornar tanto nuestra vida como nuestras relaciones normales. En suma, las agencias de inteligencia compiten con otras agencias y con su entorno.

Vivir en una comunidad que cuenta, dentro de ella, con una comunidad de inteligencia con objetivos democráticos reporta un beneficio hipotético de muy alto valor: nos pone a salvo del uso indiscriminado de la violencia; o sea, nos mantiene vivos. Ahora bien, ¿qué sucede si en nuestra comunidad nuestro servicio de inteligencia no tiene objetivos claros o sus usuarios no se los dejan suficientemente claros? La respuesta no es agradable: el servicio o agencia comienza a reproducir las distorsiones o irracionalidades. Donde el gobierno predica el combate a la corrupción pero en sus actos la favorece, las agencias se dan a conocer por la filtración de documentos, vídeo o audio grabaciones de quienes no simpatizan con su usuario final. Si el gobierno arriesga a sus propios agentes mediante el pago de bajos salarios y los somete a la desconfianza e incertidumbre, la agencia proyecta eso mismo sobre los grupos sociales que se supone debe proteger.

Si la agencia no cuida a sus propios agentes, como en un país donde un ex Director fue reportado como desaparecido y un Delegado Federal fue secuestrado, ¿cómo puede defender aquello que juró proteger más allá de sí misma en un gran evento? Y por una muerte en país extranjero (Egipto) o ante la amenaza de explosión o asesinato en suelo nacional (como la del llamado Estado Islámico, ISIS), incluso en su deber de colaborar para retener en prisión a un conocido narcotraficante. Así fue 2015 para el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), el órgano de inteligencia civil del estado mexicano.

 

 

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