Tecnología, Mimesis y Símbolo

01/05/2015

 

En 1968 el afamado cineasta Stanley Kubrick estrenó la película 2001: a space odyssey. 

 

En su primera parte, un primate se encuentra con unos restos óseos que después de observarlos, tocarlos y olfatearlos, empieza por golpear uno a otro hasta destrozar el cráneo con espectacular alarde y bajo el fondo musical de “Así habló Zarathustra” de Richard Strauss. Para quien escribe estas líneas, esta imagen que se ha ganado un lugar en la historia del séptimo arte, ejemplifica uno de los factores decisivos para el desarrollo evolutivo de nuestra especie: el uso de objetos y la adaptación de las funciones psicomotoras para una acción. Ello, permitió la supervivencia de la especie y, por ende, los primeros pasos hacia el desarrollo humano.

 

Estos dos elementos refieren a la incorporación de la tecnología en el quehacer cotidiano del ser humano; por un lado en cuanto al uso de un objeto externo al cuerpo, y por otro la manipulación cognitiva y física del mismo con el objetivo de desarrollar una acción que conlleva un carácter subjetivo. Esta misma premisa es extensiva a toda tecnología, desde las formas rudimentarias que posibilitaron el proceso evolutivo, hasta las modernas tecnologías que han superado el tiempo y el espacio al abrir nuevas formas o posibilidades de comunicación que se han extendido en lo que el sociólogo Manuel Castells ha llamado la era de la información (Castells, 2004).

 

No obstante, la tecnología también tiene una dimensión cultural. El objeto material que la representa no solo es una herramienta de uso —como lo puede ser el más reciente smartphone o el más vanguardista iPad—. Todo elemento tecnológico que es apropiado por el individuo tiene al menos dos valores agregados: uno mimético y otro simbólico.

 

El primero, que retoma la categoría aristotélica de mímesis, tiene la función de imitar, es decir, hacerse a la idea de que lo que se adquiere tiene relevancia más allá de la satisfacción de la necesidad primaria. En esta línea de interpretación, la tecnología tiene una intención subjetiva de recrear los escenarios que la mercadotecnia genera del producto, pero el mismo conlleva un proceso cultural de fondo llamado, por el teólogo Jung Mo Sung, deseo mimético (Mo Sung, 1999). Tal aspecto implica que la tecnología no se adquiere solo por su uso, sino por el deseo de imitación de lo que se podrá realizar. Significa que existe un patrón de consumo tecnológico que va más allá del mero uso, pues mientras las necesidades son básicas, los deseos poseen un carácter ilimitado.

 

En el segundo, los elementos simbólicos acompañan a la tecnología cuando esta se transforma en un producto del mercado. Douglas e Isherwood indican que es menester “considerar los bienes como marcas o señales, la punta visible de un iceber que representa el proceso social en su conjunto. Los bienes son utilizados para marcar en el sentido de clasificar categorías” (Douglas e Isherwood, 1990, pág. 91). La tecnología no solo tiene función de satisfacer necesidades, sino también de establecer clasificaciones sociales. La adquisición de un símbolo es una forma que determina un lugar en la sociedad, pues visibiliza las diferencias sociales. Por ello, la antropóloga y el econometrista indican que “en lugar de suponer que los bienes son fundamentalmente necesarios para la subsistencia y el despliegue competitivo, asumamos que son necesarios para hacer visibles y estables las categorías de una cultura” (Douglas e Isherwood, 1990, pág. 74).

 

La tecnología no solo tiene función de satisfacer necesidades, sino también de establecer clasificaciones sociales.

 

Cierto es que el desarrollo tecnológico, y en particular las nuevas tecnologías de información, acompaña la posibilidad de crear nuevas formas de interacción entre usuarios. En una sociedad capitalista la vanguardia tecnológica se asume como un deseo, pero también establece diferencias. La tecnología posee características culturales que son parte importante en la manera en que la sociedad se organiza, establece sus diferencias, marca pautas en su ciclo de vida y genera expectativas según las circunstancias del individuo.

Fuentes consultadas

 

Castells, Manuel (2004). La era de la información: economía, sociedad y cultura. México: Siglo XXI.

Douglas, Mary y Isherwood, Baron (1990). El mundo de los bienes. Hacia una antropología del consumo. México: Conaculta/Grijalbo.

Mo Sung, Jung (1999). Deseo, mercado y religión. México: Ediciones Dabar. 

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