Un Instante en la Vida del Maíz

02/07/2014

El derecho humano a la diversidad biológica es un derecho fundamental que podríamos incluir en los derechos ambientales, en el derecho a la vida y, sobre todo, a la vida social y cultural de los seres humanos. Este derecho encuentra especial importancia en países como el nuestro, que cuenta con una megadiversidad biológica natural y que además tiene más de 100 especies de plantas cultivadas, entre las que destaca el maíz.

 

 

 

El maíz nativo o criollo –como le llaman en el campo– es más antiguo que los grupos sociales que lo defienden. Esta planta, la más importante del mundo y cuyo origen se encuentra en el territorio de nuestro país, tiene más de 8 mil años de vida, lo que la convierte en un ser con 100 veces más experiencia que cualquier persona viva.

 

Es fruto de la mezcla de dos procesos generadores: uno de millones de años de adaptación evolutiva natural que se expresa en el par silvestre llamado teocintle; y otro, de miles de años de intervención campesina, que selecciona, intercambia y combina semillas, es decir, que domestica y diversifica. La diversificación es constante, es actual, se practica en nuestros días. Por ello, afirmamos que el maíz está vivo, no muere cuando se cosecha, sino que sigue con vida al diversificarse.

 

Es promiscuo; 20 machos pueden ser padres de una sola planta nueva. Por eso es muy diverso biológicamente hablando. Puede cultivarse a nivel del mar y a más de 3 mil metros de altura, con poca o mucha precipitación pluvial. Es, por tanto, apto para enfrentar el cambio climático. La producción de un solo tipo de maíz transgénico en grandes extensiones de terreno es un absurdo “ecocidio” frente a las amenazas climáticas; en realidad, la diversidad es el único antídoto.

 

Es un ser social, no sólo por su promiscuidad, sino porque es el corazón de la milpa, sistema de policultivo precolombino y que subsiste hasta nuestros días. En la milpa, además de maíz, se siembra frijol, calabaza, chile y muchos otros, que hoy son la base de nuestra alimentación. Si este sistema se apoyara, nuestra nutrición sería óptima, puesto que el lastre en la materia proviene de los alimentos industrializados. Tal vez la milpa sea la explicación de por qué nuestro país es centro de origen de más de 100 especies de plantas.

 

El maíz también forma parte fundamental del cuadro conceptual de las culturas mesoamericanas, como lo dijo Armando Bartra en el artículo “De milpas y otras quimeras”,que escribió para La Jornada en 2007: “Nuestra diversidad maicera es raíz y sustento de nuestra diversidad étnica. Pero el maíz está amenazado no sólo por la insuficiencia de la producción y el acoso de las importaciones, sino también por la tendencia a transformar un cultivo campesino de milpa en una siembra intensiva empresarial”.

 

La expresión cultural mesoamericana se manifiesta en forma palpable en la cocina mexicana. Sólo con una raza de maíz nativo se puede preparar el pozole guerrerense, sólo con una variedad se elaboran las tlayudas oaxaqueñas; y así un larguísimo etcétera. De ahí que podemos afirmar, que si la cocina mexicana fue declarada patrimonio inmaterial de la humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), los maíces nativos también lo son.

 

A 8 mil años de vida, el maíz, enfrenta hoy una triple amenaza: (i) podría pasar, de compartir existencia con todos los mexicanos, a ser propiedad privada de cinco empresas; (ii) podría perder su diversidad y con ello acabar con su forma de vida milenaria; y (iii) podría convertirse en amenaza a la salud del pueblo mexicano que, a diferencia del resto del mundo, lo tiene como base de su alimentación. Todos estos riesgos se deben a la intromisión de transgénicos en su proceso de diversificación, o en otras palabras, a la posible autorización gubernamental de siembra de estos productos.

 

El derecho humano a la diversidad biológica de los maíces nativos, para constituirse en un verdadero derecho, debe ser justiciable; es decir, debe poder exigirse su respeto y protección ante tribunales legalmente establecidos. Por ello, un grupo de 53 científicos, campesinos, apicultores, defensores de derechos humanos, todos consumidores del maíz, promovieron una demanda colectiva contra los maíces transgénicos.

 

Este grupo, junto con el equipo jurídico y varias organizaciones civiles, representan sólo un eslabón en la vida milenaria del maíz. Hasta ahora, con el juicio de acción colectiva, se han logrado ocho meses de suspensión de la siembra de los organismos genéticamente modificados, defendiendo una cultura alimentaria milenaria.

 

Nuestra generación goza del derecho a la diversidad biológica de los maíces nativos de origen ancestral, pero al mismo tiempo tiene la obligación de heredarlo a las generaciones futuras. Tal vez, la mejor forma de expresar este derecho se plasmó en la sentencia del recurso de revisión 2/2014, del Quinto Tribunal Colegiado en Materia Civil del Primer Circuito, al resolver una de las múltiples impugnaciones contra nuestra demanda: “El derecho al medio ambiente sano es el derecho presente de las generaciones futuras”.

 

Así, la acción colectiva busca proteger no sólo el derecho de la población mexicana actual, sino el de la futura. De ahí que uno de los argumentos centrales se base en la Convención de Diversidad Biológica que tutela las aspiraciones de las generaciones venideras.

 

La demanda del maíz abre una oportunidad para discutir en condiciones de igualdad jurídica sobre la intromisión de los transgénicos en el campo mexicano. Esto no podría debatirse si ya estuviesen sembrándolos. Tampoco podríamos debatir con el gobierno fuera de un juicio con principios de equidad; no podríamos debatir igualitariamente porque el gobierno ha asumido la misma postura y defensa legal que las empresas trasnacionales. Por ello, la demanda es un llamado a decidir racional y equitativamente. Pero es también un instante decisivo en la larga vida del maíz.

 

 

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