Pensamiento: Localización Orgánica y Utilidad

01/09/2014

 

En este número da comienzo una nueva sección de Pensamiento Libre. Se trata de un espacio destinado a la ciencia, en el que tendrá cabida la aproximación —desde esta perspectiva— a los temas abordados en la revista.

 

¿Por qué resulta importante el análisis desde este punto de vista? La ciencia es un estilo de pensamiento y acción: precisamente el más universal y el más provechoso de todos los estilos (Bunge, 2004). El método científico y la capacidad de la razón nos permiten avanzar en busca de la verdad y la creación de modelos para aumentar nuestro conocimiento del mundo (Asensi, 2002).

 

Para comenzar, describiré desde una perspectiva histórica las interrogantes y las respuestas que ha dado la ciencia a una de las cuestiones que nos definen como especie y que da título a esta revista: el pensamiento.

 

Definir qué es el pensamiento no es una tarea sencilla. Si recurrimos al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), encontraremos definiciones someras como: potencia o facultad de pensar; acción y efecto de pensar. Pensar es el proceso mental mediante el que los seres humanos, en contacto con la realidad material y social, elaboran conceptos, los relacionan entre sí y adquieren nuevos conocimientos. El pensamiento es el contenido de ese proceso mental. Dicho contenido debe ser distinguible del acto de pensarlo (Terricabras y Ferrater, 1994).

 

Las definiciones anteriores nos conducen a otro concepto: la mente, y este nos lleva a una situación que ha sido motivo de preocupación trascendental para el hombre: la definición de la naturaleza de su vida subjetiva, el conocimiento del proceso que implican sus afectos, sus ideas, sus decisiones. Entonces, si el pensamiento es el contenido de pensar y pensar es un acto mental: ¿orgánicamente dónde ubicamos a la mente?

 

Hoy nadie duda de que el cerebro es el asiento de la mente, pero no siempre fue así. El cerebro tuvo que competir con otros órganos (De la Fuente, 2007). Aristóteles propuso al corazón como el órgano más importante, al observar que una herida en él era mortal, mientras que lesiones en el cerebro en muchas ocasiones tenían consecuencias menos graves e incluso podían sanar. Con el paso del tiempo, cada vez más anatomistas, médicos y científicos trabajaron para entender la complejidad del cerebro y la mente (Robert, 2004).

 

No obstante, el problema de la relación mente-cerebro sigue vigente y lo estará hasta que no seamos capaces de explicar cómo una serie de impulsos eléctricos conducidos a través de células del sistema nervioso (neuronas) es capaz de producir ideas y a su vez cómo estas pueden modular la actividad eléctrica neuronal.

 

Pero ¿cuál es la relación entre los procesos físicos de nuestro cuerpo y nuestra conciencia? ¿Son el cerebro y la mente la misma entidad o son diferentes? Los dualistas sostienen que el cerebro y la mente se basan en procesos de tipo diferente. Los monistas asumen que un mismo tipo de proceso subyace tanto para el cerebro como para la mente (Pauen, 2004).

 

Históricamente también se han planteado otras soluciones a través de diversas doctrinas, como: la evolución emergente, el dualismo interaccionista, el interaccionismo emergente, la aproximación organísmica, el materialismo emergentista, etcétera (De la Fuente, 2007).

 

La gran cantidad de posturas ante este hecho puede explicarse a partir de que un órgano tangible, como el cerebro, es capaz de generar productos intangibles como el pensamiento; es evidente que falta una descripción mucho más rica entre los fenómenos biológicos cerebrales y la conducta humana, en la que por supuesto se incluyen sentimientos y pensamientos.

 

Otra forma de ver este planteamiento es considerar al pensamiento como “el fantasma en la máquina”. El pensamiento es algo más allá de atributos fisiológicos. El pensamiento es al cerebro, como el tiempo es a un reloj (Lowery, 1998).

 

La mente es producto de la compleja función cerebral, pero no es únicamente alguna de sus funciones. También debe considerarse al cuerpo, así como las condiciones físicas y el entorno sociocultural en el que se desarrolla. Es decir, la mente tiene componentes biológicos, evolutivos, sociales y culturales.

Por ello, no debe asumirse la simplicidad del reduccionismo biológico, en el que se dejen de lado las condiciones individuales de cada sujeto, así como sus interacciones con el medio. La conducta humana no es producto únicamente del funcionamiento cerebral; la explicación del comportamiento de un sujeto no puede limitarse a sus componentes biológicos (Castañón, Mag et al., 2009).

 

Es cierto que existe un gran avance en el campo de la neurociencia, entendida como el conjunto de ciencias cuyo sujeto de investigación es el sistema nervioso con particular énfasis en cómo la actividad del cerebro se relaciona con la conducta y el aprendizaje (Salas, 2003), pero no debe ignorarse a la psicología como gran herramienta para el estudio de organismos funcionales como entidades completas en su interacción con el medio.

 

Finalmente, además de lo ya expuesto acerca del proceso del pensamiento y del órgano donde reside, quiero citar algunas ideas de Simon Blackburn concernientes a la importancia de pensar. Menciona en su libro Pensar: una incitación a la filosofía, que existen tres tipos de respuesta acerca de la utilidad de la reflexión.

 

Respuesta de alto nivel: deseamos comprendernos a nosotros mismos, eso es todo. Además, también existe una retribución en términos de placer. Cuando nuestra salud física es buena, disfrutamos haciendo ejercicio físico y cuando nuestra salud mental es buena, disfrutamos ejercitando la mente (Blackburn, 2001).

 

Respuesta de nivel medio: la reflexión es importante porque forma un continuo con la práctica: lo que pensamos sobre las cosas que hacemos influye en nuestro modo de hacerlas o incluso en si las hacemos o no. Vivimos en un determinado sistema de pensamiento. Vivimos en nuestras ideas, gracias a ellas y por ellas (Blackburn, 2001).

 

Respuesta de nivel bajo: reflexionar es el camino para evitar el sueño de la razón, para despertarla, para dar cabida a nuevas ideas, a ideas ajenas, para poder reconocer nuestros errores, nuestras deficiencias. Reflexionar es un camino para enriquecernos (Blackburn, 2001).

 

En conclusión, es innegable que la descripción y el entendimiento (anatómico, fisiológico, molecular, histológico, bioquímico, eléctrico, etcétera) del cerebro y los procesos que se llevan a cabo en él nos ayudarán para la comprensión del pensamiento, fenómeno complejo y apasionante; sin embargo, debemos asumir que hasta ahora no se han encontrado todas las respuestas; podemos estudiar y conocer perfectamente el funcionamiento de cada uno de los instrumentos que componen una orquesta, pero eso no nos lleva a la música en sí misma.

 

Fuentes consultadas

Asensi Artiga, Vivina (2002). “El método científico y la nueva Filosofía de la ciencia”. Anales de Documentación, 5, 9-19.
Blackburn, Simon (2001). Pensar: una incitación a la filosofía. España: Paidós.
Bunge, Mario (2004). La investigación científica: su estrategia y su filosofía. España: Ariel.
Castañón, Mag et al. (2009). “Psicología y neurociencias: buscar la llave donde hay luz y no donde se perdió”. Prolepsis, 3, 60-70.
De la Fuente, Ramón (2007). Psicología médica (2a. ed.). México: Fondo de Cultura Económica.
Diccionario de la lengua española (21a. ed.) (1992). España: Real Academia Española.
Illing, Robert Benjamin (2004). “Humbled by history”. Scientific American Mind, 14, 86-93.
Lowery, Lawrence F. (1998). The biological basis of thinking and learning. California: University of California.
Pauen, Michael (2004). “Does free will arise freely?”. Scientific American Mind, 14, 41-47.
Salas Raúl (2003). “¿La educación necesita realmente de la neurociencia?”, Estudios Pedagógicos, 29, 155-171.
Terricabras, Josep María y Ferrater Mora, J. (1994). Diccionario de filosofía. España: Ariel.

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