La Última Gota (Fragmento De Cuento)

01/05/2014

 

Eran las 11:45 de la mañana. Kiru: un niño común. Ése soy yo. Así, como todos los demás. O soy como las mujeres quieren que sea: un hombre o… ¿un niño…? No tengo las calificaciones que quiere mi mamá, pero yo sé que no sirve de nada estudiar, de todos modos, no te lleva a nada.
—Despierta, Kiru —me interrumpió Aromy—, deja de soñar despierto, parece que te la vives en una película, eres puros sueños.


—¿Sabes…? —contesté—, los sueños son el primer anhelo del alma, es como una esperanza.


—Sí, sí, sí —me interrumpió—, ahora vas a decir que la esperanza muere al final, ¿no?

 

Regresé a mi cuaderno pensando qué más le iba a hacer a mi dibujo, aún confuso y sin forma. Veía una figura incompleta, sólo se veía una puerta entreabierta y a lo lejos una mesa. Encima de ella, se distinguía un reloj de arena a medio tiempo, a un lado de la mesa había una mecedora, y en la parte superior del dibujo se podía leer: “Hay más tiempo que vida”.

 

—Kiru, ¿estás poniendo atención? —dijo la maestra de matemáticas. Una señora delgada que padecía anemia y que tenía todo el tiempo del mundo, pues esa cara de pocos amigos la hacía no tener que preocuparse por nadie, saludar a nadie ni conversar con nadie.


—Sí, maestra —contesté temeroso.


—A ver, dime, qué tema estamos viendo y en qué página vamos. Para mañana quiero que me traigas un resumen de lo que estamos estudiando. ¡A ver si ya pones atención a la clase! ¿Entendido?


—Sí, maestra.

 

Al momento en que terminé esa frase, sonó el timbre de salida. Era la pura salvación. Todos empezaron a guardar sus cosas y, como siempre, fui el último en salir del salón. En la puerta me esperaba Aromy. Era una niña tal y como si la hubiesen sacado de mis sueños, con santo y seña. Tenía el cabello chino, una especie de caireles de ángel. Eran color café. Y tenía los ojos más lindos que había conocido, eran dos perlas, pero de color café claro.

 

Aromy y yo teníamos dos años de conocernos, la primera vez que la vi fue el momento más impactante de mi vida, me quedé atónito; hasta me interrumpió diciendo: “Y tú… ¿eres…?”.

Esas primeras palabras fueron las más tiernas que había escuchado decir en un momento tan corto y, un poco tímido, le contesté que me llamara Kiru. Sin más, le ofrecí la mitad de mi sándwich y eso fue el comienzo de una gran amistad.

 

Desde aquel día, ella y yo empezamos a estar todo el tiempo juntos: en la salida, el receso y nos acompañábamos a casa. Por casualidad y fortuna nos tocó estar en el mismo salón de clases.

 

—¡Ándale, Kiru, apúrate que se nos va a hacer tarde! —gritaba Aromy.

 

—Ya voy, ya voy —le contesté con ganas de no hacer nada. Me sentía cansado, ni siquiera soportaba el peso de mi mochila. Y aunque nuestra escuela no estaba tan lejos de casa, ese día el camino se me hizo eterno.


—Y ahora en qué estás pensando —me dijo tocando mi cabeza—, mientras estábamos en el salón te vi muy distraído. Ni siquiera sabías en qué página estábamos. ¿En qué tanto pensabas?

Pensé mi respuesta. No podía decirle la verdad. No imaginaba cómo reaccionaría si le decía que ella era el personaje que atiborraba mi mente. Afortunadamente, me llegó una idea:

 

—Era un poco raro, parecía que yo entraba en otro mundo. Imaginaba que, de pronto, todos nos encogíamos, hasta ser como de doce centímetros. ¡Imagínate! ¡Cómo sería estar de ese tamaño! Seguramente sería algo divertido, ¿no crees?


—La verdad no, tendríamos combates con las ratas por la comida y además no sabríamos cómo matar a los animales para alimentarnos. Las gallinas nos estarían correteando todo el tiempo por todos lados. Seríamos el alimento de nuestros alimentos. Además, tendríamos que inventar todo, pero a nuestro tamaño.


—Sí, pero sería como una evolución. Tendríamos que adaptarnos a nuestro tamaño y si así el mundo es gigante, cómo sería si estuviéramos así de pequeños.


—Definitivamente, no me gustaría.

 

Cada segundo, después del camino que había sentido como una peregrinación, mi salud se deterioraba. Me sentía peor, peor, peor. En el momento más agudo de mi cansancio, llegamos a mi casa.

 

—Bueno, de todos modos piénsalo. Sería genial —le dije a Aromy, mientras, con esfuerzos, saqué las llaves de mi pantalón y nos despedíamos, como todos los días.

 

Como pude, metí la llave al cerrojo, la giré y la puerta se abrió lentamente. Aromy volvió rápidamente, cerró la puerta de un golpe y me besó. Quedé paralizado. ¿De qué otra forma podía estar? Ella se alejó poco a poco, abrió los ojos y sonrió. “Hasta mañana, cuídate”.

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