El Error de las Autopistas Urbanas

05/03/2015

 

¿Qué obras se van a priorizar en el presupuesto público: la movilidad sustentable o la movilidad en automóvil? Para responder pensemos en nuestras familias, en la calidad del aire, en nuestros bolsillos y agendas.

 

El ciudadano promedio de la ciudad de México pasa alrededor de 150 minutos al día transportándose. Para aquellos que optan por usar automóvil, su gasto anual por desplazamiento es de alrededor de 50 mil pesos. Ya sea que estemos, en lo personal, debajo del promedio o encima, pensemos qué haríamos si pudiéramos ahorrarnos la mitad del tiempo o dinero que gastamos en trayectos. ¿Hay quien todavía cree que la solución al problema del tráfico son las autopistas y segundos pisos? ¿Sí? ¿A pesar de los embotellamientos sin salida que se dan en ellos y de su costo exorbitante?

 

Hoy el mundo se encuentra en un cambio de paradigma en el tema de movilidad: está dejando de pensar en autopistas para decidirse por modelos que en verdad reducen el tráfico y el tiempo de traslado dentro de una ciudad, y que además generan ciudades más seguras y funcionales. Por desgracia, las ciudades de la República Mexicana, con muchos años de atraso en urbanismo, piensan que la innovación son esas vías “espectaculares” que han visto en las grandes ciudades de Norteamérica en los años 80. Sí: hace 30 años. Me parece que es urgente hacer un llamado a la sensatez de gobernantes e ingenieros viales para detener este modelo ya obsoleto de autopistas y pisos viales. La mejor solución para el transporte motorizado es no necesitarlo.

Autopistas: una trampa, no una solución

 

No perdamos de vista el problema de fondo que ha devenido de construir estas supervías: los ciudadanos están viviendo cada vez más lejos de sus trabajos; esas vialidades, construidas como solución, están cada vez más congestionadas. Lo que es más absurdo: al ampliar las capacidades de las calles, el efecto real no fue descongestionar, sino saturarlas y animar a las personas a vivir más lejos de sus centros de trabajo y optar por el auto para desplazarse.

Según la publicación La vida y muerte de las autopistas urbanas del Instituto para el Transporte y el Desarrollo (ITDP) y del Centro de Transporte Sustentable (CTS) Embarq, “usualmente las autopistas se pensaban como una solución para la congestión. Los años de evidencia han demostrado que las autopistas de hecho no alivian dicha congestión. Mientras que el expandir la capacidad vial podría proveer alivio durante los primeros años, es probable que se tenga el efecto contrario, incluso dentro de los primeros cinco años de operación”.

 

Existen otros efectos negativos de las autopistas que no debemos perder de vista, porque tienen que ver con la calidad de vida y la cohesión social, prioritarias en México por el problema de violencia que vivimos. Las autopistas generan un gran problema de inseguridad, pues se convierten en trampas sin salida y sin ley a las horas pico; fragmentan la ciudad en lugar de integrarla; aumentan la segregación social, pues la gente con menos recursos económicos tienen que elegir vivir en las periferias; se hacen ciudades para automóviles, no para promover la experiencial social de la ciudad, donde se compartan espacios públicos y se dé vida a cada calle de la ciudad reavivando el barrio y el comercio local.

 

Todo eso, además de la carencia de una visión integral sobre la vida del ser humano en las ciudades, que son su hábitat; añadamos el gran gasto que representan, lo cual disminuye el gasto en otros proyectos como espacios públicos y transporte colectivo. Ahora volvamos a pensar: ¿de verdad los segundos y terceros pisos son tan necesarios e indispensables?

 

Otro modelo urbano y de movilidad

Me permito proponer algunas soluciones reales que se están implementando ya en otras partes del mundo con un mejor efecto.

Primero: acercar la vivienda al trabajo; esto se logra fomentando barrios de usos mixtos, que ofrezcan vivienda bien ubicada, pero a un precio más accesible, y con seguridad legal y flexibilidad hipotecaria, que nos permita rentar o reubicarnos con facilidad si es necesario.

 

Segundo: transporte público de primer mundo. Es entendible que muchas personas no elijan el transporte público cuando es incómodo e inseguro. Pero ciudades como Nueva York, Barcelona y hasta Medellín demuestran que es posible tener transporte de alta calidad que sea cómodo para todas las personas. Muchos lo han dicho: no se trata de hacer transporte para la gente de bajos recursos, sino hacer transporte de calidad que pudieran usar todas las clases sociales. El Metrobús de la Ciudad de México ya nos muestra que es posible lograrlo. Es mucho mejor invertir en modernización del metro, en ampliar y mejorar los sistemas de autobuses y metrobús; generar ciclovías, banquetas y aplicaciones (como Uber, Aventones, etc.) y nuevos sistemas de movilidad.

 

Este tipo de acciones han tenido tal éxito en las ciudades más desarrolladas del mundo (como Seúl, Boston, Chicago, entre otras) que muchas de ellas están derribando sus segundos pisos o convirtiéndolos en parques peatonales y espacios públicos.

Con el discurso del presidente Enrique Peña Nieto de redirigir el crecimiento hacia ciudades compactas y sustentables, la creación de la nueva Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) y la promesa de una reforma urbana, tenemos una verdadera oportunidad de transitar hacia un nuevo modelo de ciudad. Incluso, el gobierno del Distrito Federal encabezado por Miguel Ángel Mancera ha demostrado estar cerca de dar este paso hacia la movilidad sustentable con su nueva Ley de Movilidad, el Laboratorio de Ciudad y programas como el Hoy No Circula, buscando convertirse en ejemplo nacional.

 

Pero el país necesita ver estos discursos reflejados en acciones reales: ¿qué obras se van a priorizar en el presupuesto público: la movilidad sustentable o la movilidad en automóvil? Para responder pensemos en nuestras familias, en la calidad del aire, en nuestros bolsillos y agendas.

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