¿Y a mí qué?

03/09/2013

“Me siento triste”, dije en voz baja para mis adentros.

Creo que más bien pensaba con tal intensidad que, de cierto modo, mis pensamientos brincaron a la realidad, ¡con una fuerza tal!, que tan sólo fue comparable con un mínimo suspiro.

Estoy con una jaqueca de ésas que llegan sin aviso y que consumen todo tu tiempo. Lo curioso es que pasó de improviso, pues estaba bien, me sentía bien.

Recargado en el barandal del departamento, observaba el malecón y cómo la gente sumida en sus circunstancias dejaba pasar de largo el maravilloso atardecer que se ponía en el horizonte. Viendo cómo el reflejo, entre dorado y naranja del sol, se encontraba absorbido por un cristal de agua danzante. Tal como lo hace el viejo del piso de arriba cuando se le ocurría ir a la plaza de los sábados en la noche a bailar danzón con sus zapatos de charol.

En fin, la marea era todo un caos, pero que para ese preciso momento es la armonía más preciada que se puede encontrar: su olor, su delicado cantar de ópera y su sepulcral silencio al ir y regresar. En conjunto un sofocante pero adictivo manjar.

Llevándome la mano a la boca inhalé y dejé que esa combinación de aire y tabaco se acoplase en mi cuerpo.

Miré relajadamente el cielo que tenía, a lo mucho, unas pequeñas nubes difuminadas a lo largo de todo su lienzo.

Saqué el aire, viendo cómo se desvanecía el humo blanco en el ambiente sin viento, tan sólo la brisa de tiempos pasados y el fulgor de tiempos venideros.

“¡Incomprensible!”. Escuché en mi cabeza mientras mi existencia divagaba en lugares recónditos del ser.

Con un simple carajo quisiera olvidar los problemas, las emociones, las banalidades.

Ingreso a un cuarto templado. Lo observo por unos momentos de pies a cabeza y de lado a lado. Mi estudio. Al estilo clásico, caoba y barniz por
todos lados, esculturillas, libros en estanterías en paredes oscuras, un escritorio tallado en madera negra; una luz muy tenue y el decreciente destello del sol, muriendo a cada segundo.

Me recuesto en el primer sillón que encuentro y con un prolongado ¡ah…! estiro todo mi cuerpo. Al fondo un distinguido cantar de Paul Anka. Subiendo mis pies en un banquillo de piel, desprendo el que había sido un aromático amor por el Romeo y Julieta, impregnando el ambiente con su esencia.

Pensando en que tanto nos parecemos a esto mismo; estamos, somos, lo gozamos y tan sólo al final queda un poco de esa esencia nuestra en el aire, que si bien es perceptible, en corto tiempo ha de desaparecer.

Decido perderme por un momento en mi oscuro elemental y empezar a olvidar.

Todo el maldito enojo que me invadió ese día, todo ese pesar, ese sentimiento desquiciado de locura trivial.

—Dios.

Finalmente, abrí los ojos sobresaltado y acongojado, trato de incorporarme, pero el malestar interno era también externo, estaba en y fuera de mí, de repente lo sentía tan tangible pero al tiempo se esfumaba.

Tal creencia me hizo arquear mi cuerpo, sintiendo cómo mi estómago gritaba en desesperación ante la opresión constante del diafragma.

Caí al suelo creyendo que perdería el conocimiento, intenté vomitar y me sentí morir en ese instante. Haciendo conciencia, despabilo la mente: encontrándome sentado en el sillón tal y como había estado antes de cerrar los párpados y caer en un diminuto sueño.

Los párpados me pesan, pero no es sueño, es cansancio, pero no físico. ¿Qué siento? Siento mi alma desfallecer.

“¡Inaguantable!”, grité guturalmente.

Con la garganta seca y sin esperanza alguna. Caigo de rodillas y rompiendo en lágrimas berreo como un infante.

Al recobrar un poco de compostura, tomo un vaso regordete y enano. Lo lleno a la mitad y consigo un par de hielos del minibar.

Un líquido de aroma dulce, penetrante y caliente. Lo siento quemar un poco al irse abriendo paso por mi garganta de manera sin igual.

Veo la botella de coñac medio vacía y me encamino a la cocina, atravesando la sala de estar, pero en el camino…

Me invade un recuerdo tal de incertidumbre y miedo, pero no distingo qué es.

Miro al suelo y creo ver sangre esparcida de manera interrumpida hasta hallar manchas y pequeños charcos.

Veo un cuerpo tumbado boca abajo, el impacto es tal que al verlo grité y me asusto instantáneamente. Quisiera saber quién es este curioso individuo.

Al momento recuerdo los momentos de enojo, el griterío y los golpes que vi de ensueño. Recuerdo un pleito, una especie de riña con mi amada, pero…

“Dios mío”, dije.

Lo que creía una pesadilla era una realidad, mi mano tenía sangre, mi traje, las huellas de los zapatos tenían un color carmesí por todos los lados que pisé.

Siento rodar pesadas lágrimas por mis mejillas. Así, el prominente abogado, el señor ministro, se despide del existencialismo terrenal para dar paso a un lugar desconocido.

“Miedo”, dijo al final; al tiempo que un sonido hueco, brusco y brutal desvanecía la preocupación, dejando sólo la esencia de la pólvora en el departamento.

—Así es lo que me perturba el sueño doctora —dijo el anciano, recostado en un reposet terapéutico a una joven psiquiatra, de aspecto joven y de brillante exquisitez—.

—Creo que por hoy hemos terminado. Es muy curioso este trastorno de terror nocturno, mi estimado Sergio, y más aún en una persona de su edad. Pero seguiremos con la medicación y procure estar tranquilo.

—Está bien doctora.

—Si persisten las molestias, no dude en avisarme; ah, y que disfrute su día mi estimado. ¿Por cierto, cómo va eso del baile?

—Pues fíjese que hoy en la noche voy al danzón.

—No se le vaya a ocurrir desgastarse más de lo necesario. ¿Ok?

—Está bien, no se preocupe (bueno, si llegase a pasar, sólo nos queda decir ¿y a mí qué?).

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