Felipe VI o República 2.2

El anuncio de s. m. el rey d. Juan Carlos I el pasado lunes 2 de junio de abdicar la corona de España ha generado un extraordinario interés muchísimo mayor entre la izquierda republicana que en el resto (derecha republicana, monárquicos, juancarlistas, indiferentes, accidentalistas, etc.).



Es curioso cómo todo el republicanismo se ha activado ante una noticia de una persona que no es de su interés, supuestamente. Porque lo que el otro día se anunció fue un relevo en la persona, no en la forma del Estado. Se ve que en primavera la gente republicana y de izquierda está deseosa de encontrar cualquier excusa para sacar la tricolor (la bandera no de la República española sino de la Segunda República).


Para que cualquier lector pueda seguir este artículo sin prejuicio alguno, voy a mostrar mis cartas (tal como el recién fallecido García Márquez anunciaba al principio de su Crónica de una muerte anunciada la muerte del protagonista, quitándose de encima a lectores interesados en finales inesperados). El que esto escribe se considera “accidentalista” respecto a la forma de Jefatura de Estado de cada país pero monárquico respecto al caso de España. Entiendo que es el crisol de la historia la que define lo que puede ser mejor para cada nación en cada momento. Y para mí este asunto es esencial, porque la tradición y la cultura pesan mucho (y eso no sólo no es malo per se, sino que puede ser incluso muy positivo) a la hora de definir las estructuras de poder político que mejor se ajustan a una sociedad determinada en un momento determinado. Si el Dalai Lama puede ser la reencarnación de lamas anteriores y eso es lo que la sociedad tibetana entiende como lo más ajustado a su cultura, creo que a los demás sólo nos cabe mostrar respeto. Luego, podremos ponernos a debatir si debería ser de otra forma, si debería haber sólo algunos ajustes o si habría que cambiarlo todo, pero lo que no podemos hacer es intentar cambiarlo mediante la revolución o la algarada callejera en el centro de Lhasa (la capital de Tíbet). Entiendo que en América no es tradición la monarquía, a menos que algunos soñadores del indigenismo pretendan volver a implantar un Imperio Azteca con toda su corte. De la misma manera, entiendo que para España, la monarquía supone muchas más ventajas que inconvenientes (inconvenientes va a haberlos siempre), como ahora argumentaré.


La abdicación del rey Juan Carlos I y la sucesión natural en su hijo Felipe VI es un acontecimiento absolutamente excepcional en la historia de España. Es decir, lo que parece que en las monarquías es lo habitual, el paso de la corona “de Rey a Rey”, en España no ha ocurrido desde que el 14 de diciembre de 1788 muriera Carlos III y la corona pasara a su hijo Carlos IV. Hace unos 225 años. Porque tras Carlos IV vino la invasión napoleónica y el reinado de José Napoleón I. Tras él, accedió al trono el hijo de Carlos IV, Fernando VII. Tras la muerte de Fernando VII (el último rey de “las Españas” a ambos lados del Atlántico y en el Pacífico) en 1833, a la edad de 48 años, la sucesión pasó por una Regencia (la reina madre María Cristina de Borbón-Dos Sicilias) ya que su hija, Isabel II, era una bebé de tres años. A la reina Isabel II, la echaron cuando cumplió 38 años pero para mantener la monarquía con otro rey. Casi ningún príncipe europeo quería ser rey de un país en permanente guerra civil y decadencia. Hasta que encontraron a Amadeo I de Saboya, que finalmente se cansó de nosotros y dimitió de rey (caso único), obligando a que España fuera una república. Esta Primera República, apenas duró 12 meses, conservó la bandera bicolor y acabó llamando al trono al hijo de Isabel II, Alfonso XII. Cuando murió Alfonso XII, en 1885, su hijo ni siquiera había nacido aún (nacería 5 meses después) con lo cual se pasó de nuevo a una regencia por la reina madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena. Alfonso XIII dimitió como rey tras el triunfo de los partidos republicanos en algunas grandes ciudades (ni siquiera a nivel nacional, ni en elecciones generales ni en elecciones plebiscitarias) y se marchó del país en 1931 para evitar que por defender su causa los españoles nos pusiéramos a darnos tortas unos a otros. De nada le sirvió, cinco años después empezó la Guerra Civil Española.


Al comienzo de la II República española hubo dos partidos importantes claramente republicanos y de derechas: el de Miguel Maura (Partido Republicano Conservador) y el de Niceto Alcalá Zamora (Partido Republicano Progresista), que se fusionaron en uno solo: Derecha Liberal Republicana, liderada por el católico Alcalá Zamora, que sería elegido primer y único presidente legítimo de la II República. En abril de 1936 fue destituido ilegalmente por la izquierda en una especie de golpe de Estado civil, encubierto bajo un subterfugio legal, una interpretación libre de la Constitución, no avalada por ningún tribunal imparcial. Posiblemente esta sea la causa final de que la derecha sintiera que no tenía cabida en una república que para la izquierda o era de izquierdas o no sería.


Pese a la apariencia que intentó mantener la II República con un presidente católico, la verdad es que la Constitución fue diseñada de manera hostil tanto para la derecha como para los católicos. Los intelectuales como Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno que al principio apoyaron el ideal republicano, al ver en lo que se estaba transformando renegaron abiertamente de ella. El ambiente se fue volviendo cada vez más asfixiante para todo el que no fuera republicano de izquierdas. Cuando en 1933 dos nuevos grandes partidos de derechas (la CEDA y el Partido Republicano Radical) ganaron las elecciones, la izquierda “prohibió” con amenazas de golpe de Estado, no ya que fuera presidente del gobierno el líder del partido ganador (la CEDA), sino incluso que hubiera algún ministro de la CEDA en el nuevo gobierno. Y cuando posteriormente entraron tres ministros de la CEDA en el gobierno en octubre de 1934, se produjo el golpe de Estado revolucionario de izquierdas.


Finalmente, en las elecciones de febrero del 36, con destrucción de actas y de urnas en las que ganaba la derecha, la izquierda rompió el empate (que a fecha de hoy dan todos los historiadores como resultado real) provocando un falso resultado donde se autoadjudicaron una mayoría absoluta inexistente. Más aún, tras constituirse las falseadas Cortes, se promovió la destitución ilegal del presidente de la República, como antes mencioné. Tal situación de auténtica asfixia de la derecha y finalmente el asesinato por parte de la policía y destacados miembros del PSOE de un líder político de la derecha (Calvo Sotelo, tío del que fue luego el segundo presidente de la democracia de 1981 a 1982), provocaron otro golpe de Estado, esta vez de la derecha y el estallido de la Guerra Civil.


Con estos antecedentes, reivindicar la II República (y sus símbolos, bandera e himno) como referente para una tercera sólo por parte de partidos y sectores que se definen de izquierda “auténtica”, parece más bien un intento de montar una segunda parte de la Segunda República, antes que una realmente nueva Tercera República. Lo que yo llamo la República 2.2. Y éste es el gran problema, que media España no comulga con la visión beatífica y victimaria de la Segunda República y a muchos nos da auténtico miedo la posibilidad de volver a una república de la mitad de españoles contra la otra mitad. Es un trauma no superado aún por gran parte de la izquierda española, para la cual la derrota en la Guerra Civil sólo fue una pausa y que no descansará hasta la victoria final.


Frente a esto, tenemos una monarquía histórica que nada le debe al franquismo, aunque la propaganda mediática de la izquierda quiera vender esa idea. Al rey no lo puso Franco. Primero porque Franco ejercía la jefatura del Estado a título de “Caudillo” para no actuar como regente mientras mantenía la denominación oficial del Estado como “Reino” y, si bien impidió que los derechos históricos volvieran a D. Juan III (el hijo de Alfonso XIII), no impidió que estos derechos históricos (no franquistas) sí volvieran en la persona de D. Juan Carlos (hijo de D. Juan III). Franco, en esta ocasión, se limitó a no poner trabas a la historia, a los derechos históricos. Por si quedaba alguna duda, D. Juan Carlos, convertido de repente en monarca absoluto (pues heredó poderes absolutos de manos de las leyes de Franco), decidió devolver el poder al pueblo, aprobar todos los partidos políticos, convocar elecciones libres y, finalmente, poner en el pueblo incluso la posibilidad de quitarle de rey al someter a votación una Constitución. El resultado democrático fue aplastante: hubo participación del 67% (con muchos franquistas dándole la espalda al proceso) y 89% de votos a favor. Teniendo en cuenta que Franco llevaba tres años muerto y que las elecciones de 1977 habían demostrado que la izquierda podía entrar libremente en el Parlamento, que los votos eran respetados, que las campañas podían hacerse con normalidad en un porcentaje casi absoluto, nadie puede negar sin demostrar mala fe que esa era la preferencia de los españoles. Tan libre fue el proceso, que en el País Vasco ganó la abstención (55%) promovida por el PNV (Partido Nacionalista Vasco). Entre los partidos que promovieron el voto en contra de la Constitución estaban tanto la izquierda independentista (ERC, HB,…) como la extrema derecha (Falange). Los españoles apostaron por la moderación, por el término medio, por la convivencia, por la estabilidad, por dejar de lado discusiones bizantinas sobre los símbolos del Estado, en definitiva, por el pragmatismo.


Entiendo que cuando se argumenta que no hay libertad de elección en España sobre este asunto, se hace ignorando estos hechos históricos. La propia Constitución española dice cómo puede ser cambiada. Sólo que en asuntos tan importantes como la Jefatura del Estado se requieren consensos de casi 2/3 partes, precisamente para que algo tan importante (como es la Jefatura del mismo) no esté sometida a vaivenes continuamente y generar estabilidad como Estado. Es puro pragmatismo y sentido común. Imagínense ustedes que la forma del Estado fuera realmente de cambio libre con la balanza en el 49-51% o en el 45-55%. ¿Estaríamos cambiando cada cuatro, ocho, doce años? ¿Sería realmente esa tensión positiva? ¿Se podría planificar a largo plazo como país si no tenemos claro ni nosotros mismos cómo nos vamos a organizar? Muy sensatamente estas cuestiones pueden cambiarse (aunque algunos mienten y dicen que no para fomentar el victimismo y ver si así pescan más adeptos) pero requieren amplias mayorías. Quizá a la izquierda republicana lo que le frustra es que andan muy lejos de las mayorías necesarias (no ya sólo por ley sino por sentido común); y mientras tanto se dedican a campañas de desgaste con tal de alcanzar la victoria que no alcanzaron en 1939.


Esta cuestión del pragmatismo es el otro asunto clave. Hoy en día los monárquicos no son activos porque la monarquía no ha fomentado el culto personal (salvo la prensa rosa, para competir con otras monarquías en asuntos intrascendentes pero que venden). La mayoría de los españoles somos bastante pragmáticos en este asunto.


Si el debate es entre una monarquía como la actual y una República 2.2, por mucho que haya un 20 o 25% de personas dispuestas a sacar la tricolor (rojo, amarillo y morado), una gran mayoría sacaron la bicolor (rojo y amarillo) durante este mundial de Brasil. A veces parece que los de la bicolor se avergüenzan de ella. No es eso. Se trata de no usar la bicolor contra nadie, usarla con sensibilidad y dejarla sólo para competiciones internacionales. Es decir, la bicolor representa a España frente a otros países para la inmensa mayoría de españoles, mientras que la tricolor es la bandera de la mitad (exagerando, porque no serían hoy ni un cuarto) de los españoles contra la otra mitad.


La monarquía española representa en un país tan complejo como España el símbolo de la UNIDAD y PERMANENCIA. Pero es mucho más que un símbolo. Aunque limitáramos de momento el análisis al plano simbólico, es la institución que ha permitido y permite la permanencia de España tal como la conocemos. Sólo hay una familia en España que pueda decir que por sus venas corre sangre catalana, gallega, andaluza, castellana, valenciana, navarra… a lo largo de la historia y con autoridad demostrada. Pues los reyes de España son a la vez Condes de Barcelona y señores de Vizcaya (por poner sólo los dos ejemplos más interesantes). Esto es, que si hablamos de derechos históricos, sólo los reyes de España tienen derecho a representar el poder y la autoridad tradicional e histórica de Vizcaya y de Barcelona (orígenes de los actuales País Vasco y Cataluña). En la persona real se unifican las legitimidades históricas de todos los territorios y en su permanencia generación tras generación se simboliza la continuidad misma de todo un país, que es el mismo pese al pasar del tiempo. Estos asuntos, en la peculiaridad española no son asuntos de poco calado precisamente, sino bienes intangibles, todo un patrimonio cultural en sí mismo y uno de los grandes activos para mantener el país en las dimensiones espacial y temporal.


Por si todo esto, lo político y lo simbólico, fuera poco (que ya es bastante cada aspecto por sí solo), está la cuestión económica. La monarquía española se mantiene por una asignación estatal a la Casa Real. Aquí hay que aclarar que no es lo mismo “familia real” que “familia del rey”. La familia real la forman el rey y sus hijos y nietos. La asignación es la misma, indistintamente del número de miembros de la “familia real” (dicho de otra manera, si son más, tocan a menos). Más aún, ahora que reina Felipe VI, hijo de D. Juan Carlos, la asignación sigue siendo la que es y no nos costará ni un euro más. Otra cosa distinta es la “familia del rey” que incluye a todos sus parientes, los cuales no perciben absolutamente nada del Estado. Es decir, las hermanas y los hijos de las hermanas de Felipe VI han pasado a ser “familia del rey” y dejan de ser “familia real”. La nueva “familia real” está compuesta por el nuevo rey, sus padres y sus hijos. Nadie más. Con esta fórmula, el Estado consigue que la nueva familia real quede desvinculada de personas bajo sospecha, lo que es un gran beneficio no sólo para la propia monarquía sino para todo el Estado.

Todas las jefaturas de estado europeas (monarquías o repúblicas) reciben una asignación del Estado, lógicamente, para el desarrollo de sus funciones, la principal de las cuales es la de representar a todo un país ante los demás, con lo mejor de ellos mismos. España no es diferente, cabría decir. En el sistema británico, la monarquía, además de la asignación, conserva y gestiona un patrimonio propio que le da mayores ingresos. En España, pese a haber recibido D. Juan Carlos poderes de monarca absoluto en 1975, decidió que el patrimonio real fuera patrimonio del Estado. Es por ello que la Casa Real no recibe dinero de la explotación de dicho patrimonio y se mantiene sólo con la asignación (que siendo una de las más bajas del mundo en la 8a potencia económica mundial, todavía muchos quieren escatimar aún más). La familia real española ha dado a España gran parte del patrimonio del cual no sólo viven muchos, sino que genera enormes beneficios al Estado (a todos los españoles) a través de la explotación turística principalmente (conviene recordar que España es, no sólo por eso pero también por eso, el segundo destino turístico mundial). Seguramente si la corona se hubiera reservado el patrimonio histórico de su familia, podría vivir incluso mejor, creo yo, y sin que nadie les cuestione tanto.

Quizá tanta humildad acabe por ser un error que se les vuelva en contra por no ser casi pobres franciscanos. Nuestra monarquía no sólo es la más barata de Europa, sino la más rentable. Precisamente por tener una Jefatura del Estado que no debe someterse a los intereses cortoplacistas de los partidos políticos, se pueden hacer gestiones a largo plazo, gestiones de Estado, que generan más beneficios para un país que las gestiones de gobierno (cortoplacistas, ya que deben contentar al electorado para ser reelegidos tras cuatro años). La monarquía es una herramienta esencial para generar confianza en el exterior, precisamente porque representa durabilidad y estabilidad, valores esenciales en el mundo de los negocios. Puede haber quien piense que por ello los monarcas son susceptibles de corrupción; sin embargo, creo que en una república el político se ve más tentado a robar todo lo que pueda, pues considera que debe “aprovechar” el tiempo que le den las urnas antes de dejar paso a otro que también intentará sacar todo lo que pueda en el poco tiempo que le dejen.

Finalmente, está el asunto de los expresidentes de república. Los expresidentes de república generarían no sólo más gastos, sino toda una camarilla de personas intentando hacer negocios, medrar, trapichear e incluso robar lo que pudieran. Imaginen no una familia real sino varias familias de expresidentes de la república haciendo negocios con lo público. Creo que sería aún más ruinoso.

El no depender de las elecciones permite mucha mayor neutralidad y creo que es bueno para un Estado contar con las dos opciones: la Jefatura del Estado, sin estar sometida a ser parte de un bando y enemiga del otro, y la Jefatura del Gobierno, donde se plasme el juego de intereses políticos de los ciudadanos de un signo y del opuesto. La continuidad en el tiempo permite, no sólo evitar la multiplicación de “familias presidenciales”, sino la tranquilidad suficiente como para saber que no necesitan robar todo lo que puedan antes de las siguientes elecciones, la tranquilidad de saber incluso que no les conviene robar para mantener a la familia.

Como empecé diciendo, cada país tiene motivos para ser lo que es. En España, he argumentado por qué la mayoría aún cree que es mucho más útil un monarca como Felipe VI que una república, especialmente si los que la pretenden no buscan una tercera, sino la segunda parte de la Segunda República. La República 2.2.

Como en el cine, “segundas partes nunca fueron buenas”. La única excepción es “El Padrino II” y se trataba de un mafioso.

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