La Política Antidiscriminatoria y la construcción de la Democracia

04/11/2014

 

Durante el año 2010, preparando mi libro Dignus Inter Pares , viajé a México DF para pasar una semana en el CONAPRED y consultar su Centro de Documentación, el cual contiene la mejor biblioteca de América Latina y probablemente una de las mejores del mundo en materia de antidiscriminación.

Yo no soy mexicano, no tengo intereses personales ni profesionales en México y siquiera sé si retornaré algún día. Por ello puedo afirmar con toda libertad que nunca he sido mejor tratado durante toda mi trayectoria académica y profesional. Conocí en el CONAPRED y en su CEDOC a técnicos y profesionales de distintos orígenes e ideas políticas, a personalidades introvertidas y también de las otras, a víctimas de discriminación esperando a ser atendidas, a filósofos e intelectuales mexicanos de altísimo nivel con quienes el propio CONAPRED me puso en contacto. Escuché confidencias e intercambiamos opiniones con todos ellos hasta quedarnos sin saliva. Mi experiencia en el CONAPRED fue decisiva tanto en la consultación de material bibliográfico como en el ordenamiento de mis propias ideas y en particular sobre la relación estrecha entre la democracia y la antidiscriminación.

Mi deuda con el CONAPRED y con su gente es enorme. A todos ellos les dedico los párrafos que siguen.

 

Apenas desembarcado en Egipto en 1798, Napoleón realizó la siguiente proclamación: “Todos los hombres son iguales frente a Dios; sólo la sabiduría, los talentos y las virtudes los hacen diferentes los unos de los otros”. Uno de los notables locales, Al-Jabarti, reaccionó haciéndose eco del sentimiento mayoritario de los egipcios invadidos, replicando que la presunta igualdad de todos los hombres era una “mentira y una estupidez”, concluyendo que “…ellos son materialistas, que niegan todos los atributos de Dios. El credo que ellos siguen es convertir a la razón humana en suprema y lo que la gente apruebe de acuerdo con sus impulsos” .

No debemos subestimar la fragilidad de las raíces de las democracias constitucionales nacidas durante el Siglo XX: el sustrato histórico que las precede era y es todavía sumamente hostil a su desarrollo y a sus fundamentos filosóficos. Salvo en un puñado de países, los experimentos democráticos han sido interrumpidos por doquier y reemplazados temporalmente por sistemas que obtenían legitimidad de otras fuentes. Los movimientos de tierra producen el afloramiento de las capas geológicas inferiores. A las sociedades les ocurre un fenómeno similar: cuando la democracia constitucional es sólo un barniz cristalizado fino sobre la historia de una nación, ella se rompe al menor cataclismo, haciendo retornar sistemas políticos precedentes o mezclas híbridas de impulsos antiguos y tentaciones de experimentar nuevas ideas.

La antidiscriminación es el tratamiento recomendado para reforzar las raíces de las democracias constitucionales, hacerlas crecer y solidificarse, tanto en términos filosóficos como de legitimidad social.

 

Aristóteles vio el problema de la igualdad de los hombres con justeza:

Estando compuesta siempre la asociación política de jefes y subordinados, pregunto si la autoridad y la obediencia deben ser alternativas o vitalicias. Es claro que el sistema de la educación deberá atenerse a esta gran división de los ciudadanos. Si algunos hombres superasen a los demás, como según la común creencia los dioses y los héroes superan a los mortales, tanto respecto del cuerpo, lo cual con una simple ojeada puede verse, como respecto del alma, y de tal manera que la superioridad de los jefes fuese incontestable y evidente para los súbditos, no cabe duda de que debe preferirse que perpetuamente obedezcan los unos y manden los otros. Pero tales desemejanzas son muy difíciles de encontrar, sin que tampoco pueda suceder aquí lo que con los reyes de la India, que… sobrepujan por completo a los súbditos que les obedecen. Es por tanto evidente, que por muchos motivos la alternativa en el mando y en la obediencia debe necesariamente ser común a todos los ciudadanos. La igualdad es la identidad de atribuciones entre seres semejantes, y el Estado no podría vivir de un modo contrario a las leyes de la equidad. Los facciosos que hubiese en el país, encontrarían apoyo siempre y constantemente en los súbditos descontentos, y los miembros del gobierno no podrían ser nunca bastante numerosos para resistir a tantos enemigos reunidos .

La democracia constitucional ha comprendido tardíamente los riesgos para su vigencia plena derivados de la discriminación, o sea, de los que utilizan hábilmente los espacios de libertad constitucional y el poder o autoridad con que cuentan para procurar restablecer estratificaciones sociales pre-democráticas bajo las cuales ciertos grupos eran considerados inferiores y estaban al servicio o a merced de otros grupos.

En algunos momentos oscuros de ciertas sociedades democráticas, el sostener abiertamente ideas racistas o antisemitas ha sido el rito de pasaje obligatorio para ser aceptado como alguien confiable para la elite del país . Esa deliberada ignorancia de los riesgos políticos y sociales de la discriminación ha producido en muchos países un déficit de legitimidad y la llegada al poder de personas o partidos que, sin el resentimiento ocasionado en las personas de los grupos despreciados por la discriminación sufrida, nunca hubiesen disfrutado del ejercicio del poder. Como lo decía Aristóteles, “los facciosos encontraron apoyo en los súbditos descontentos”.

Los países democráticos han sido demasiado lentos en desarrollar sistemas protectores de los derechos humanos. Los propios sistemas judiciales también han evolucionado a paso de tortuga en una materia que merecía una intervención independiente, rápida, decisiva y audaz.

¿Qué es lo que demoró la rápida implementación de garantías sólidas contra la discriminación? Muchos grupos sociales e individuos que fueron educados bajo parámetros en los cuales la tradición, la familia, la propia cultura, el mantenimiento del sistema social tal como es, fueron los valores fundamentales a defender, no entendieron a tiempo ni la gravedad ni la urgencia de la cuestión; el nuevo concepto de “derechos humanos” no tenía raigambre suficiente en esos grupos como para aplicarlo agresivamente.

Los tratados de protección de los derechos humanos que fueron firmados a partir del final de la Segunda Guerra Mundial tuvieron como objetivo el acelerar artificialmente el cambio de costumbres y tradiciones que ignoraban la urgencia del problema, la afectación de la dignidad de las personas y la falta de protección de ciertos derechos fundamentales. Es un movimiento que tenía y tiene como fin indirecto e inconfeso la transformación de todas las naciones en Estados de Derecho, preferiblemente democracias constitucionales y, como tal, es y será ferozmente resistido por quienes se encuentran en el ejercicio del poder gracias a sistemas políticos autoritarios, en particular si ese ejercicio irrestricto los ha transformado en autócratas obnubilados .

Sólo bajo una democracia constitucional se pueden garantizar los derechos humanos, y sin derechos humanos no hay democracia constitucional.

Como lo cita Martínez Aguayo : “…cuando se discrimina se daña más que la dignidad de las personas afectadas, se quebrantan los pilares básicos de la democracia, la libertad y la igualdad… una sociedad no puede considerarse plenamente democrática si no es capaz de ofrecer una protección efectiva de los derechos inalienables de la persona, toda vez que éstos constituyen los pilares insustituibles de cualquier democracia que se considere legítima… En los hechos, las prácticas discriminatorias conducen, tarde o temprano, a limitaciones de las libertades fundamentales y a un tratamiento político y legal desigual hacia personas y grupos vulnerables. De manera equivalente, la ausencia de derechos de la persona y de igualdad legal y política se convierte en caldo de cultivo para la exclusión y el desprecio social”.

Asimismo, en la misma tónica, Salazar Ugalde y Gutiérrez Rivas : “…lo que parece estar en juego cuando se debate el tema de la discriminación, son dos cuestiones. Por un lado, la dignidad de aquellas personas que son estigmatizadas con un prejuicio no justificado que las minusvalora, produciendo un daño individual grave, vinculado con la autoestima. Pero, por otro lado —y esto está relacionado con la dimensión estructural del problema—, también está en juego la posibilidad de construir una sociedad verdaderamente democrática; una sociedad de iguales, donde se anulen las diferencias injustificadas (privilegios) que sólo les permite a los grupos en posición de dominio ejercer su libertad (positiva y negativa) y acceder a bienes o intereses que son considerados indispensables para la vida digna. Una sociedad construida sobre la base de prácticas discriminatorias, es una sociedad en la que se excluye a determinados grupos (que suelen ser amplios) cuyos integrantes no pueden acceder a la justicia, a la salud, a la participación política, al voto, a la educación y… a espacios donde puedan expresar con libertad sus opiniones y exponer sus diferencias…”.

En el mismo sentido de enfatizar la estrecha relación entre la democracia y la no discriminación, leemos en el caso J.E.B. decidido por la Corte Suprema de los Estados Unidos:

Una oportunidad igual para participar en una administración de justicia equitativa es fundamental para nuestro sistema democrático… Ello reafirma la promesa de igualdad ante la ley –que todos los ciudadanos, sin importar la raza, etnia o sexo, tienen la misma posibilidad de tomar parte directa en la democracia—… Cuando algunas personas son excluidas de participar en los procesos democráticos únicamente por su raza o sexo, esa promesa de igualdad se oscurece, y la integridad del sistema judicial corre peligro… La Cláusula de Igual Protección (Equal Protection Clause) prohíbe la discriminación en la selección del jurado sobre la base del sexo, o bajo la asunción [de] que un individuo será parcial en un caso particular por la sola razón de ser un hombre o una mujer.

No hay democracia con discriminación ; y hoy resulta claro que el principio de no discriminación “constituye uno de los principios fundamentales de la democracia” . Como lo señala la Carta Democrática Interamericana: “…la democracia es indispensable para el ejercicio efectivo de las libertades fundamentales y los derechos humanos” . Por ello, en tanto haya grupos que han sido históricamente degradados que continúen en esa situación, sus miembros serán partícipes fríos y recalcitrantes o directamente opositores del sistema y serán propensos a seguir a cualquier candidato que les prometa justicia y retribución a los culpables del dolor que sienten. Las elites políticas no lo entendieron hasta hace muy poco.

La democracia implica un diálogo entre todos respecto de los objetivos comunes , sobre su propio significado , sobre las prioridades a las cuales dedicar los recursos escasos, los métodos más efectivos y los liderazgos más adecuados para contar con la confianza de la mayoría de la población. Si lo único que interesa a una parte de la población discriminada es justicia y retribución a quienes los han humillado, el resto de los problemas desaparece del foro público y son decididos por el iluminado de turno, en una transacción que consiste en castigar a los humilladores a cambio de obtener facultades omnipresentes para decidir el futuro de la sociedad (y casi siempre también el futuro económico propio o, como decía en español clásico José Ingenieros: “…el gobierno va a manos de la gentualla que abocada el presupuesto” ).

La democracia, el voto universal, obliga a crear condiciones de dignidad para todos por las cuales el voto se ejerza conforme a todos los temas que integran el bien común, no solamente como voto-venganza por la humillación de los maltratados.

La discriminación es una herida tan grave y permanente, en especial en aquellos que la han sufrido desde hace varias generaciones, que oscurece toda otra consideración de quien la sufre. Una democracia con discriminación es una democracia de gente que vota con resentimiento y dolor, sin libertad y sin racionalidad respecto de qué es lo mejor para la sociedad y para las generaciones futuras.

La democracia se basa en la razonabilidad de todos, en la capacidad igual de cada uno de estimar qué es lo mejor, con honestidad y amor a la sociedad democrática de la cual se forma parte. La herida de la discriminación destruye la razonabilidad, focaliza el voto en cómo curar esa herida, canaliza la honestidad hacia un reclamo central de justicia contra los destructores de la dignidad y convierte el amor a la sociedad democrática en un sueño simple: terminemos con la humillación y recuperemos nuestra autoestima, entonces seremos felices.

Si la antidiscriminación a nivel filosófico y de legitimidad social refuerza las raíces de las democracias constitucionales, a nivel político persigue resultados prácticos concretos fundamentales: la política antidiscriminatoria debe ser asumida como una política de reingeniería social cuyo propósito es asegurar la sustentabilidad en el largo plazo del Estado Democrático de Derecho. La antidiscriminación no es una política entre otras que persigue dicha sustentabilidad constitucional, sino su instrumento esencial, porque la discriminación destruye los consensos sociales y humilla a los sectores más vulnerables de la población, convirtiéndolos en enemigos del sistema que, tarde o temprano, restauran su dignidad a cualquier costo, incluyendo la demolición o al menos la desidia respecto a las instituciones que protegen las libertades fundamentales de todos.

En un Estado donde se discrimina libremente, los estigmatizados se encuentran viviendo en medio de una geografía cultural inhóspita, fría, hostil, donde su libertad real es reducida o eliminada. En ese Estado pasivamente discriminador , el sufrimiento silencioso de los estigmatizados define una parte esencial de sus identidades sociales. El dolor y humillación que ellos sufren requieren, para ser ignorados, de una profunda insensibilidad del resto de la sociedad y de las autoridades estatales. El Estado pasivamente discriminador es un Estado insensible, un autista moral. Una democracia constitucional a la deriva.

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El criterio de los valores de la “sociedad democrática” es un principio central para interpretar el alcance de las normas antidiscriminatorias. Como ya lo vimos, una vez que ingresamos en la casuística de determinar si una situación es o no una discriminación, incluyendo si es o no una discriminación propia, las soluciones no son tan sencillas, y la literalidad de la norma puede conducirnos a resultados injustos (así como la falta de reglas explícitas puede llevarnos a no ocuparnos adecuadamente de ciertas situaciones discriminatorias inaceptables). En ese cuadro, establecer como marco los valores de la “sociedad democrática” ayuda a decidir los casos concretos con soporte axiológico real.

Así, el art. 32 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, establece que “(l)os derechos de cada persona están limitados por los derechos de los demás, por la seguridad de todos y por las justas exigencias del bien común, en una sociedad democrática”. El mismo principio contiene el art. 29 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada por Naciones Unidas en 1948, por el cual “…en el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”.

Nuestra lectura es la siguiente: las limitaciones son necesarias en cualquier sociedad, pero en una sociedad democrática las únicas limitaciones posibles son las que están plenamente justificadas y las que se entrometen mínimamente en la vida de la gente. La referencia a la sociedad democrática significa que son limitaciones que no buscan la eficiencia o la satisfacción del gobernante o que son discrecionales de este último; limitaciones democráticas son limitaciones aceptables por una sociedad que eligió vivir en democracia, compatibles con los valores, principios e instituciones de un sistema de gobierno donde quien finalmente gobierna es toda la población.

Así, “limitaciones… en una sociedad democrática” significan limitaciones que: a) satisfacen un interés público imperativo, es decir, requeridas para la continuidad de la sociedad democrática ; b) están conformes a los valores y principios fundamentales de una democracia ; c) producen una mínima intromisión posible en la libertad de las personas ; d) coadyuvan al normal funcionamiento institucional de la democracia ; e) han sido decididas en estricto respeto a sus mecanismos institucionales; f) son coherentes con los deseos de la mayoría “democrática” de la población, y g) respetan y toleran las opiniones y puntos de vista de las minorías.

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La antidiscriminación sólo tiene sentido y fundamento filosófico en una sociedad democrática.

Una autocracia bajo la cual están los que mandan y están los que obedecen, y no son estos últimos los que deciden lo que es importante, los súbditos están allí para hacer lo que se les dice y cualquier acto de desacuerdo es identificado rápidamente con una oposición al sistema. La democracia implica que todos los individuos son fundamentalmente iguales, por ello todos tienen “un” voto y la sociedad decide su curso a través de sumar todos esos votos unitarios; las otras diferencias entre las personas: educación, riqueza, honores, familias, son sólo elementos secundarios, lo que importa es que cada persona es relevante y tiene la misma capacidad y el mismo derecho que otra para decidir, con su voto, el curso de la sociedad.

En la autocracia, nadie vota y nadie opina si no le piden que opine o si no le dan espacio para opinar; las posibilidades de algunos de integrar el gobierno son relativas a su capacidad, pero aún más a su lealtad a los mandamases de turno, cualidad fundamental para distinguir quiénes pueden aspirar a decidir sobre la res publica y quiénes deben relegar sus energías al trabajo y a sus familias, tal vez a ciertos placeres esporádicos organizados o patrocinados por los autócratas .

En la autocracia la antidiscriminación no tiene sentido, porque de lo que se trata, precisamente, es de crear una jerarquía social y una alianza con grupos privilegiados gracias a su lealtad a los ocupantes del poder, así como obtener que quienes se encuentran abajo de la pirámide acepten su situación con la menor resistencia posible. La estratificación social es una aliada fundamental de la autocracia; promover la igualdad, el respeto y la tolerancia equivaldría a un suicidio político (salvo que se trate de un experimento cínico destinado a manipular). En la democracia, donde todos son relevantes porque todos votan, donde la opinión de cada uno cuenta y donde el gobierno justifica permanentemente su acción con razones y argumentos , mantener estratificaciones sociales inexplicables y humillantes es corrosivo al sistema y lo priva de legitimidad.

La antidiscriminación sostiene la democracia y la discriminación promueve, indirectamente, la autocracia. La discriminación es la acción autocrática por excelencia, así como la antidiscriminación la acción democrática por excelencia . No es casualidad que aquellos que no se encuentran satisfechos cuando ven lo que bajo el prisma de sus propios prejuicios es la calidad inferior de muchos de los que votan se dediquen a discriminar activamente, porque esa actividad de desprecio de las masas promueve el retorno del régimen político que les resulta favorito y en el cual cada cual ocupa el lugar que le corresponde, según ellos lo ven, en la jerarquía social, económica y política .

La discriminación proactiva, para los nostálgicos de la autoridad, es aportar su propio grano de arena a un objetivo común que les es muy preciado: impedir la corrosión de las jerarquías sociales fundadas en endogrupos de confianza, en las cuales ellos ocupan una posición que, sobre todo, no quieren perder, porque esa posición de pertenencia a un grupo privilegiado de individuos que confían sólo los unos en los otros vale aún más que sus propiedades o su reputación.

La discriminación no se trata de un problema que sufren algunos enfermos mentales o personas tradicionalistas que no se han adaptado aún a los tiempos modernos: es un fenómeno de desprecio social basado en prejuicios transmitidos de generación en generación y que tiene en Occidente una base económica, social y política: algunos discriminadores no lo son por su mediocre inteligencia, sino porque creen saber exactamente sus objetivos: si el endogrupo de confianza permite la entrada de cualquiera y su red de contactos de confianza se disuelve, ellos serán menos en la sociedad: menos ricos, menos poderosos y menos importantes ; si esos otros, con sus propios intereses y puntos de vista participan en el proceso político en condiciones de igualdad y, por ende, deviene necesario un consenso con ellos para seguir gobernando, su propio poder político y social se verá diluido .

La discriminación es un instrumento sutil de ejercicio y preservación del poder , basado en continuar relegando a esa parte de la población a la cual se ha menospreciado desde siempre , limitando así su influencia política y social : ella une a quienes discriminan en un pacto implícito de ayuda mutua para conservar las jerarquías y estructuras sociales preexistentes, fundadas en la desigualdad de los hombres .

Esos pactos, manipulaciones y menosprecios de todos los colores son un atentado contra la democracia y contra el respeto a la dignidad de cada uno —además de acciones cortas de miras al ignorar sus consecuencias nefastas—. Los discriminados, lastimados, votan por un llanero vengador que realiza una vindicta colectiva, instaurando un nuevo autoritarismo populista que casi nunca es, precisamente, el que anhelaron los discriminadores . Algunos sostienen, incluso, que es precisamente a causa de la pérdida de poder relativo que esos grupos anteriormente privilegiados han sufrido con la democracia constitucional que, en lugar de adaptarse, discriminan con mayor virulencia .

El fenómeno tiene particularidades telúricas en cada lugar, pero es universal. Aquellos que han sido discriminados no por ello se vacunan contra una ulterior discriminación contra sus anteriores victimarios. El desprecio racial hacia un grupo puede ser recíproco una vez que la relación de poder se revierte, o para justificar una revolución, un levantamiento armado o iniciativas terroristas. Las mismas doctrinas de derechos humanos que justifican este libro son consideradas por los islamistas extremistas, arrogantes discriminadores, como la “nueva ideología del hombre blanco” , es decir, acusando a Occidente de utilizar excursos discursivos para degradar su cultura y, a la vez, probar la decadencia moral de los infieles.

Si creemos sinceramente en la importancia de la vigencia universal de los derechos humanos, debemos sostener que todos los derechos fundamentales de todos los individuos deben ser efectivamente protegidos; proteger al menos algunos de esos derechos o al menos a algunos individuos no es una vigencia parcial o protegernos en el discurso pero sin efectividad real, sino una violación cínica de derechos fundamentales.

Por ello, las doctrinas filosóficas y sociológicas en las cuales se basan los derechos fundamentales son importantes, pero aún más importante, para asegurar su efectiva vigencia, es convencer a las elites de cada sociedad, frecuentemente impregnadas de cultura discriminatoria en algún grado o incluso inconscientemente, en que procedan a una lectura sincera de la Historia. No es leyendo la Metafísica de las costumbres que un discriminador sufrirá un ataque de arrepentimiento y, acongojado, comenzará a amar a su prójimo como a sí mismo. Kant es incomprensible para la gran mayoría de la población, pero los sucesos terribles del siglo XX son perfectamente asequibles para la mayoría y en particular para las elites.

Si necesitamos imperativamente normas antidiscriminatorias no es porque Kant lo sugirió, sino porque la Historia nos muestra los resultados de no contar con ellas. Todo régimen sin libertades fundamentales impecablemente aseguradas y sin limitaciones al poder puede culminar en una espiral descendente que desgasta rápidamente esas libertades, con riesgo de afectación grave de los derechos humanos de las personas .
Todo régimen de libertades fundamentales requiere del apoyo masivo de la población; no hay apoyo masivo de la población con discriminación: sin antidiscriminación que proteja la libertad de los grupos estigmatizados hay un riesgo real de pérdida de libertad para los demás grupos, incluyendo a los estigmatizadores. Eso lo enseña la Historia, en particular la historia reciente, no la Filosofía ni la Sociología . Incluso los más necios discriminadores deberían entenderlo .

Bobbio piensa que todo es tan claro en materia de antidiscriminación que debemos suspender la reflexión y poner toda la energía en determinar “cuál es el modo más seguro para garantizarlos, para impedir que, a pesar de las declaraciones solemnes, sean continuamente violados” . Bobbio se equivoca: sin convencer a las elites, poco y nada ocurrirá; si los discriminados son discriminados es porque ellos están lejos del ejercicio del poder; no son sus quejas las que cambiarán el sistema, sino la lucidez, o al menos los intervalos lúcidos, de quienes mandan, deciden, juzgan y legislan.

***

Mirabeau decía: “La libertad general desterrará del mundo entero las opresiones absurdas que soportan los hombres y hará renacer una fraternidad universal, sin la cual todas las ventajas públicas y privadas resultan dudosas y precarias”. Un gran optimismo respecto de las consecuencias evidentes de la libertad fue la energía que propulsó la generalización universal de las democracias constitucionales.

Libertad. Igualdad. Fraternidad. Es decir: Seamos libres. En igualdad de condiciones. Entonces seremos todos fraternos conciudadanos. Sin ser libres no podemos ser iguales, porque alguien controla nuestras acciones y no somos iguales con quienes nos dominan. Una vez libres, para que todos seamos libres, tenemos que ser todos igualmente libres, sin que los unos dominen a los otros, es decir, que seamos todos, en términos esenciales, iguales a los otros. Desde el momento en que seamos libres e iguales, desarrollaremos sentimientos fraternos los unos con los otros, entre todos.

La fraternidad, a su vez, como lo dice Mirabeau, nos dará sostén mutuo para que conservemos nuestra libertad y nuestra igualdad de quienes pretendan dominarnos nuevamente. Solos, podemos ser individualmente libres, podemos también ser iguales a nosotros mismos, lo que no podemos es ser fraternos en soledad. Como no estamos solos, u ordenamos la sociedad a través de una lucha para establecer quién manda y quién obedece —subordinando la libertad de algunos a la voluntad de los otros—, y establecemos, por ende, desigualdades de rango, de clase o de poder, o acordamos que la sociedad se convierta en una fratría, una hermandad de iguales, donde todos seamos o tratemos de ser felices los unos junto a los otros.
Como lo canta la Novena Sinfonía de Beethoven:

Freude, Schöner Götterfunken
Tochter aus Elysium,
Wir betreten feuertrunken,
Himmlische, dein Heiligtum!

Deine Zauber binden wieder
Was die Mode streng geteilt;
Alle Menschen werden Brüder,
Wo dein sanfter Flügel weilt .

Olvidemos, dejemos atrás las tradiciones que nos han separado. Deine Zauber binden wieder Was die Mode streng geteilt; la alegría de estar juntos supera las costumbres que nos han dividido. Alle Menschen werden Brüder, Wo dein sanfter Flügel weilt; los seres humanos se hermanarán naturalmente si osan saltar las barreras que los separan y aprender a verse como iguales, a ser felices todos juntos. Bajo la fraternidad los individuos aprenderán naturalmente la igualdad y la libertad de todos; si son libres e iguales, necesariamente fraternizarán. ¿Quiénes son una fratría? Todos aquellos que responden afirmativamente a la pregunta bíblica sobre si son los unos guardianes de los otros .

Fratría: aquellos que celebran juntos, que se aprecian y ayudan como una gran familia, que confían los unos en los otros y se respetan los unos a los otros, que tienen obligaciones recíprocas entre sí, así como expectativas de asistencia si la necesitan; que comparten una vida y la construcción de una sociedad libre y justa, que reconstruyen lo que naturalmente debería haber sido, lo que la (artificial) costumbre ha dividido —Was die Mode streng geteilt—. Repudiemos todo aquello que nos impidió reconocernos como hermanos, como iguales, como seres libres, cuidémonos los unos a los otros y hagamos realidad, hermanados, una nueva clase de sociedad.

Esa nueva clase de sociedad es la democracia constitucional. En ella se realizan simultáneamente tanto la libertad como la igualdad, gracias a su lazo de unión y equilibrio que es la fraternidad , manteniendo cada persona su propia individualidad pero estando sinceramente dispuestos a ayudarnos los unos a los otros . Ella es la culminación, la realización política de la fraternidad, una sociedad de confianza en la cual nadie domina a nadie, donde hombres y mujeres son libres e iguales, se protegen entre sí y protegen entre todos el sistema político de los iluminados, de los que se creen predestinados para ordenar y de cualquier otro autoritario que pretenda imponer su visión de la sociedad y satisfacer su apetito individual de poder, de los nostálgicos de las viejas tradiciones y de las estructuras sociales hoy vetustas, del retorno del ancien régime .

Si no hay igual libertad, no hay fraternidad ; sin fraternidad peligran la igualdad y la libertad para todos, ni logran ser compatibles , y una vez que se adquieren todas ellas son difíciles de desterrar. Ése es el secreto de la propagación universal de la Revolución Francesa, la energía interna que autogenera los cambios sociales y los hace irreversibles, haciendo trizas tarde o temprano todo ancien régime que se cruzó en su camino (por ello fueron necesarias nuevas ideas tiránicas para suspenderla en cada ocasión).

La fraternité hoy se ha convertido en la convivencia ciudadana, solidaria y respetuosa de los derechos, de la igual dignidad y de las libertades de todos bajo un sistema democrático de gobierno . La fraternité en la práctica concreta, hoy por excelencia, es la antidiscriminación. Es llevar a cabo, en términos reales y hasta sus últimas consecuencias, la promesa de crear un orden social nacional bajo el cual todos sean iguales y libres y todos se apoyen mutuamente, se respeten, aprecien, amen como fraternos conciudadanos, co-citoyens, para que así todos puedan ser, juntos, libres e iguales, miembros fraternos de una misma comunidad nacional.

Todo ello deviene una promesa cínicamente incumplida si, al mismo tiempo, algunos son considerados inferiores, despreciados, relegados, sospechados, por características accidentales y sin importancia como el color de la piel, el sexo o la religión, totalmente irrelevantes respecto de su humanidad esencial. La democracia que no evoluciona en la dirección de la igual dignidad para todos se anquilosa y retrocede, se hace vulnerable ; la democracia que tolera pasivamente la discriminación humilla a los discriminados y deshonra a los discriminadores: todos ellos sufren una pérdida de dignidad y destruye toda posibilidad que entre ellos exista el mínimo afecto sincero. La antidiscriminación es la única respuesta posible a quienes legítimamente preguntan por la promesa pendiente de libertad, igualdad y fraternidad entre todos.

Ser permisivos frente a la discriminación, es decir cómplices pasivos, es demostrar que en realidad algunos son iguales entre sí, pero otros son menos iguales, por lo cual son menos libres y tienen menos dignidad, por ende, no somos todos fraternos ciudadanos en la nación que nos pertenece a todos. Si yo no me comporto como fraterno conciudadano tuyo, pues bien, tampoco puedo esperar que tú te comportes como fraterno conciudadano mío. Y si no somos fraternos conciudadanos, ¿entonces qué somos? ¿Personas que viven en un mismo espacio geográfico pero que sólo buscan el bienestar individual y meros vínculos contractuales, el modelo relacional del quid pro quo, con quienes los rodean? La antidiscriminación implica igualdad para que todos gocen de la misma libertad; su motor es la fraternidad y también su resultado final.

La fraternidad es un prisma interesante, en algunos aspectos mejor aún que la libertad y que la igualdad, para justificar, entender y finalmente convertirse ella misma en antidiscriminación: no sólo provee un evidente soporte filosófico para su principio general —si todos somos fraternos conciudadanos, debemos tratarnos los unos a los otros como tales—, sino que además explica con pertinencia sus excepciones —en algunos casos, los fraternos conciudadanos brindan mayor cuidado a los más débiles, aun cuando ello implique dedicarse menos a los otros que no requieren asistencia—.

La desigualdad sólo hace presumir una discriminación, no la equivale; es a través de la fraternidad, no de la desigualdad, que se comprende adecuadamente el principio de no discriminación. Su contenido es de tal contundencia moral que es imposible estar frente a ella y permanecer pasivo: si la víctima de una discriminación es mi frère, mi fraterno conciudadano en la fratría social común, no puedo permanecer impasible mirando cómo le destruyen su dignidad.

La discriminación, residuo del ancien régime de cada sociedad, crea una situación de libertad desigual en la cual unos usan su libertad para restringir la libertad de los otros de un modo socialmente inaceptable. La libertad, sin el encuadre de la fraternidad, “exacerba el egoísmo, rechaza todo objetivo altruista y toda responsabilidad colectiva, se obsesiona únicamente por el éxito individual, la glorificación del placer solitario y una yuxtaposición de autismos en detrimento de la democracia” . La igualdad, desprovista del objetivo de construir una comunidad fraterna, culmina en una sociedad de iguales liderados por un líder macho que aplica brutalmente la regla igualitaria a todos los mortales que están por debajo de él . No existe equilibrio posible entre libertad e igualdad sin fraternidad . La fraternidad que no anhela la libertad y la igualdad para todos sus miembros no es sino una gran banda de anómicos en búsqueda ansiosa de su próxima presa. La democracia constitucional sólida y perdurable es la libertad, igualdad y fraternidad juntas, inseparables y mutuamente apoyadas entre sí .

Tal como lo sostenía Henri Bergson, “la democracia… proclama la libertad, reclama la igualdad, y reconcilia esas dos hermanas enemigas al recordarles que son hermanas, poniendo por encima de ellas la fraternidad” . Las democracias constitucionales pasivamente discriminatorias son sillas inestables de tres patas que van a romperse y transformarse, tarde o temprano, en tiranías demagógicas de dos patas, donde la sociedad caerá hacia atrás y de cabeza; en dictaduras militares bajo las cuales la mayoría se sienta en el piso con las manos detrás de la nuca, o en democracias policiales, donde no queda otra alternativa que sentarse en lo que resta de la silla sin poder evitar clavarte sus dolorosas astillas. Quienes hemos vivido suficientes años en los países de América Latina las hemos conocido todas.

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