La Discriminación como un Proceso Selectivo

Imaginemos a charles darwin como nuestro coetáneo: un tipo medio loco que trabaja para una importante universidad. De repente publica el trabajo que lleva años investigando y lo titula “La discriminación como base de la evolución de las especies”. El mundo queda impactado y se lanza en su contra, no sólo por malinterpretar que provenimos del simio, sino por utilizar el término discriminación como algo positivo e incluso funcional para la especie humana. Imagino perfecto a miles de organizaciones pro derechos humanos manifestándose y buscando la cabeza del investigador, indignación total en las redes sociales, por supuesto con sus respectivos memes.

Pero en realidad, ¿este Darwin contemporáneo estaría mal? Siendo puristas, la discriminación es una forma de selección. Incluso el diccionario de la Real Academia Española utiliza dos definiciones y una de éstas es “Seleccionar excluyendo”.

 

Por supuesto que en la actualidad el término se utiliza de forma negativa para implicar un trato inferior hacia cierto grupo social. Pero dejando a un lado la connotación social, la discriminación (como proceso de selección) y la evolución van de la mano.

Este concepto es fácil de entender cuando lo pensamos únicamente para la supervivencia de las especies. El que una hembra discrimine a una serie de machos y elija sólo a uno para preservar la especie y además asegurar la continuidad de sus genes nos parece esperable e incluso lógico. Y es así según el Darwin del siglo XIX como explica la evolución de las especies. Esto de ninguna manera nos parece malo, no hay organizaciones manifestándose por un trato igual por parte de las hembras hacia los machos, simplemente nos parece normal.

Así mismo, hay un concepto histórico importante que los antropólogos han sugerido, en el que el vínculo de ciertas personas con el objetivo de asegurar la supervivencia creó grupos “aliados” que a la larga formaron razas, grupos culturales y sociedades; claro, es más fácil confiar en aquellos que conocemos y con los que nos identificamos (Culotta, 2012).

Estas acciones no sólo obedecen a un comportamiento psicológico consciente. Se ha demostrado que tenemos cierta predisposición genética a escoger personas con las que compartimos ciertos haplotipos, es decir, segmentos de genes que pueden codificar cualquier tipo de características (Chaix, Cao y Donnelly, 2008). Esto no quiere decir que seamos racistas genéticamente, sólo que la tendencia a la selección está en nuestro ADN.

Pero ¿qué pasa cuando el proceso de selección (la discriminación) alcanza al ser humano actual? Ahora ya no luchamos por la preservación de la especie, con 7 mil millones de humanos estamos lejos de la extinción. Entonces, además de la base genética, en nuestro medio social, lo que nos lleva a seleccionar un humano de otro, a preferir ciertos individuos dentro de la masa colectiva, es la identificación. Todos los días desde que tenemos uso de conciencia hacemos esto. Empezamos por elegir a nuestro favorito de la familia, después escogemos a ciertos amigos y discriminamos al resto de conocidos y, por supuesto, hacemos una elección muy particular acerca de la pareja. Y en una sociedad como la nuestra en donde la raza no varía mucho y el fenotipo no cambia radicalmente, continuamos seleccionando y discriminando con cuestiones menores, como el uso del lenguaje, el tipo de vestimenta y los comportamientos sociales.

He aquí donde debemos entender que no somos seres aislados, continuamente buscamos la colectividad, la pertenencia y aceptación a un grupo social, siempre y cuando nos sintamos identificados con el resto de los individuos. Pero esto en el ser humano se vuelve complicado, porque por mucho que queramos pertenecer a cierta raza, etnia o grupo social, no queremos perder nuestra individualidad. Necesitamos sentirnos únicos dentro del grupo al que pertenecemos; entonces encontramos esa seguridad al estar a favor de los nuestros. ¿Y con los que no nos identificamos? Sólo son los demás, se vuelven simplemente los otros, ajenos a nosotros, por lo tanto se desarrolla esa sensación universal que “nosotros” somos más pacifistas, amistosos, honestos y dignos de confianza que “ellos”.

Ahora, siguiendo esta línea de pensamiento, nos hemos vuelto una humanidad dividida en razas, culturas, religiones, sociedades y etnias. No tendría por qué haber conflictos si entendiéramos de dónde provienen estas separaciones. Pero la historia nos ha demostrado en infinidad de ocasiones que cada subgrupo social quiere implementar su igualdad a la de los demás, muchas guerras evidencian esto: griegos vs. persas, judíos vs. filisteos, moros vs. cristianos, blancos vs. negros. Y después de tantos destrozos, ¿qué hizo la humanidad? Creó organizaciones para implementar y promulgar la idea de que todos somos iguales (algo que la religión no ha logrado establecer en más de 5 mil años) y, por lo tanto, tenemos los mismos derechos. Esto se enseña en las escuelas, en los libros y hasta en la televisión. Pero la idea aunque buena y en parte veraz está mal planteada.

En realidad no todos somos iguales. Distamos mucho de serlo. Incluso un niño pequeño se da cuenta y pregunta la razón de la diferencia entre color de piel y ojos o de forma de actuar de alguien ajeno a él. El simple concepto de que alguien de piel blanca y alguien de piel negra son iguales es una falacia, porque no sólo en la piel radica la diferencia, también en el tipo de fibras musculares, la capacidad para el ejercicio físico, la facilidad para la música entre otras tantas.

Por lo tanto, querer imponer la igualdad como método para acabar con la discriminación negativa es una forma poco resolutiva. En cambio, con el entendimiento y la aceptación de que incluso siendo totalmente diferentes tenemos los mismos derechos, podemos crear mayor tolerancia y aceptación. Recordemos equidad no es lo mismo que igualdad, dos individuos pueden buscar equidad en el respeto de su religión aunque éstas no sean iguales.

 

Fuentes consultadas
Chaix, R.; Cao, C. y Donnelly, P. (2008, 12 de septiembre). “Is mate choice in humans MHC- dependent?”. PLoS Genet, 4 (9).
Culotta, E. (2012, 18 de mayo) “Roots of racism”. Science. Vol. 336.
Diccionario de la lengua española. Real Academia Española. Recuperado de www.rae.es

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