Desplazamiento: Una Aventura del Día a Día

 

Soy una mujer adulta de 42 años, casada con Joel Vázquez, quien también vive con discapacidad visual. Ambos vivimos con ceguera desde muy jóvenes, somos casados y, por convicción, decidimos no ser padres. 

 

Nos consideramos independientes en la medida de lo posible; trabajamos y nos divertimos como la gran mayoría de las personas. Somos usuarios cotidianos de todo tipo de transporte público, como camiones, colectivos, el sistema metropolitano mejor conocido como el Metro, el Metrobús y cualquiera que la Ciudad de México ponga a nuestra disposición; también usamos el servicio de taxi en sus diversas modalidades.

Y justo sobre este tema me permito compartir la aventura de todas las mañanas cuando salimos a trabajar y tenemos que abordar un transporte. Este tal vez no es tan conocido, pero en nuestra colonia es algo popular: el bicitaxi. De lo contrario, tendríamos que caminar seis calles largas, que justo a esa hora están invadidas de autos sobre las banquetas y los dueños comentan que de esa forma tienen menos posibilidades de que se los roben. También nos encontramos con puertas abiertas esperando que otros autos salgan, pero como el ritual de salida es algo largo, no hay precauciones para que esta situación no afecte a los peatones que requerimos las calles sin obstáculos. Y, por supuesto, no pueden faltar los vendedores ambulantes con carteles, puestos y productos que no tienen lugares fijos ni control sobre las condiciones del espacio que ocupan. También encontramos cosas dejadas por todos lados: cubetas, palos, bancos; y, claro, no falta el enfado si algo es movido o, sin querer, alcanzado por nuestros bastones. Es por ello que mejor nos desplazamos mejor y más rápido en el bicitaxi para poder llegar al Metrobús.

La conducta y la reacción de la gente es parte de nuestra aventura diaria y resulta tan variada que en la mayoría de las ocasiones preferimos reír o ignorar lo que sucede a nuestro alrededor. Hay personas que, al encontrarse con nosotros, nos regañan, pues consideran un riesgo que salgamos solos a la calle y más a horas de gran afluencia; nos pueden golpear o tirar, eso dicen. O por el contrario, también están las personas que ignoran o que son demasiado indiferentes a las circunstancias, ya que, simplemente van de frente pero sin mirar con atención y chocan con nosotros o nos patean los bastones sin percatarse que los enchuecan y que, por supuesto, esto genera un obstáculo más para nosotros, por lo menos durante ese día.

Pero bien, por fin llegamos al Metrobús, ahora a subir y enfrentarse al reto de encontrar un tubo para sostenerse o ya con mucha suerte que nos permitan ocupar el Lugar Reservado. Esto rara vez pasa y, en mi caso, es curioso. En varias ocasiones al querer solicitar el Lugar Reservado las respuestas de quienes lo ocupaban han sido muy variadas: una señora me dijo: “¿Lugar reservado? ¡No! Estamos en México y eso acá no se usa!”; una chica me reclamó, me dijo que tenía sueño y que había más personas que me podían dar el lugar, que por qué tenía que levantarse ella; otra vez que ya iba sentada un chico me dijo que yo no debía estar ocupando ese lugar, porque el lugar estaba reservado para personas que además de tener una discapacidad tenían que encontrarse en condiciones socioeconómicas bajas o limitadas y que yo iba muy bien vestida y arreglada, y que llevaba un teléfono móvil muy caro, y que seguro tenía dinero para viajar en taxi, pero que me aprovechaba de mi condición.

En fin, todo esto no nos detiene y, de todas maneras, diariamente viajamos y nos desplazamos hacia el trabajo o a donde se requiera.

Aunque es importante comentar que sí hay ciertos avances, como los avisos sonoros en el Metro o el Metrobús, que nos hacen sentir mucho más independientes, ya que nos avisan de forma anticipada la próxima estación y el destino de la ruta y con ello podemos evitar molestar a los demás pasajeros que tan cansados o entretenidos viajan a nuestro lado. Las guías de piso, aun cuando todavía no están del todo bien diseñadas, por lo menos ya dan a entender que por esos lugares existen algunas medidas de accesibilidad para personas con discapacidad; y, no obstante que las líneas guías están llenas de basura o de agua y exista poco respeto por estos espacios, considero que lo positivo está en que las personas con discapacidad poco a poco nos hacemos más visibles y se genera algo de conciencia sobre nuestro derecho a caminar libres por donde queramos.

Ya por último, no quiero dejar pasar el hecho de que la discapacidad visual, particularmente la ceguera, genera compasión y una situación de vulnerabilidad inevitable; sin embargo, no tendría por qué ser así. Lo primero y más importante es concientizar y sensibilizar sobre el respeto que merecemos y sobre los derechos que se nos otorgan y del que también somos titulares, para desplazarnos y transitar por donde nuestras necesidades e intereses nos lleven. Nosotros decidimos tomar ese riesgo, para eso nos rehabilitamos o nos capacitamos.

Es importante recordar que, si queremos ayudar, no importa que la persona con discapacidad visual vaya con bastón blanco, con perro guía o con apoyo de guía normovisual, siempre es mucho mejor preguntar antes de ofrecer apoyo o suponer que se requiere. Es mejor esperar a que, en caso de requerirlo, se solicite o saber que si la persona con discapacidad visual no requiere apoyo, mejor no interferir en su trayecto.

La movilidad implica para nosotros tener orientación, habilidad para usar las diferentes estrategias de apoyo para ser independientes al desplazamiento y, sobre todo, implica conocer a más personas que respeten las diferencias y generen una mejor convivencia sin juzgar ni compadecer.

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