Una Visita al Fondo del Mar

El cielo está pintado de color plumbago, la luz se pierde tras las nubes y el horizonte va diluyéndose con el mar. Mujeres y hombres navegantes de la inmensidad preparan sus trajes espaciales, tanques llenos de aire comprimido.

 

 

 

Entre el golpeteo del oleaje contra la barca se escuchan sus risas y también su silencio, no es para menos, ellos no lo saben, pero están a punto de presenciar un fenómeno natural sublime.

¡Plash! Caen pesados sus cuerpos en el agua. Comienza el descenso. Hay 20 metros de distancia, pero ya desde la superficie puede verse el fondo, en él, una silueta de animal perfecto se contonea presumida. Ahí están, esperándonos. La sensación de ansiedad experimentada antes del contacto con el agua ha desaparecido, ahora sólo hay expectación.

La vida es tan misteriosa que no hace falta que esos solitarios nos vean para saber que saben que estamos aquí, en su casa; sin siquiera mirarnos pueden detectar nuestra presencia. Es parte de su perfección. La naturaleza los ha dotado con sensores inigualables, las ampollas de Lorenzini, órganos electrorreceptores con los que detectan los campos eléctricos de los seres vivos.

Me observo ahí, con este pesado traje de astronauta acostada sobre el fondo arenoso, respirando tranquilamente mientras el sonido de las burbujas producto de mi exhalación rompen el silencio del mar profundo. Ellas se van acercando, tanto se acercan, que puedo ver sus diminutos sensores.

Su nado es tan grácil que a veces me parece que danzan para nosotros; éste es un momento precioso en el que parece que el mundo existe para mí; el escenario es tan poco común que no sé si estoy soñando, si el amor es magnetismo y ellos son capaces de detectar ondas electromagnéticas a un nivel superior, entonces puedo comunicarme.

Me dirijo a todas (son hembras), pero en especial a una de ellas, la que lleva el anzuelo clavado en la comisura de la boca, me disculpo en nombre de la humanidad, pido perdón por el daño causado a sus poblaciones como consecuencia de nuestra soberbia e ignorancia.

Su actitud pasiva me transmite calma; sus movimientos repentinos, adrenalina; su danza… ganas de llorar. Tlazohcamati, Madre Tierra, Madre Agua. ¡Gracias por la vida!

Una mantarraya se acerca volando al encuentro, peces plateados acompañan con movimientos coordinados este círculo de amor.

Las inquietas y persistentes rémoras les hacen cosquillas de vez en cuando y ellas con sacudidas repentinas intentan quitárselos de encima.

Sobre la arena hay caracoles alimentándose de detritus y, enterradas con la mitad de su cuerpo dentro, curiosas anguilas se asoman a la luz.

En la mar la actividad no para nunca. Todos tienen que comer.

Desde el fondo volteo al cielo. Limitada mi visión por la densidad del agua alcanzo a percibir un tono anaranjado en la superficie, es la luz del atardecer acariciando las olas. Me sorprende ver la silueta de un tiburón paseando al filo del mundo acuático. Ellos también son curiosos, quieren saber qué hay al otro lado de la frontera elemental.

Es tiempo de irnos, la acumulación de nitrógeno en nuestros tejidos y la disminución de aire en nuestros tanques nos limitan y nos recuerdan que debemos volver, aun cuando varios de nosotros quisiéramos quedarnos ahí, en aquel silencio que se comunica con las vibraciones más sutiles.

Ya en la barca, percibo mi semblante sereno, mi mente en calma, paz en mi corazón. Me admiro de la inteligencia y ambición humana enfocadas constructivamente, de la visión y persistencia que nos permiten cumplir nuestros sueños. El deseo humano de explorar el espacio nos ha llevado también al fondo del mar.

Una vez, alguien soñó que podía respirar bajo el agua… y lo consiguió, y gracias a ello, hoy puedo hacerlo yo también, y muchos otros lunáticos que, cuando salen de aquel mundo mágico y agreste, sueñan con volver a él.

Yo sueño eso también y cuando despierto recuerdo que es de este lado de donde –en esta vida– me tocó respirar.

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