Religión y Decadencia

No tuerzas el derecho, no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos. Deuteronomio 16: 19




Cualquier religión, en especial las tres grandes monoteístas del mundo, va más allá de ser una verdad absoluta que deba dictar el invariable proceder humano. La religión es una de las columnas fundamentales del desarrollo de la sociedad y, para quien es lo suficientemente lúcido, una enseñanza de vida mediante parábolas que intentan explicar la naturaleza del hombre y sus consecuencias.

La etapa primitiva del hombre se desarrolló de manera simple y natural, debido a que las leyes de vida, en cualquier ámbito, se basaban en la simplicidad de sí mismas; su desarrollo se sustentaba en el mero hecho de satisfacer sus necesidades más básicas. No fue sino hasta la antigüedad cuando el hombre, a partir del descubrimiento, herencia y adaptación de formas y técnicas para la sobrevivencia, encontró el tiempo suficiente para desarrollar su pensamiento en algo más que no fuese su menester biológico. Contemplar el movimiento de los astros, apreciar la magnificencia del mundo natural que lo rodeaba, entregarse a placeres y nuevas experiencias, desarrollar cada vez más técnicas, no sólo en el campo de la praxis, sino también en el de la observación, la reflexión y la vida social, siendo estos dos últimos conceptos donde la religión toma mayor relevancia.

En su inicio la religión sirvió para dos cosas, ser la principal herramienta de reflexión del ser humano, capaz de responder a preguntas sobre la vida, la muerte, la familia, la comunidad, sobre la transformación del entorno que sus nuevas inquietudes y necesidades les exigían; y ser la columna de la organización social como tal.

Hasta la antigüedad, la religión y sus representantes guardaban cierto balance en el juego del poder; en la mayoría de las civilizaciones anteriores a la Edad Media, los sacerdotes pertenecían a una clase social elevada,pero sólo lo suficiente para legitimar a quien estuviese en la punta de la pirámide social, a aquel que portara la espada.

No obstante, es innegable que, hasta ese momento, la religión no sólo representaba una parte inherente a la evolución humana, social, política y filosófica, sino una guía infalible para evitar errores inalienables a la naturaleza humana y establecer reglas de comportamiento individual y colectivo capaz de establecer la paz al interior de una comunidad cualquiera.

Fue durante el periodo de la Edad Media, debido al contexto social y político de la época, que la religión y sus autoridades se convierten en la institución más poderosa conocida por el hombre pero, al mismo tiempo, se corrompen sus ideales y objetivos más representativos. Es en la Edad Media que la religión deja de ser un conjunto de preceptos morales dirigidos a mantener la paz y la equidad entre los hombres, para convertirse en un mero instrumento de poder. Gran parte de los materiales históricos describen la etapa de la Edad Media como un retroceso social, político y económico; un retroceso en la historia, cuando la ciencia estuvo a punto de sucumbir ante la teología.

Alrededor del siglo V, durante la invasión de Roma a manos de las tribus bárbaras, el gran imperio se ve colapsado y el mundo romano se ve dividido en dos partes: Occidente, representado por Roma, y Oriente, representado por Constantinopla.

En Occidente, el choque entre el comunismo en crisis contra el concepto de propiedad privada origina la nueva forma de organización social y política llamada feudalismo; la inexistencia de un poder hegemónico durante el declive del Imperio Romano será aprovechado por los padres de la iglesia para formar su concepto fundamental del mundo, fecundando una nueva concepción tanto celestial como terrenal. Esta nueva concepción estará sustentada en la acumulación de poder, que se convertirá en una de las principales características que invisten a la institución.

La iglesia, que para el año 300 ya poseía gran influencia social, comenzó por predicar la pobreza, la igualdad y la renuncia a todos los bienes terrenos; pero esta institución fue adquiriéndolos poco a poco, consagrándose como una institución sumamente poderosa, ya que para poder dominar las conciencias era menester dominar en lo económico. Una de las razones por la que adquiere tanto poder es debido a que todas las organizaciones eclesiásticas estaban unidas bajo una sola bandera, la religión católica, una misma doctrina que le daba poder y cohesión, mientras que los señores feudales estaban dispersos y, en muchas ocasiones, combatían entre sí. El poder secular unido al poder espiritual armonizaba perfectamente en la sociedad feudal.

Las ideas económicas formaban parte de las enseñanzas morales del cristianismo. Sin embargo, el dogma cristiano no resultó suficiente. El mundo medieval no podía renunciar a la naturaleza ética de sus doctrinas sin perder su razón de ser espiritual; pero puesto que sus raíces también se hundían en las condiciones económicas de la sociedad feudal, combinó las enseñanzas de los evangelios y de los primeros padres de la iglesia con los de Aristóteles, el filósofo que había atemperado sus opiniones realistas sobre el proceso económico con postulados éticos. En todas las discusiones canónicas sobre instituciones y prácticas económicas encontramos la unión de la ética económica, que había formado parte de la misión espiritual del cristianismo, y las instituciones existentes con todas sus imperfecciones (Roll, 1974, p. 46).

La evolución económica y social va adquiriendo nuevos valores que chocan directamente con los principios cristianos, sin embargo, la iglesia, con todo su poder, no puede sino unirse a la marea de cambio o sucumbir ante ésta. A partir de este periodo la iglesia y la religión dejan de ser una guía moral individual y colectiva, para convertirse en una herramienta de poder y manipulación que, con el pasar de los años, será la justificación ideal para la extinción de millones de vidas y recursos a favor de los intereses personales de un pequeño grupo de personas.

Ya entrado el siglo XXI, admirados a cada paso por los grandes avances que la humanidad ha logrado en distintas áreas y materias, resulta difícil de explicar la torpeza y atraso que caracteriza el avance en las relaciones sociales y de poder. Ya desde mediados de los años 50 las élites intelectuales suponían que el desarrollo económico y social conducirían a la extinción de la religión, pero esto nunca sucedió; incluso, en muchas sociedades el nacimiento de nuevas religiones o cultos siguen prosperando, aún en las sociedades más desarrolladas, algunas degenerando en expresiones fundamentalistas, radicales o extremistas.

El riesgo de un conflicto a escala planetaria es constante, siendo indispensable no olvidar que la manipulación de los valores y dogmas religiosos están comprobados como eficientes detonadores. La corrupción de la vida social en sus aspectos más íntimos se vuelven contra nosotros. Los conceptos y dogmas religiosos son la primera y principal herramienta de búsqueda de identidad individual y colectiva pero, como todas las grandes ideas y avances humanos, son robados y apropiados para satisfacer los intereses de unos pocos.

Cada vez y con mayor premura, es menester cambiar las relaciones sociales hegemónicas en el planeta. Los presupuestos filosóficos, valores, costumbres y opiniones varían de forma significativa de una civilización a otra y la religión, en vez de unirnos bajo un mismo estandarte, está reforzando las diferencias culturales.

Las culturas pueden cambiar de un lugar y tiempo a otro, sin embargo, la naturaleza de su influencia política y económica siguen atadas a sus diferentes religiones, las cuales configuran los intereses, antagonismos y asociaciones a nivel internacional, convirtiendo la política global en multipolar y milticivilizacional. No es secreto que a partir de este fenómeno los modelos predominantes de desarrollo político y económico difieren de una civilización a otra,manteniendo el gran riesgo que existe de un conflicto armado de grandes proporciones.

La religión pudo haber sido la bandera común para lograr la paz entre los hombres, no obstante, pareciese que el diablo siempre terminará por apropiarse, a favor de sus propios intereses, aquellas instituciones creadas para combatirlo.

Fue durante el periodo de la Edad Media, debido al contexto social y político de la época, que la religión y sus autoridades se convierten en la institución más poderosa conocida por el hombre.

Fuente consultada Roll, Eric (1974). Historia de las doctrinas económicas. México: FCE.


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