Indiferencia y Desinformación Hacía las Personas con Discapacidad, Testimonio de Movilidad de Iván Jiménez Moya

02/03/2015

 

Todo se desarrollaba con calma. Como cualquier joven iba a la universidad y jugaba basquetbol los fines de semana. Me mantenía activo.

 

La vida fluía sin complicación alguna. Como de costumbre el sábado transcurría con normalidad, hice mis quehaceres por la mañana, un poco de trabajo por la tarde y, por la noche, una de mis pasiones, jugar basquetbol en el deportivo Venustiano Carranza. Después de un buen juego regresé a casa y fui al cine con mi novia, para más tarde volver a mi domicilio y prepararme para otro compromiso, no muy lejos de donde vivía, al cual me dirigí junto con un amigo en su auto. Estuvimos ahí hasta cerca de las 3 a. m. Veníamos de regreso cuando en un cruce de avenida nos embistió una camioneta… yo viajaba de copiloto y sin cinturón de seguridad.

Ese accidente cambiaría radicalmente mi vida y prácticamente fue el inicio de una nueva. Cuando desperté en el hospital lo primero que vi al abrir los ojos fueron las lámparas en el techo, eso no fue nada reconfortante. En poco tiempo empecé a sentir el dolor en mi cuerpo; la cabeza y la espalda principalmente me hacían sentir en el infierno. Ya en la camilla era evidente que tendría que quedarme hospitalizado, así que mi madre se dispuso a ayudar a ponerme la bata reglamentaria. Tenía que despojarme de mi ropa y fue en ese momento cuando tomé conciencia de la gravedad de mi lesión. Al no poder mover las piernas supe que las cosas no estaban bien, aun así tenía que seguir adelante. Pasara lo que pasara mi vida había cambiado por completo.

Después de varios estudios y exámenes por fin me operaron de la columna vertebral, resultando con paraplejia debido a sección medular y fractura de columna por aplastamiento a nivel T9-T10, quedando con discapacidad motriz.

La recuperación fue lenta y los diagnósticos nada prometedores. Los médicos decían: “Tal vez ni volver a sentarse pueda”; el estar dos meses acostado sin poder mover más la cabeza y los brazos, aunado a los malos procedimientos en el tratamiento médico, contribuyeron al desarrollo de una úlcera por presión —lesión de la piel en forma de costra, producto de la presión continua del tejido blando y de cambios posturales nulos— que llegó a tener 15 centímetros de longitud, y era tan profunda que llegaba hasta la vértebra. Estas lesiones son muy peligrosas para las personas con paraplejia, ya que, además de mermar la salud y nutrientes del cuerpo, pueden provocar sepsis que resultaría mortal para cualquier persona.

En alguna de mis consultas oí a un médico decirle a mi madre: “Si lo cuida bien le va a durar un buen tiempo”. En ese momento comprendí la ignorancia de los médicos sobre el valor que tiene una persona por el simple hecho de ser humano y la percepción que se tiene hacia las personas con discapacidad, debido a que la gran mayoría de ellos tienen una perspectiva desde el modelo médico en el que solo la total recuperación es necesaria para considerar a alguien “sano” y, consecuentemente, muchos de ellos nos siguen considerando enfermos.

Comencé mi rehabilitación con un fisioterapeuta cubano que, de inmediato, puso atención en la recuperación de los músculos atrofiados de mis piernas; fueron dos largos años. La terapia por las mañanas consistía en hacer ejercicio de brazos, masaje de piernas y sesiones láser para cerrar la úlcera por presión; contaba con una silla ortopédica, la cual era muy grande y pesada, nada ligera para maniobrar y aún así trataba de esforzarme para circular hasta donde la silla y el espacio lo permitían.

Llegó el tiempo de retomar mis estudios en la universidad. Solo que una gran duda me invadía y era el saber qué universidades estaban adaptadas para que yo pudiera tener acceso, pero lamentablemente solo en las universidades particulares tenían dichas adaptaciones.

Un día en la universidad tuvimos que viajar a las pirámides de Teotihuacán, está de más recalcar que, lastimosamente, el autobús no estaba diseñado para ser abordado por una persona en silla de ruedas. Por ahora eso sigue siendo un sueño. Tuve que viajar en mi auto acompañado de mi hermano. Llegamos a Teotihuacán. La visita fue muy complicada. No está planeado en absoluto que una personas en silla de ruedas pueda disfrutar y contemplar la zona arqueológica, solo hay un pequeño tren que tiene una rampa demasiado inclinada y sin espacio para la silla de ruedas en su interior, lo cotidiano; es mejor desplazarse en un asiento en brazos de alguien que te ayude.

La gran mayoría de museos están adaptados para andar sin ningún problema con silla de ruedas, pero no toman en cuenta algo básico: los sanitarios; varias veces he tenido que dejar la puerta del baño abierta y la silla de ruedas afuera. Otros tantos servicios y medidas de accesibilidad son pasados por alto en estas instituciones, tanto públicas como privadas.

En el caso de los lugares de entretenimiento, muy pocos foros están realmente diseñados para poder disfrutar en buena medida algún concierto o espectáculo. Alguna vez en un concierto en el Foro Sol el área para personas con discapacidad estaba muy mal ubicada, apenas se distinguía el espectáculo. En esa ocasión me aventuré a ir al frente en mi silla de ruedas; la mayoría de los jóvenes me permitían el paso sin problema. Al final, cuando decidí regresar al lugar asignado, los empujones empezaron. La gente se movía al ritmo de una ola humana y yo inmerso en ella. Varias veces estuve a punto de caer y tuve que empujar también con fuerza. Algunos jóvenes trataban de ayudarme y me abrían camino. Yo solo pensaba que si caía entre la multitud la iba a pasar muy mal, pero por fin pude salir.

En mi propia calle era prácticamente imposible circular por la banqueta, y hacerlo por debajo de la acera sería algo que se convertiría en lo habitual. Así comenzó mi andar, visitando museos o rodando por las calles abarrotadas del centro histórico; uno tiene que sortear baches, vidrios, basura, indiferencia e inconsciencia de la gente hacia las personas con discapacidad. Todos tienen prisa por llegar y la peor actitud que puedes tomar ante esto es la de debilidad. Nuestra sociedad no perdona a las personas con discapacidad. Lejos de entenderlas la gran mayoría confunde igualdad o empatía con lástima.

El transporte público de igual manera dista mucho de ser equitativo, a excepción del Metrobús, los otros servicios de transporte dejan mucho que desear: camiones con rampas inservibles o choferes ignorantes. Un día tuve que tomar un taxi para trasladarme hacia otro punto de la ciudad, pero me negaron el servicio; veía pasar con angustia los taxis vacíos que pasaban de largo durante más de media hora.

Son muchas las necesidades de una persona con discapacidad, además de tener que sortear los obstáculos del día a día. La realidad es que el estado de salud y acceso de una persona con discapacidad va de la mano con el estatus económico y de los apoyos que recibe para adquirir los aditamentos necesarios para una mejor calidad de vida.

Otro tema importante es el deporte y su práctica. Al que no se le da importancia de manera general. ¿Qué se puede esperar para los deportistas del deporte adaptado? Por ejemplo, si alguna persona con discapacidad quiere practicar basquetbol, así como en la mayoría de los diferentes deportes adaptados, tiene que contar tanto con una silla de uso diario como con una silla a la medida de la persona y para el tipo de disciplina. El costo de estas sillas es muy alto y prácticamente inaccesible si no se cuenta con los recursos necesarios o apoyos institucionales. Para tener una idea, una silla de basquetbol oscila entre 20 y 40 mil pesos. La gran mayoría de las veces el deportista la adquiere con recursos propios.

Sé lo que implica ser atleta con discapacidad de alto rendimiento y me doy cuenta de que si bien hay políticas y leyes, estas se encuentran muy lejos de ser aplicadas. El deporte adaptado es muy difícil y caro, ya que son muy pocas las instalaciones deportivas adaptadas.

Es necesario romper paradigmas y prepararnos para enfrentar todas las dificultades que implica desplazarse por la ciudad: rampas mal diseñadas, trasporte público ineficiente, lugares de estacionamiento para personas con discapacidad ocupadas por sujetos que no la tienen, infraestructura urbana casi inexistente para la silla de ruedas, así como la indiferencia y desinformación de la gente hacia las personas con discapacidad.

 

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