SobreMedicación: Consumo y Abuso en Embarazo y Parto

 

Todo comienza con una sospecha. Vamos a la farmacia o al laboratorio. Nos aplicamos una prueba casera para medir la concentración de gonadotropina coriónica humana en orina, o esperamos resultados en sangre y confirmamos que la producción de la hormona es alta. Entre miedos, emociones y juicios de valor que ocupan nuestro cerebro desde el reptiliano hasta el neocórtex, nos enfrentamos, ahora sí, al proceso.

 

El embarazo es uno de los procesos de la naturaleza que ha sido secuestrado en todas sus partes por la cultura de consumo. Esa misma cultura que nos ha hecho habituarnos a la ingesta de comida rápida, baja en nutrientes y alta en componentes nocivos, nos obliga durante el embarazo a consumir ácido fólico, calcio, hierro, vitaminas y minerales extras. El ataque es frontal al cerebro primitivo, a esa parte que libera los miedos más profundos. El miedo le susurra al cerebro límbico que se guarde de sentir culpa por traer al mundo a un niño anémico, o peor aún, malformado con espina bífida o anaencéfalo, a lo que el neocórtex, cerebro representante de nuestras decisiones razonadas, termina por responder “mejor consumo todos los suplementos… por si las dudas”.

El proceso continúa así. Citas mensuales, más suplementos. Pruebas de diabetes, VIH-SIDA y caries. Vacunas antibacterianas o toxoides, pues “el beneficio de la vacuna durante el embarazo sobrepasa el riesgo potencial” dicen los expertos, sea alta o baja la exposición a determinada enfermedad. Que si hay riesgo potencial para el feto y la madre al recibir vacunas elaboradas con virus inactivados es una pregunta que en nueve meses no interesa demasiado, no hay tiempo para la respuesta, la vacuna es un requisito y aún falta pasar a laboratorio por un cultivo vaginal para descartar infecciones urinarias y venéreas. Éstos son sólo algunos de los requisitos de consumo médico previos al evento del parto.

En México, tan sólo el parto es un evento interesante para ejemplificar la sobremedicalización innecesaria bajo la que operan los servicios de salud públicos y privados. El costo aproximado de un parto vía vaginal es de 17 mil 400 pesos y mediante cesárea 21 mil 600 pesos en instituciones públicas, mientras que los costos se elevan a 32 mil pesos y 40 mil 800 pesos, respectivamente, en los hospitales más prestigiosos del Distrito Federal (L. Suárez et al., 2012). Los costos del gasto social en hospitales públicos incluyen honorarios médicos, estudios de laboratorio y gabinete, medicamentos de anestesia y especiales. Los costos de los hospitales privados aquí presentados no incluyen nada más que dos días de hospitalización. Así que a un embarazo y parto de sobremedicalizado consumo en el sector público, se agrega un afán de esnobismo y distinción entre las usuarias de las clases mejor acomodadas.

En este punto llegamos a la consideración de que la mujer ya no pare más, la hacen parir. La mujer ha sido despojada de la confianza en su propio cuerpo, en su propio poder milenario y natural. Apenas en los últimos 50 años, la mujer ha interiorizado una debilidad intrínseca que sólo se aminora a raíz del consumo de sustancias químicas y dispositivos médicos externos. Se ha perdido el significado del llamado parto natural, que ya no es más lo mismo que un parto vía vaginal inducido artificialmente a través de oxitocina exógena y bloqueado en su intensidad física y espiritual mediante anestesias locales.

De las cesáreas ni hablar. Esta práctica se incrementó de 2000 a 2012 de 30.6 a 40.9% en el sector público y de 43.4 a 69.6% en el privado (ENSA, 2012), cuando la tasa recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) es máximo 15%. “México se sitúa en el cuarto lugar (después de China, Brasil y EUA), con el mayor número de cesáreas innecesarias” (Suárez et al., 2012), es decir, vamos detrás de los países con los consumos per cápita más elevados.

Las razones del incremento de cesáreas innecesarias (Suárez et al., 2012) son de dos tipos, las asociadas a un mal uso de intervenciones médicas (uso de oxitocina exógena, monitorización electrónica fetal de rutina, ruptura artificial de membranas, mal uso de fórceps y ventosas, cesáreas anteriores) y las que responden a una lógica de consumo derivado del poder económico de la industria farmacéutica (promoción de la cesárea como un parto sin dolor, sesgo de la información sobre riesgos, afán de lucro de los proveedores, incentivos económicos relacionados con las aseguradoras). Ambos tipos de razones se basan directa o indirectamente en el exceso de intervención médica derivada del consumoexcesivoparalasobremedicalizaciónque atenta no sólo contra la salud de las usuarias, sino contra el reconocimiento de la mujer como sujeto y no como objeto de su propio parto.

Cuando mujeres y hombres nos enfrentamos al proceso de procrear, hay cosas que vale la pena recordar (Almaguer et al., 2010 y 2012): el embarazo no es una enfermedad; el parto es un evento natural, con sus propios tiempos; el bienestar mental de la madre propicia una liberación de oxitocina endógena; por el contrario, la ansiedad y el estrés liberan adrenalina que inhibe la producción natural de oxitocina. Traducido en términos culturales, esto quiere decir que la mujer tiene derecho a vivir una experiencia placentera. Habitualmente hemos aprendido que el parto es un evento traumático que es mejor olvidar, sin embargo, cuando las mujeres recuperemos nuestro derecho a ser las protagonistas de una experiencia única y maravillosa, levantaremos nuestras voces para oponernos a intromisiones innecesarias, al consumo de fármacos (canalización con suero, oxitocina exógena, epidural, cesáreas, incubadoras) y a procedimientos invasivos (tactos vaginales, episiotomías, revisiones de cavidad, aplicación de fórceps y ventosas).

En cambio exigimos: estar acompañadas por quienes decidamos y que salga de la sala quien no queremos que esté, probar diferentes posiciones hasta elegir la posición más cómoda para parir, tomar líquidos libremente, uso de masajes para atenuar el dolor durante el trabajo del parto, abrazar y amamantar a nuestros bebés al momento de nacer y que se lo lleven a bañar cuando nosotras decidamos, que no se corte el cordón umbilical hasta que deje de latir y, ante todo, el respeto a las mujeres con respecto a la toma de decisiones.

Fuentes consultadas

 

Almaguer González, José Alejandro; García Ramírez, Hernán José; y Vargas Vite, Vicente (2010, septiembre-diciembre). “La violencia obstétrica. Una forma de patriarcado en las instituciones de salud”. Género y Salud en Cifras, 3, (8), 3-12.
Almaguer González, José Alejandro; García Ramírez, Hernán José; y Vargas Vite, Vicente (2012, mayo- diciembre). “Nacimiento humanizado. Aportes de la atención intercultural a las mujeres en el embarazo, parto y puerperio”. Género y Salud en Cifras. 2 / 3 (10), 44-59.
Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012. Instituto Nacional de Estadística y Geografía.
Suárez, Leticia; Campero, Lourdes; De la Vara, Elvia; Rivera, Leonor; Hernández, María Isidra; Walker, Dilys; Hernández, Mauricio; Lazcano, Eduardo (2012). “Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012. Evidencia para la política pública en salud. Elevada recurrencia a las cesáreas: revertir la tendencia y mejorar la calidad en el parto”. México: Instituto Nacional de Salud Pública / Secretaría de Salud.

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