Cristianismo Católico I: Una Aproximación Histórica

Si es difícil tratar de dar una idea clara sobre cualquier religión, más aún lo es sobre la religión mayoritaria en lenguas latinas, el cristianismo católico, ya que todos podemos dar por sentado muchas ideas basadas en nuestras propias experiencias o en lo que nos han contado.




Creo que para empezar debo dejar claro que, como dice el refrán, “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Es decir, que una cosa es lo que predica la iglesia católica y otra es lo que los que se consideran católicos entienden o hacen (lo cual puede coincidir en mayor o menor medida con los principios de dicha fe). Gandhi dijo alguna vez que qué cosa más buena sería el cristianismo si no fuera por los cristianos; aunque hay que recordar que a Gandhi le tocó lidiar con cristianos protestantes, no con católicos. Lo que voy a intentar en las siguientes líneas es que podamos entender qué es y qué no es propio del catolicismo, porque podemos encontrarnos con muchas personas que dicen ser católicas y realmente no lo son. Y no me refiero a que no sean santos, pocos lo somos, sino a que crean que “su” iglesia respalda sus actitudes cuando no es así y a lo sumo la respalda algún sacerdote cercano.

Algunos mitos tienden a nublar nuestro acercamiento. Creo que ninguno tan firme como el de una iglesia oscura y represiva asentada sobre el tribunal de la Inquisición. Hay quien da por sentado que la Inquisición fue un fenómeno católico. Habría que recordar que no es así, ya que también hubo en países protestantes y fue especialmente cruda en los países cristianos calvinistas. Por encima de la leyenda negra que (como instrumento de propaganda de sus rivales) pretendía desacreditar a España (especialmente de cara a la descolonización), las cifras de ejecuciones durante 300 años de inquisición española (en los dos continentes juntos) se estiman en una media de 40 al año. Compárese esta cifra con las 50 mil “brujas” “cazadas” por los países del norte de Europa en menos de medio siglo o con los mil 660 guillotinados al mes por la ilustrada y racionalista Francia en los 10 meses de Robespierre y se entenderá que se ha querido potenciar la maldad de la Inquisición deliberadamente. Por tanto, intentemos iniciar este acercamiento lo más libre posible de prejuicios.

En un principio, el cristianismo en general se fue expandiendo de forma natural, convenciendo con la palabra y el ejemplo. Fue el cristianismo quien consiguió de los emperadores romanos el primer decreto de libertad religiosa, hace justo 1700 años: el edicto de Milán. Éste pudo ser el comienzo de una historia mundial distinta, pero el Edicto de Tesalónica de 380 d. C. vino a cambiarlo todo, apropiándose el Estado romano de la religión como elemento de cohesión ante su inminente derrumbe. Cuando los llamados pueblos bárbaros invadieron el Imperio Romano, su costumbre era que la religión de su rey pasaba a ser la religión de su pueblo. Por tanto, aunque nominalmente la Europa medieval era cristiana, realmente nadie tenía mucha idea de cuáles eran los principios de la fe. La nobleza empezó a acaparar el poder religioso, por lo cual la iglesia quedó dividida entre el alto clero y el bajo clero. El hijo mayor de los nobles solía ser el heredero, el segundón pasaba al estamento militar y el tercero era “colocado” con algún puesto en el alto clero. Claramente el poder político había parasitado al poder religioso y no al revés. La fe en aquel entonces, aunque en los monasterios y universidades (focos de la cultura europea) era meditada, estudiada y entendida, no era accesible realmente para un pueblo analfabeto que en muchos casos tenía reyes y nobles igualmente analfabetos.

Así estuvieron las cosas prácticamente hasta la invención de la imprenta. La iglesia católica, aunque permitía biblias políglotas (la primera fue la del cardenal Cisneros, de España, en latín, griego, hebreo y arameo) no era partidaria de traducirlas a lenguas locales. Esto no era debido a un intento de acaparar la interpretación para favorecer intereses espurios, sino a que era consciente (precisamente por sus traducciones de textos del arameo y el hebreo al griego y posteriormente al latín) de la carga de significados que una mala traducción podría alterar. Es decir, primó la calidad de la traducción por encima de la cantidad de personas a las que acercarle el texto de forma individualizada y quiso conservar el monopolio de la interpretación, tras el estudio de sus más sabios doctores, para evitar que cualquiera (pongamos por ejemplo un comerciante de sedas holandés) hiciera interpretaciones textuales basadas en la traducción a su lengua materna con cargas de significado posiblemente muy distintas a las de las palabras de los textos originales.

Al poderse editar biblias de forma mecánica (ya no manuscrita) y al empezar a traducirse a distintas lenguas locales, el debate teológico salió de las sacristías y aulas universitarias a la nueva clase social emergente: la burguesía. Las llamadas guerras de religión que vinieron a continuación hay que entenderlas en el contexto de desarrollo de la burguesía, acceso a biblias de imprenta y aparición del capitalismo. A partir de ahí, aparece una reacción católica (la llamada Contrarreforma) que va a intentar aclarar su posición frente a la ruptura de la unidad que supuso el protestantismo. Es entonces, en Trento, al norte de la actual Italia, entre 1545 y 1563, cuando se va a definir el dogma católico. Para comprender la importancia de Trento, basta un dato: no hubo ya otro concilio hasta el Concilio Vaticano I, en 1869. Trento fue un producto de su tiempo (como toda obra humana, por mucho que cuente con inspiración divina) y de él no salió un cristianismo más puro, tampoco erróneo, sino un catolicismo beligerante, en lucha y disputa con otras interpretaciones cristianas, exagerado, forzado, con procesiones en las calles para dar testimonios públicos de fe (que demostraran al poder político, que seguía parasitando a la iglesia, que el pueblo le era fiel en su lucha no tanto realmente contra el protestantismo, sino contra los países protestantes, sus rivales políticos y económicos).

Esa rivalidad fue la que, pese a compartir religión, llevaba a la enemistad continua entre españoles y franceses por el liderazgo europeo. A tal punto la religión realmente era poco determinante para la política francesa que Francia ayudó a los turcos contra los españoles cuando los primeros intentaban conquistar Viena. Episodios así no eran nuevos. La misma invasión musulmana de la Península Ibérica en 710-711 (su primera invasión de Europa) fue posible porque los visigodos cristianos arrianos no veían muy diferentes a los musulmanes frente a sus enemigos cristianos católicos. Creo que el único poder europeo que se tomó medianamente en serio que su ideología nacional se fusionara con el ideario católico fue el de la España de Carlos I y Felipe II. Ambos reyes siempre intentaron sujetar su legislación y su política a las leyes de la iglesia. Pero ni siquiera para ellos el poder político de Roma representaba fielmente a la iglesia católica. Por ello, las tropas españolas no impidieron el saqueo de Roma en 1527. Lo que estaba en juego en aquel entonces era si Roma sería controlada políticamente por Francia o por Alemania y España. Pura lucha política y nada religiosa.

En España, tantos años de presencia de la religión cristiana en lucha o convivencia con la islámica, introdujeron préstamos mutuos. Quiero destacar aquí el de la limosna, por su repercusión social a partir del siglo XIX. Para el islam, uno de los siete pilares es la obligación de dar limosna. El rico tiene el deber de ayudar al pobre y el pobre tiene el poder de exigírselo y recordárselo. Para el catolicismo, la limosna era algo que debía salir de la caridad (“caritas” sencilla y literalmente es “poner en práctica el amor el prójimo”), no era un mandamiento. La costumbre de pedir ante las puertas de la iglesia con la fórmula “una limosna por caridad”, acabó identificando a la limosna (el objeto dado, el dinero), con la motivación, practicar el amor el prójimo. Frente al protestante de su época, que consideraba su riqueza como signo del favor de Dios (y por tanto la pobreza como castigo divino) y que defendía que sólo por su fe se salvaría (lo que no quita para que muchos protestantes fueran en la práctica personas generosas); el católico creía que la salvación de su alma dependía tanto de la fe como de las obras, con lo cual en ocasiones muchas limosnas no se daban por caridad sino porque creían que así se salvarían sus almas, al modo islámico. En el fondo seguía habiendo un gran desconocimiento de la verdadera teología católica.

Así las cosas, la religión estuvo sometida a la política mientras que Roma siguió siendo un Estado político más: los Estados Pontificios. El siglo XIX trajo un elemento nuevo: los nacionalismos. La cohesión nacional ya no basada en la religión del rey (tras la Revolución Francesa aquello había dejado de tener sentido) sino en la unidad cultural, especialmente la lingüística. La guerra Franco-Prusiana de julio de 1870 a mayo de 1871 fue determinante. En el clima prebélico, el papa Pío IX inauguró el primer concilio desde Trento en diciembre de 1869. Su idea principal era asegurar su primacía espiritual sobre los demás obispos en una época en que se veía venir el fin del poder temporal de los Estados Pontificios, poder que no se resignaba a perder, pero que quería paliar en lo posible.

Cuando las tropas alemanas atacaron a Francia, las tropas francesas que defendían la neutralidad de Roma se tuvieron que marchar y el 20 de septiembre de 1870 los ejércitos italianos de Víctor Manuel II tomaron Roma, acabando con siglos de poder temporal de los papas. El papa fue desde entonces un preso dentro de las murallas del recinto vaticano. Así se sintió y así actuó. El XX concilio de la iglesia católica, el Concilio Vaticano I, fue suspendido sólo un mes después de la caída de Roma, sin terminarse. El único punto relevante aprobado fue el de la Infalibilidad papal. Dicho nuevo dogma sostiene que el papa no se equivoca si proclama otro nuevo dogma ex cathedra y eso implica básicamente dos condiciones: que hable para la iglesia católica en general y no para grupos concretos de creyentes y que hable en calidad de pastor o maestro y no a título personal. La infalibilidad no elimina la inerrabilidad, es decir, que en todos los demás casos no presupone que el papa no se equivoque o no sea una persona santa y con fallos personales. Desde su aprobación, este dogma sólo se ha usado una vez, en 1950, con el dogma de la asunción de la Virgen María, y previa consulta a todos los obispos.

Llegados a este punto de la historia, es necesario aclarar que para que una persona se declare católica debe creer exclusivamente el texto del Credo. Allí está recogido todo lo que la iglesia, tras siglos de estudio, considera verdades. Todo lo que no esté en el credo son opiniones y como tales no está prohibido discutirlas. Las opiniones pueden ser atacadas para ser reformadas, pero deben ser acatadas en lo posible mientras estén vigentes. En un segundo artículo explicaría en qué consisten realmente los dogmas, hasta dónde llegan y hasta dónde no y qué cuestiones que consideramos polémicas no aparecen entre los dogmas católicos sino entre las opiniones de la iglesia. Pero para continuar con los hechos históricos que condicionaron el actuar de la iglesia católica (y sus acercamientos o alejamientos a la fidelidad de sus dogmas), debemos entender que desde 1870 y hasta 1929, con la firma de los Pactos de Letrán, la iglesia católica no tuvo un cauce apropiado en las relaciones con el Estado. Anteriormente a 1870, las relaciones no eran relaciones iglesia-Estado sino que eran relaciones de Estado a Estado. Sólo a partir de 1929 es posible hablar de relaciones