La Medicina al Servicio de la Creatividad

02/07/2015

 

Una vez que al ser humano se le hace habitual o costumbre alguna cuestión o situación, pierde la capacidad de asombrarse de aquello que al principio le generaba admiración. Esta falta de asombro sucede incluso con situaciones que puedan salvarnos o prolongar la vida. Los avances científicos han prolongado sustancialmente la esperanza de vida y lo que antes parecía milagroso hoy se ve como algo cotidiano. En ningún momento nos asombra que cierto actor o escritor famoso haya muerto a los 93 años; quizá nos llama la atención su muerte pero no la longevidad, ya que esta se ha vuelto algo normal.

 

Al profundizar en esto, pienso, por ejemplo, que tenemos la fortuna de que la ciencia haya permitido vivir a José Saramago hasta los 87 años ya que la parte más prolífica de su carrera literaria ocurrió durante la segunda mitad de su vida. El historiador y lector escéptico objetará que Saramago no fue sometido a ningún avance científico importante que haya hecho que viviera tantos años. Pero veamos el asunto desde otra perspectiva: ¿qué hubiera pasado si el joven escritor portugués no hubiera vivido en esta época? ¿A qué edad hubiera muerto? Yo mismo me respondo que el hubiera solo existe en el diccionario y que no podemos responder estas cuestiones. Pero al pensar en ellas, surgen ideas que dan vuelo a la imaginación y que me hacen reflexionar y escribir en las próximas líneas, que a través de pequeños usos de la ciencia, la historia pudo haber sido diferente.

Franz Peter Schubert fue un músico y compositor austriaco que escribió cerca de 600 obras y 9 sinfonías, murió en 1828 a la edad de 31 años por secuelas de sífilis. (Massin, 2000). Por otra parte, Alexander Fleming, después de varios años de estudios, en 1928 descubrió la penicilina, un antibiótico que cambió drásticamente la forma en que curamos las enfermedades infecciosas y que continúa siendo el tratamiento de elección para la sífilis. Ahora, si el descubrimiento de Fleming hubiera llegado 150 años antes, quizá tendríamos 10 sinfonías más de Schubert, incluso puede que más hermosas. Pero no es solo eso, considerando que muchas de las enfermedades venéreas provocan detrimento del sistema nervioso y que son curables con penicilina, muchos otros artistas podrían habernos dejado un mayor legado si este medicamento hubiera sido descubierto desde antes. Puede ser que tuviéramos varias novelas más de Oscar Wilde, o que Paul Gaugin y Tolouse-Lautrec nos dejaran muchas más obras impresionistas con las que deleitarnos.

Pero los avances científicos a considerar en el cambio de la historia van mucho más allá del aspecto infeccioso. En la década de los años cincuenta del siglo pasado hubo un progreso sustancial en la investigación y en el desarrollo de psicofármacos, especialmente aquellos enfocados en el tratamiento de la depresión. Esto fue un gran agelanto de la ciencia tomando en cuenta que la depresión es una de las enfermedades más comunes y se encuentra dentro de las primeras tres que provocan incapacidad laboral, además de la afección que tiene en la calidad de vida de los pacientes. Los efectos benéficos de los antidepresivos son extraordinarios, pero ¿qué hubiera pasado si se hubieran descubierto a mediados del siglo XVIII en vez del XX? ¿Cuántas aflicciones y suicidios hubieran prevenido?

Por ejemplo, Virginia Woolf fue una de las primeras escritoras con reconocimiento mundial en una época en que la mujer no figuraba como ahora en el campo de la literatura. Tuvo depresión la mayor parte de su vida, la cual culminó en suicidio a los 59 años. Otro caso parecido es el de Ernest Hemingway, el escritor estadounidense que tuvo una prolífica carrera en la literatura, y fue galardonado con el premio Nobel de literatura y el premio Pullitzer. Sus obras marcaron a toda una generación y se consideran fundamentos importantes en la literatura actual. Lamentablemente Hemingway fue víctima de una gran depresión en los últimos años de su vida, lo que lo llevó al suicidio en 1961, justo cuando los antidepresivos apenas estaban viendo la luz.

Ahora, estos dos ejemplos son de personajes que lograron una carrera exitosa y que se quitaron la vida una vez que habían producido cierta cantidad de obras literarias. Pero hay otros casos en los que la depresión truncó carreras que pudieron haber sido incluso más importantes. Me viene a la mente el caso de John Kennedy Toole, un joven literato que escribió una novela llamada "La conjura de los necios" y que intentó publicar al terminarla a la edad de 31 años en 1961. Toole sufrió gran parte de su vida de depresión y paranoia, y al ver rechazado su trabajo por varias editoriales se suicidó. Fue hasta 1980 que a instancias de su madre, el libro fue publicado y galardonado un año después con el premio Pulitzer. El libro es una excelente tragicomedia que retrata el género humano a través del personaje principal, quien puede provocar cualquier tipo de emociones en el lector. Lo he leído dos veces, ambas me han provocado ir de la tristeza a la risa, pero al terminar siempre me pregunto, ¿qué tenía John Kennedy Toole que ofrecerle al mundo? Con tratamiento adecuado, ¿cuántos libros nos hubiera legado y qué tan buenos habrían sido considerando que su única novela ganó el Pulitzer?

Ciertamente intentar contestar todas las preguntas planteadas en este artículo es imposible y muchos lo podrían considerar inútil. Pero más allá de querer obtener una respuesta, tenemos la posibilidad de apreciar que los avances científicos han logrado prolongar y mejorar la vida de todos, incluyendo los artistas quienes generan obras que otorgan alegría a nuestras vidas. ¿Quién no se se siente entusiasmado al escuchar una bella sinfonía, o absorto al observar una obra de arte?  Es cierto que la ciencia no puede evitar que los artistas mueran, pero sí evitar en la medida de lo posible una muerte prematura, mejorar su calidad de vida y de esta manera provocar la productividad artística. 

Fuentes consultadas

 

Massin, Brigitte (2000). Turner, ed. Franz Schubert. Biografía y obra.. Zecchini Editore. p. 2000.

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